Un árbol, el lago Séneca, el rey Arturo y Hernán Cortés

olmoviejoPuedo decir que le conocía. Que frecuentaba ese rincón del lago y que incluso su sombra me había cobijado alguna vez. Pero no había llamado especialmente mi atención. De seguro porque no era majestuoso, ni erguido, ni eternamente verde como el abeto, el único árbol que conozco que no se seca en invierno. Cuando se vive en las alturas de Nueva York, uno se hace consciente del ciclo de la vida, de las cuatro estaciones que encierran las edades del ser humano. Los árboles, macilentos, se van desnudando en el otoño y se vuelven esqueletos en el largo invierno. Este año el nuestro aquí fue más duro que de costumbre. Solo vine al lago Séneca una vez, a mediados de marzo, con el propósito de tomar una foto para compartirla con alguien. No solo casi me quedo atascado en la entrada del parque, porque nadie venía y por tanto no se limpiaba la ruta, sino que las imágenes que logré captar eran desafortunadas, manchas blancas sin gracia, que no permitían distinguir nada digno del temple del lago Séneca en invierno. En vano hundí los pies, hasta la mitad de las piernas, para avanzar y poder reconocer el embarcadero. Todo esfuerzo era inútil.

Pero entonces yo estaba muy lejos de aquel otro extremo del lago, en que está la entrada del canal. Tuvieron que pasar varias semanas más para que, hace unos días, llegara como un peregrino en bicicleta, a aquel rincón favorito, entre el canal y el embarcadero junto a la playa artificial. Y entonces descubrí que el árbol (casi escribo centenario, pero no me consta su edad) se había caído. El tronco estaba partido en dos y el esqueleto de ramas estaba semihundido en las aguas cristalinas del Séneca. Y solo entonces, roto, vencido, inútil, más cadáver que nunca, reparé en él y en que nunca lo había individualizado. Era un árbol más en el escenario, como una cara más en la multitud.

En un rincón del lago, donde nunca encuentro a nadie, descubro aquel árbol muerto. ¿Cuándo habrá ocurrido? ¿Cuándo se cayó? ¿Quién lo vio primero? Es solo un árbol que se muere, por viejo o por fatiga, sin llamar la atención sobre sí. ¿Quién lo sufre? ¿Quién llora por él? ¿Quién guarda un respetuoso silencio? Solo el lago, cuyo silencio nos interpela, nos interroga. Siempre. Me invaden muchas más preguntas: ¿sobrevivió al invierno y ahora que toda la nieve desapareció no pudo más? ¿o murió en medio de una tormenta, con esos vientos que pegaban zarpazos, se cayó y nadie se percató? Total, ¿quién llegaría a estos confines de la orilla cuando, como en febrero o marzo, estábamos siempre bajo cero y con acumulaciones de nieve de treinta centímetros?

Esta mañana volví a aquel rincón y ya se llevaron el tronco roto. Ahora solo queda la base del árbol, tronchado y como única evidencia de su paso por aquí. Lo otro son las huellas del camión que ha arrasado con el césped en esta parte del parque. Pensaba leer frente al cadáver aquel famoso poema A un olmo seco, que hubiera sido lo más cercano a un réquiem que se me ocurre para un viejo conocido al que ahora lamento no haber conocido mejor. Seguramente él sí vio muchas cosas y fue testigo de animales, de personas y todo tipo de fenómenos atmosféricos por décadas. Quizás para alguien este árbol fue especial, como aquel roble centenario de la canción de Mikel Erentxun, el árbol de los jóvenes amantes. Quizás este árbol presenció rupturas, reconciliaciones, violencia, maldades, caricias o hasta momentos de soledad de individuos de toda laya.

Nosotros, sujetos de esta época, no vemos como los antiguos. Nuestra relación con la naturaleza es tan laica como mustia. Un inglés del siglo XVI veía un cuervo y pensaba que podía ser el rey Arturo. Un griego hubiera hecho un gesto frente a un árbol de laurel, en recuerdo de Dafne y por el respeto que le merecía Apolo. Cuando Garcilaso escribía Danubio, río divino… estaba invocando a una deidad y su retórica no era del todo huera, sino llena de sentido: realmente el poeta podía sentir alivio en la naturaleza, sobre todo en el marco de la urbanización que empezaba a identificarse con la modernidad. Esto sustentaba el éxito de la pastoril, una literatura para sujetos refinados de ciudades que se civilizaban a la sombra de cortes palaciegas y que añoraban esa cosmovisión, en decadencia, en la que los árboles, el agua y los animales estaban vivos y no eran una decoración o una estampa de enciclopedia.

Según una leyenda de la Conquista, Hernán Cortés lloró bajo el amparo de un árbol frondoso, el ahuehuete, en el episodio de La Noche Triste. El árbol se ha preservado hasta nuestros días. Yo pienso que aquel árbol, ahora tronchado, del lago Séneca, pudo haber visto muchas cosas, quizás no tan broncas como las de una guerra de conquista, pero igual de dolorosas, tal vez.

8GENEVA28

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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