Una banda sonora 7: “A las puertas del cielo” de Gigliola Cinquetti

Gigliola Cinquetti (1966)En estos tiempos en que Eurovisión se regocija mostrando esperpentos, y con el sincero deseo de que este año el panorama mejore, resulta oportuno evocar a Gigliola Cinquetti (Verona, 1947), una cantante que ganó el festival en 1964 (con el clásico No tengo edad) y quedó en segundo puesto diez años después: en 1974 se alzó con el premio ABBA, ni más ni menos, y su Waterloo. Un año antes, 1973, Gigliola había ganado el famoso concurso televisivo Canzonissima con Alle porte del sole, del que se hizo versiones tanto en inglés (To the Door of the Sun, interpretada por Al Martino) como en castellano, esta última por la misma Gigliola. He aquí A las puertas del cielo:

Entonces mi alma
era cándida y pura
con tanto anhelo como temor
vivía mi primer amor.
Buscaba caminos
quizá equivocados,
no supe que a ti se llegaba
por claros senderos.
Ahora presiento
que tu amor es sincero
y en alas del viento
tú me vas a llevar…
A las puertas del cielo,
al confín de los mares
cuántas veces en mis sueños
te he llevado junto a mí.
He sentido tu mano
como suave caricia
y en el eco de tu risa
una nueva primavera…
De pronto me dices
que poco te cuesta
buscar una casa muy linda
que ha da ser nuestra
que tiene jardines
colgados del cielo
y miles de niños
con tanta ternura en sus juegos.
Entonces mis sueños
serán realidades
ahora sí que es cierto que yo
volaré junto a ti.

¿De qué se canta cuando se canta sobre el amor? De una búsqueda de algo que hemos perdido, o algo que nunca hemos tenido y por ende deseamos con mucha fuerza. El locutor de este tema sueña con el amor pleno, absoluto, que identifica con una serie de imágenes que expresan la máxima entrega a ese objetivo tan dichoso como aparentemente inalcanzable. La verosimilitud de esta pasión tan intensa se construye desde las primeras líneas, cuando el locutor reconoce su inocencia y pureza: un alma “cándida y pura”, puesto que “vivía mi primer amor”. El imperfecto que se utiliza en todos los verbos de esta primera estrofa nos hace pensar que todo lo que se relata es un recuerdo, con la gran dosis de imaginación que el ejercicio de la memoria implica. Y guarda sentido, porque esto también ayuda a crear una situación verosímil: el yo lírico mira el pasado de pureza con nostalgia y con las ganas de revivir esa misma sensación de poder abrazar la inmensidad de un amor tan grande como inexistente. Es esta misma inexperiencia la que conduce al yo a “caminos equivocados”, que luego se vuelven “claros senderos”: el amor absoluto solo admite claridad y llaneza. El resto de la canción emplea verbos en presente y ocasionalmente pretéritos perfectos, dado que estamos ya sumergidos en el sueño del alma cándida y pura que se presentaba en las primeras líneas. Esta división está marcada por el adverbio “ahora” que abre la tercera estrofa, evidente contraste con aquel “entonces” con el que arrancaba la canción.

El sueño de amor se encuentra marcado, desde el inicio, por la intuición, la negativa de toda racionalidad: “presiento que tu amor es sincero”. Más adelante se interpretará el toque de la mano de la persona amada: “he sentido tu mano como suave caricia” (nótese que es una hipótesis, no es algo seguro). Ambos verbos (presentir y sentir) ponen límites a metáforas que refieren un mundo irreal: el viento eleva al yo lírico a “las puertas del cielo”, un espacio parangonable al “confín de los mares”. Ambas frases representan tanto la suprema dicha (el cielo o paraíso cristiano) y el infinito (los mares no tienen fin). Los versos “[he sentido] en el eco de tu risa/ una nueva primavera” están bien logrados: el eco solo puede ser percibido por el yo lírico y la prolongación de la risa (que solo puede ser producto de su ensueño) se identifica no con “la primavera”, sino con “una nueva primavera”. El adjetivo “nueva” aquí recuerda a aquella “luz no usada” de Fray Luis de León: se trata de una primavera primigenia, original, no la que todos pueden conocer. Una “nueva primavera” es tan fantástica y magnífica como estar “a las puertas del cielo” (porque entrar al cielo ya es una experiencia inefable, hay que quedarse en los umbrales) o en “el confín de los mares”. Es más, agrupando las tres frases tenemos una serie ingeniosa de aire, tierra y mar, con lo que el yo lírico cubre todo el mundo abarcable.

Toda la fantasía hasta este punto puede parecer predecible: un sueño de amor que se identifica con lugares comunes de un alma “cándida y pura” que solo ve placer infinito en espacios imposibles. La última parte de la canción vuelve el sueño mucho más complejo, porque vincula este concepto del amor como vuelo místico con el amor como sentimiento doméstico, íntimo y, en esa medida, posible. Se introduce el factor pedestre, hasta económico si se quiere interpretar así el verbo “costar”: “Entonces me dices/ que poco te cuesta/ buscar una casa muy linda”. Esos jardines están “colgados del cielo”, para no olvidarse de que cualquier felicidad hogareña requiere una conexión con el espacio donde realmente está el amor (aquí podemos especular una visión platónica, en la que todo lo vivido en este mundo no es más que sombra). La imagen, hiperbólica, de “miles de niños” que juegan con ternura refuerza la sensación de mujer felizmente casada que funda una familia y puede tener la seguridad de que la vida burguesa no es tal si se siguen los “claros senderos” del sueño de amor que puede solo sentir su alma “cándida y pura”. Así, A las puertas del cielo nos deja una interrogante: ¿ese amor absoluto es algo que el locutor ya tuvo y ahora intenta evocar desde la tranquilidad de la casa, los jardines y los niños o son estos últimos anhelados desde el espacio místico, pues solo desea volver a la tierra, pero transformado por la beatitud que alcanzó gracias a ese amor que le llevó a la plenitud? La respuesta aparece en las últimas líneas: “Entonces mis sueños serán realidades/ ahora sí que es cierto que yo volaré junto a ti”. ¿Cuáles son los “sueños” y cuáles las “realidades”? ¿Dónde está el yo? ¿En la casa linda o en las puertas del cielo? El yo quisiera decirnos que está en los dos lugares, aunque suene contradictorio. De hecho es tan contradictorio como decir que el sueño (lo falso) se hace realidad (lo cierto) y que, en consecuencia, “es cierto que yo volaré junto a ti”. En su interpretación (verla en el clip de Youtube de abajo), Gigliola intenta religar esos “sueños” con las “realidades” subiendo y bajando los brazos, como conectando la “casa muy linda” y el “confín de los mares” (cuya vastedad manifiesta extendiendo los dedos) con “las puertas del cielo” que indica elevando los brazos y luego cerrando los puños. Pero esta es la materia de la que están hechos los sueños de amor y no queda más que aferrarse a ellos hasta que acabe la canción, que es (como el amor mismo) eterna mientras dura.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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