A propósito de Carlos Calderón Fajardo y “Playas”

Calderón Fajardo (portada)Hay dos clases de escritores: los reconocidos y los de segunda fila. Sería fácil decir que el talento establece la división de aguas entre unos y otros, pero no es tan sencillo. Un escritor de segunda fila no es, por obligación, de inferior calidad. Simplemente ocurre, a veces, que su obra no ha llamado la atención. Por otra parte, un escritor puede ser reconocido en su tiempo y luego caer en el olvido hasta ser ubicado en el rango de los de segunda fila. César Falcón fue un escritor peruano que gozó del reconocimiento de sus contemporáneos y ahora apenas se le recuerda.

Hay escritores que son segundones por vocación. Jorge Luis Borges hizo todo lo posible para ser un escritor de segunda fila: tras su aventura vanguardista, escribió a contracorriente de las modas, fue denostado en cuanto premio local se convocaba y reconocía como maestros a autores que no eran considerados novedosos o gurúes de nadie (como Stevenson). Borges era un escritor a toda costa, sin pretensiones de fama ni reconocimiento, sea por timidez o por desdén aristocrático (que algo de eso le quedaba). De esos rincones de soledad y pobreza le vino a sacar el reconocimiento a causa de una traducción al francés (por los buenos oficios de Roger Caillois) y así, a los cincuenta años, se volvió un escritor famoso, de giras y conferencias masivas.

En la literatura peruana, los escritores de segunda fila existen, pero es difícil que se acepten a sí mismos como tales. El modelo, de raíz colonial, del poeta/escritor/cronista/ intelectual/metomentodo es la gran meta de todo plumífero más o menos bien intencionado. Hay una serie de excepciones, aunque los nombres se cuentan con los dedos de las manos. Quizás el modelo del escritor discreto y segundón por vocación es Luis Loayza (no por nada contemporáneo y hasta amigo de la figura antitética, Mario Vargas Llosa). A la ínclita figura de Loayza hay que agregar la del recientemente llorado Carlos Calderón Fajardo. Por las entrevistas que dio en vida, parece que, durante su juventud, se sintió encaminado hacia la fama: siempre recalcó que autores como J. M. Arguedas y J. R. Ribeyro le habían alentado a escribir y profetizado que sus textos serían publicados y reconocidos. Pero la vida nos lleva por caminos raros y Calderón Fajardo acabó siendo un escritor para escritores, un escritor de culto, un segundón (a mucha honra), como el propio Loayza o José Bianco: prosistas de adjetivos justos, de labor microscópica (como que pueden escribir un párrafo estilísticamente magnífico). Él mismo admitía también que en cierto momento de su madurez literaria estuvo a un paso de publicar en una editorial barcelonesa que lo hubiera puesto bajo los reflectores, pero la fortuna a veces nos sonríe para luego largarse con otro (pasa y hay que saber reconocerlo).

Calderón Fajardo escribió novelas y cuentos. En torno a sus novelas, no tuvo empacho en experimentar con géneros ajenos a la tradición literaria peruana (gesto temerario que debe provocar admiración). Sus cuentos son, en cambio, ejemplares y exactos y honran una estela de influencias que va de J. R. Ribeyro a Buzzatti, pasando por Kafka o el propio R. Bolaño. Uno de sus últimos libros de cuentos es Playas (2010), una colección en la que Calderón Fajardo logra aquello a lo que todo buen cuentista debe aspirar: escribir, siquiera, un puñado de cuentos memorables. El motivo que surca el libro es el mar, cronotopo que invita a la meditación vital y a la poesía. No por nada las grandes metáforas existenciales se asocian a los cuerpos de agua. Relatos como “Playa Ballena”, “Punta negra”, “Solo vive en Pucusana”, “La mariposa de Ancón” o “Caballos de playa” reflejan una maestría narrativa que solo da la experiencia de décadas de lecturas, reflexión e ingente cantidad de folios pergeñados. La prosa de Calderón Fajardo es tan elaborada que parece natural, como escrita sin esfuerzo. La profundidad e intensidad de sus personajes y los conflictos planteados nos recuerdan que la misión de los cuentos, en su brevedad, es permitirnos entrever “ese fondo que no tocaremos nunca” (como gustaba decir otro segundón vocacional, Juan Carlos Onetti), aquel fondo que las novelas sí se proponen poner a nuestro alcance en una extensión más grande. De cualquiera de los cuentos de Calderón Fajardo mencionados, otro narrador (menos experto, más ingenuo) hubiera hecho una novela que –a no ser un novelista eximio- se nos caería de las manos al llegar a la mitad.

Playas posee dos partes bien diferenciadas. La primera se llama Del mar cercano y en ella se encuentran los cuentos que he mencionado más arriba. Los relatos de esa sección se caracterizan por estar ambientados en Perú. La otra parte de Playas se llama La playa de la familia de Mussolini y está conformada por cuentos tanto inspirados en lecturas literarias como situados en contextos foráneos (la excepción de esto sería “La playa de los emos”). Creo que estas dos partes proponen una síntesis de dos posturas que, tradicionalmente, se hallan enfrentadas en la literatura peruana: lo local, que se vincula con la representación realista, y lo cosmopolita, que se identifica con atmósferas más bien estilizadas. Y este es otro de los méritos del inteligente narrador que fue Calderón Fajardo: siempre tendió a ser integrador, a no exaltar lo nativo en desmedro de lo extranjero, ni mucho menos a buscar modelos literarios ajenos excluyendo la tradición nacional. El autor nos proponía un mestizaje fértil, como el que él mismo había experimentado a lo largo de su vida: nacido en la sierra sur del Perú, educado en Europa y radicado por último en Lima (vecino de Punta Negra, por cierto). Todo lo leía y nada descartaba en su escritura: novelas históricas, de terror, cuentos realistas, algunos de los relatos de fino lirismo de Playas, etc.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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