El fin de la cultura: “La mujer justa” de Sándor Márai

la-mujer-justaLa mujer justa (1949) de Sándor Márai es una novela de apariencias, porque todo depende de quién habla y cómo aprecia el mundo. La mujer justa se compone de tres monólogos que constituyen un coro de voces que se complementan, se contradicen y solapan. Ahora bien, los tres monólogos son generados por tres personajes, pero en realidad la novela nos propone un cuarteto protagónico. En primer lugar, Péter (a quien corresponde el segundo monólogo de la novela), representante de la alta sociedad húngara, hombre rico, elegante y plenamente consciente de su lugar en el mundo. Luego, María, su primera esposa (quien monologa la primera), una mujer de clase media, consciente igualmente de sus limitaciones frente a Péter, a quien, no obstante, ha amado hasta la extenuación. El tercer personaje (y tercer monologador) es Judit, la mujer de origen más bajo, la proletaria, quien fue sirvienta en casa de los padres de Péter y después su segunda esposa. ¿Quién es el cuarto miembro de la historia? Lázar, el escritor amigo de Péter, aquel “testigo” de su vida. Este cuarto personaje no monologa, pero contamos con suficiente material en torno a él para conocer su drama personal y es comprensible que, como alter ego del propio Márai, una mirada oblicua sobre él sea la más apropiada para intuir su relevancia en la trama.

El valor de la apariencia, como aquella superficie que trasluce la calidad de una persona, es clave para comprender al personaje de Péter, visto a través de los ojos de la idealista Marika. Porque ahora que recuerda su historia de amor, junto a su amiga en aquella cafetería del centro, pretende estar desengañada y hasta hablar desdeñosamente de su exmarido, quien la cambió por su supuesta amante, aquella chica vulgar, sin clase, aunque ciertamente hermosa. Lo cierto es que Marika quiso amar a Péter a toda costa y que ambos fueran uno solo. Pensaba lograrlo conociéndolo, compartiéndolo todo con él. Y nada de eso era posible. Su fracaso es el de quien descubre que no hay nada nuevo bajo el sol, que querer conocer y por ende amar a alguien completamente es como querer atrapar el viento: un esfuerzo inútil. Ella creyó que existía algo así como la mujer justa, o sea la persona perfecta, la media naranja, para un hombre. Saber que no es ella y, peor todavía, que no existe tal persona, es su tragedia.

Por su parte, Péter ha querido toda su vida ser un hombre, un señor. Carga con un abolengo, una sangre a la que cada acto suyo debe honrar. Un peso muy grande para un sujeto sensible. Incluso para él el amor puede ser accesorio, un bien más del sujeto cabal, un broche para su traje de burgués. Su tragedia es la incomunicación: descubrir que todo lo que hace, dice y siente no le permite alcanzar a los demás. Toda su experiencia vital deriva en asumir y abrazar su soledad, en la que encuentra, quizás, aquel conocimiento que le estaba vedado a la soñadora Marika. ¿Qué busca entonces en la otra, en la rústica Judit? Ella es parte de su aprendizaje: pensaba encontrar en ella un refugio ante la soledad, cuando esta le producía angustia. Pero nunca la amó, eso queda claro; lo que ocurrió entre ambos fue otro juego de caballeros agudos, como aquel juego banal del señor Kovacs que sostenía con su amigo el escritor Lázar: el señor Kovacs aparecía en escena cuando uno de ellos soltaba un tópico, un lugar común (“Hace calor”, “Estamos en casa”, etc.). Casarse con Judit era solo eso, un lugar común, una cosa trillada: la aventura fallida del millonario que se casa con la cazafortunas. La misma historia de siempre con el mismo final. El millonario se arruina y la cazafortunas se va (aún pasa y seguirá pasando, he allí a Savage Grace).

