Andanzas del buscón don Pablos por México y Filipinas

anejo02Un ejemplo de la picaresca en Indias lo constituye la Tercera parte de la vida del gran tacaño de Vicente Alemany, continuación del Buscón de Quevedo, en la que Pablos de Segovia prosigue sus aventuras en el Nuevo Mundo. Editada modernamente bajo el título, más atractivo, de Andanzas del buscón don Pablos por México y Filipinas (1998), gracias a los buenos oficios filológicos de Celsa Carmen García Valdés, esta curiosidad bibliográfica se deja leer y hasta gozar en varias de sus páginas.

Vicente Alemany era un jesuita que vivió Filipinas entre 1754 y 1768, por lo que fue testigo de vista del ambiente recreado en el texto. En un siglo XVIII español que escasea de expresiones novelescas, con la excepción del Fray Gerundio de Campazas (el cual bebe de los logros literarios de Cervantes y Mateo Alemán juntamente), el autor de estas Andanzas del buscón don Pablos aprovechó la narración en sarta del molde picaresco para urdir un texto que denunciara las condiciones de la vida social y política en aquellos confines del imperio español. Cual finibus terrae, Filipinas es el último amparo de la escoria social, tierra a la que se llega generalmente por condena a destierro, cuando no para lucrar sin el más mínimo escrúpulo. Si ya en América el contrabando y la corrupción de funcionarios eran moneda corriente, en Filipinas son ley de vida. Resulta entonces comprensible que nuestro pícaro, tras acabar en una cárcel mexicana por ejercer de funcionario corrupto y –más que nada- por haber perdido el favor del entorno del virrey, escuche el relato de un pueblano sobre la vida en Filipinas y considere, naturalmente, que en esa tierra podrá campear a sus anchas. En estas islas todos roban, todos estafan, todos intentan sacar provecho de la lejanía de la autoridad real, porque quienes la deberían ostentar no hacen más que utilizar su posición para abusar de su poder. En ese mismo sentido, podríamos interpretar los capítulos decimotercero y decimocuarto (“De mi entrada en el gobierno y cosas que hice” y “En que se da noticia de mi gobierno”) como una parodia, en clave picaresca, de la gobernación del bobo sabio que representa Sancho Panza en la ínsula de Barataria.

El Pablos de Vicente Alemany es tan ruin como el de Quevedo, aunque su ingenio verbal no alcanza las cumbres del madrileño. Tampoco encontraremos aquí la carnavalización en grado sumo que hizo del Buscón un libro de humor tan feroz. Hay chispazos de agudeza y buena prosa, como en los lances mexicanos o los guiños al original quevediano, a partir –por ejemplo- de uno de los personajes más recordados del Buscón: el dómine Cabra, aquel que mataba de hambre a los hijos de caballeros e hizo de la vida del pupilaje un auténtico Argel para Pablos y don Diego Coronel. Probablemente para el jesuita que lo compuso la picaresca era un cauce seguro para volcar su verdadero interés: el de la crítica a las instituciones, totalmente degradadas, en aquellos remotos territorios donde nadie obedecía ley alguna. La Tercera parte de la vida del gran tacaño confirma, así, una de las dimensiones más recurrentes de la picaresca: la de ser una poética comprometida, un modelo que se prestaba a encarnar un discurso que atendía a asuntos menos literarios o estéticos que ideológicos o estrictamente éticos. El libro, además, nos ofrece una representación, más o menos fidedigna (cuando no documental), picardías aparte, de las islas Filipinas a mediados del siglo XVIII. La edición que comento aquí cuenta con notas ilustrativas e información relevante para introducir al lector a un ámbito geográfico del que no se conoce tanto como se debiera. Filipinas se pierde junto a Cuba en 1898, pero a diferencia de esta última, aquellas islas en el Asia se fueron perdiendo, por descuido, por desidia, por falta de “cabezas” (tal como se quejaba Olivares de la carencia de funcionarios), desde muchísimo tiempo atrás. El alegato de Vicente Alemany cayó en el olvido: el manuscrito se mantuvo inédito hasta 1922, aunque algunos estudiosos ya lo manejaban y citaban al menos desde 1843. Volver a estas Andanzas del buscón don Pablos por México y Filipinas invita a reflexionar sobre la historia literaria, las relaciones de la colonia con la metrópoli y la picaresca misma como género literario.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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