Una huella quevediana en la enumeración de “El Aleph”

Pages from 15. Rguez MansillaEste trabajo se ocupa de analizar la reelaboración de un recurso estilístico presente en una silva de Quevedo («Roma antigua y moderna»), para luego proponer una reflexión sobre su empleo en El Aleph, en aras de una interpretación del relato. Además de ello, me interesa llamar la atención sobre aspectos de «la poética de las ruinas», adoptada por Borges de la silva quevediana, que vinculan el cuento con la literatura del Barroco. He revisado los ya clásicos estudios de Julio Chiappini (Borges y Quevedo) y Giuseppe Bellini (Quevedo y la poesía hispanoamericana del siglo XX) intentando verificar que alguien antes haya dado con este pequeño hallazgo. Chiappini, quien se propuso reunir «los pareceres de Borges acerca de Quevedo», elaboró una minuciosa bibliografía que sintetiza la visión e influencia que ejerce el autor barroco en Borges. Con mayor profundidad, Bellini indaga en torno a cómo la filosofía neoestoica de Quevedo se introduce en los poemas del argentino. En lo que se refiere a El Aleph, Bellini solo lo trae a colación propósito de la siguiente afirmación: «Los temas del tiempo y de la eternidad, de la vida y de la muerte intensifican este clima de espiritualidad [de Quevedo] afín que en Borges, naturalmente, se manifiesta en construcciones y matices originales». Pero ninguno de los dos críticos mencionados dedica un apartado a la influencia particularmente formal de Quevedo en un fragmento esencial y bien conocido de El Aleph: la extensa enumeración, marcada por los reiterados «vi», de todo lo que el narrador, que se identifica con Borges, dice observar, en simultáneo, en la escalera del sótano de la casa de Carlos Argentino Daneri, que es la misma donde había vivido la amada del relato, Beatriz Viterbo.

Insertar una enumeración no es un recurso del todo original de parte del narrador en el cuento. En el análisis de sus propios versos (que incluyen una breve enumeración), Carlos Argentino ya anotaba que es «un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación», dando fe de su raigambre antigua. Nos hallamos frente a una variante de la enumeración caótica que estudiaron Leo Spitzer y, más recientemente, Sabine Mainberger. El ejemplo clásico de este procedimiento es el de las llamadas visiones, género textual, a menudo satírico, en el que un poeta ofrece al lector una minuciosa écfrasis del infierno, el mundo de aquí o el del más allá, con los personajes que lo rodean: «En estas visiones es usual, naturalmente, el había o el vi [verbo que inunda la enumeración que vamos a estudiar en El Aleph]; el procedimiento se acentúa en Dante, Petrarca, Villon, Rabelais, pero quien lo lleva al máximo de exageración barroca es Quevedo [pensemos en Los sueños en especial]». Este es un primer vestigio de la conexión entre Quevedo y Borges cuando se trata de la enumeración.

Ahora bien, El Aleph es, principalmente, un relato sobre la imposibilidad de narrar una experiencia, ya que el lenguaje –como observa el narrador- es lineal y todo lo que él ve en el aleph de la calle Garay ocurre en simultáneo y es infinito. Así señala: «Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré». Resulta interesante observar que este problema ya era apuntado, en ciernes, en el duodécimo canto del diálogo anónimo El Crótalon (texto de la segunda mitad del siglo XVI), donde el gallo, a propósito de su encarnación en Ícaro Menipo (quien voló sobre el mundo y lo pudo ver todo, otro testimonio del género de las visiones), comenta la imposibilidad de narrar tantas escenas que van ocurriendo en simultáneo (…)

Nos encontramos con una atmósfera de caos que, más tarde, será plasmada por Quevedo en sus visiones de la humanidad condenada en Los sueños. El escudo de Aquiles referido en el pasaje configura otra representación reducida del aleph, aunque limitado al mundo griego. Igualmente, podría decirse que la silva «Roma antigua y moderna» de Quevedo es un aleph en embrión, aunque reducido a representar pasajes de la Ciudad Eterna, en la medida en que condensa, en pocas líneas, imágenes de su pasado y su presente, todo junto. Como señala Moreno Castillo al respecto: «El poema se despliega en múltiples digresiones que le dan su tono poético peculiar, profuso y divagatorio». El cuento El Aleph adopta un estilo igualmente digresivo y divagante que provoca una reflexión sobre las limitaciones del lenguaje humano para reflejar la mezcla de imágenes que percibe el narrador. Borges transforma la enumeración, que en Quevedo apunta a la melancolía de lo perdido, en un aparentemente inútil ejercicio, impregnado de ansiedad, que busca ponerle límites a lo que, en esencia, no lo tiene. Pero si en Quevedo el motor de la melancolía es el contraste entre la Roma antigua, en pretérito, frente a la actual, en presente; en Borges este impulso proviene, fundamentalmente, del recuerdo de la fallecida Beatriz Viterbo, amada del narrador protagonista.

El artículo completo, junto a otros trabajos más diversos e interesantes, acaba de salir publicado en La Perinola. Revista de Investigación Quevediana 19(2015): 209-223.

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