La tragedia de Judit es la ignorancia. Su ignorancia esencial le impide disfrutar de las cosas, pues ella solo las utiliza. Porque ha sido muy pobre y sabe que todo lo que tiene ahora (las pieles, las joyas, la clase, etc.) es mera apariencia. Pero en ella la apariencia no trasluce nada, salvo su superación personal. De hecho, la buena vida solo le recuerda que tuvo una infancia miserable. Por eso derrocha el dinero y se involucra con alguien que no la ama (aquel músico con el que pasa la noche en Roma). Ella lo sabe y lo acepta, porque su espíritu es pequeño, limitado, y su amor –no podía ser de otro modo- es proporcional al tamaño de su alma. Sin embargo, es la misma Judit, corriente, ignorante, paleta, quien recibe la última lección del escritor, Lázar. Este, como un profeta, anuncia el final del mundo que representan el rígido Péter y la cándida Marika: es el fin de la “cultura”, o sea la sensibilidad ante los acontecimientos, el significado de la historia o la relevancia de las palabras. No se trata solo de los conocimientos (que no son más que datos apilados), sino de su implicancia en nuestra percepción de la vida. Un ejemplo del mismo Lázar: los números arábigos permitieron hacer operaciones matemáticas complejas. Su adopción, en lugar de los números latinos o griegos, produjo la tecnología, de la que deriva el armamento que puede exterminarnos. Por eso tiene valor saber ese capítulo de la historia de las matemáticas, sostiene Lázar. Desconocerlo, significa vivir en la completa ignorancia, como Judit y no entender el mundo, solo vivir en él como un autómata, sin reflexión ni auténtica libertad. Nadie, por ende, podrá vivir la ensoñación de Marika y su posterior desengaño, o el viaje hacia el escepticismo de Péter: toda esa sensibilidad (que los hace tan frágiles y humanos) se perderá porque también es un producto cultural. Este mensaje rotundo de Lázar es, comprensiblemente, el mismo que pudo elaborar Márai en torno al mundo en el que le tocó vivir; porque el escritor (Lázar/Márai) solo es un “testigo” de los acontecimientos y compañero de ruta de los personajes:

Pero los escritores no podemos permitirnos el lujo de ser rebeldes. Somos los guardianes. Es mucho más difícil conservar que crear o destruir. No puedo permitir que la gente se rebele contra las leyes que están impresas en los libros y en los corazones. Tengo que asegurarme de estar ahí, en ese mundo en que todos quieren destruir lo antiguo y crear algo nuevo, para salvaguardar las convenciones no escritas entre las personas, cuyo sentido último es el orden y la armonía de la sociedad. Vivo rodeado de cazadores furtivos y yo soy el guardabosques. (Sándor Márai, La mujer justa, p. 117)

Nacido en 1900, en un todavía decimonónico imperio austro-húngaro, Sándor Márai fue testigo de la “Gran Guerra” (con la caída del imperio donde nació, “lo antiguo”) y luego del choque entre el fascismo y el comunismo, con la ocupación soviética posterior (aquel “algo nuevo” que fue primero aterrador, después triste y al final patético). Como Lázar, Márai marchó al exilio y cayó en el olvido debido al nuevo régimen, que marginó su obra, por considerarla un residuo “burgués” o “decadente”. Como Lázar, seguramente se pasaba el tiempo leyendo un diccionario de húngaro, repitiendo las palabras para captar toda su fuerza, pensando que la lengua es la única patria. Lo suscribo completamente.

Para G.A.C., en agradecimiento por recomendarme esta novela.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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6 respuestas a El fin de la cultura: “La mujer justa” de Sándor Márai

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  2. francisco dijo:

    Hubo una mujer justa? y en su caso, quién? Marika se entendía como la mujer justa o fue Peter quien luego de sus relaciones llegó a la realización de que ella lo fue, recuerdo que sólo una mención se hace al respecto, donde Peter se refiere a Marika como “la justa”.

    • orodeindias dijo:

      No hay una sola respuesta o hay varias de acuerdo a la postura que se quiera adoptar.. Creo que este fenómeno se debe al perspectivismo de la novela. Que Peter lo diga es una evidencia interesante, pero si lo era, ¿por qué la dejó? Tampoco es que la pasara mal con la sirvienta, Judit. En todo caso, la categoría de “mujer justa” es una categoría que se discute permanentemente en la novela es es todo un leit-motiv. Gracias por comentar.

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