Una banda sonora 8: “La vida te lleva por caminos raros” (2005) de Diego Vasallo

diego-vasallo-20-11-10Esta canción proviene del álbum Los abismos cotidianos (2005), con letra y música de Diego Vasallo, a quien alguien llama, en el internet, “El Bardo de Donosti”. El ex Duncan Dhu tiene muchas canciones memorables y entrañables, por lo que me costó elegir una sola. Me decanté por esta porque cuenta con varias imágenes logradas y una visión de la vida que me resulta afín. Además, la música me transmite una atmósfera de luz tenue o noche estrellada. La voz de Vasallo permite, de paso, degustar los versos, que pronuncia de acuerdo con la morosidad de los compases. ¿Cómo hablar de la vida? Hay muchas formas, desde la ingenua metáfora de la caja de bombones hasta la imagen clásica de la vida como un camino o viaje. La vida te lleva por caminos raros se basa en la imagen de la vida como una mujer. Es una metáfora relativamente original: solo se me ocurre un empleo similar en De vez en cuando la vida de J. M. Serrat. La metáfora consiste en representar a la vida, en abstracto, como una mujer, bella, inestable, seductora, impredecible, etc. He aquí la letra:

La vida te lleva por caminos raros
por la esquina más perdida de los mapas,
por canciones que tú nunca has cantado.
La vida te lleva por caminos raros.
La vida se acerca con los labios pintados,
te elige y siempre te engaña con otros
y así vamos siempre dando vueltas.
La vida se acerca con los labios pintados.
Siempre hay algún bar que se llama “Las Vegas”
en alguna parte, en alguna parte.
Y siempre hay algún trozo averiado del día
que no puedes borrar pero te gustaría.
Siempre voy al bar del aeropuerto
cuando quiero ponerme triste
y siempre pido y nunca tienen
aquellas galletas de la suerte.
Mirando las gotas estrellarse
como golondrinas en la noche,
como pequeños sueños con el ala rota
como pequeños sueños con el ala rota
Dime ¿qué hay detrás de esas sonrisas tan tristes?
¿un motor que no funciona o solo corazones rotos?
Es mejor un cielo acostumbrado a defraudar
que fábricas de anhelos esparcidos por la lluvia.
Y es mejor unos labios tristes
que cien aviones despegando.
Y es mucho mejor mi vida si tú estás dentro.

Esa mujer ingrata y caprichosa, la vida, es peligrosa. Te conduce por lugares desconocidos y remotos (la esquina más perdida de los mapas). Tan seductora que viene con los labios pintados, pero, fiel solo a sí misma, juega contigo (hace como que quiere estar contigo y luego te abandona). Sin embargo, nunca nos resignamos y repetimos la rutina (siempre dando vueltas), una y otra vez: porque los caminos siempre son raros, nunca acabamos de familiarizarnos con ellos y esos labios son demasiado apetitosos. El bar llamado “Las Vegas”, connota, con ese nombre, el delirio, pero también la perdición en medio del desierto. El día es como una máquina que tiene un trozo averiado, quizás porque la relación con esa mujer (la vida) no es fácil, sino que está llena de broncas y malentendidos, junto a placenteros viajes y, más que nada, promesas. La seducción está basada en eso, en la esperanza de un encuentro, la promesa de repetir lo que ocurrió una vez. Y estamos, por eso mismo, dando vueltas, sin parar, porque esa manera de vivir produce melancolía, la sensación de que siempre nos falta algo, que nuestro corazón está incompleto o es el dolor por aquel trozo averiado que no podemos reparar. ¿Puede haber lugar más triste en el mundo que el bar de un aeropuerto? A nadie le gusta estar mucho tiempo en un aeropuerto. El deseo de todos los presentes (salvo los que trabajan allí, pero uno nunca sabe) es salir de él, por tierra o por aire. Si al ambiente de un bar de aeropuerto se le suma la lluvia, cuyas gotas son como golondrinas, en medio de la noche, la atmósfera queda claramente delineada en dos versos. Esas gotas que caen son como pequeños sueños con el ala rota. Los sueños nos conectan con las ideas, con la imaginación, que siempre reina en las alturas, donde todo es posible; los sueños caen porque son como pájaros lesionados. ¿A qué viene todo este cuadro melancólico? ¿Tiene algún sentido esbozar una situación así? Eso es lo que se pregunta el yo poético cuando impreca ¿qué hay detrás de esas sonrisas tan tristes? O sea, ¿qué es lo que esconde la tristeza cotidiana (un motor que no funciona/ corazones rotos), aquel optimismo que nos inspira a seguir respirando y poco más? La vida juega con nosotros, nos provoca y siempre nos defrauda. ¿A qué todo nuestro dolor? El yo responde: Es mejor un cielo acostumbrado a defraudar/ que fábricas de anhelos esparcidos por la lluvia. Es decir, la vida es como es. Hay que aceptarla y seguirla. Dejarse llevar por ella, seguir su juego y disfrutar lo que podamos: adentrarnos en esos caminos raros, explorar esas esquinas de los mapas y hasta conocer aquellas canciones que tú nunca has cantado. Quien haya vivido en otro país, hablado otra lengua, conocido otras personas, otros ambientes, otros climas y otros árboles sabrá de lo que habla ese verso. Hay que dejar los anhelos, los sueños, a un lado. Solo conviene el reposo, quedarse quieto. Al cierre de la canción, como al final de la aventura que es la vida, es mejor unos labios tristes que cien aviones despegando. Hay que quedarse, dejar de moverse y ver a quién tienes al lado porque es mucho mejor mi vida si tú estás dentro. Aquella “vida” del final ya no es una mujer, sino un lugar, un espacio fijo que alguien, ese tú ausente de la lírica (la persona amada), puede llenar. Entonces quizás la vida es la mujer caprichosa que te conduce hacia la otra (cuyos labios son tristes, ya no pintados), acaso la mujer justa, como diría Sándor Márai, o simplemente alguien que te acompañe en aquel bar llamado “Las Vegas”. Seguro esa persona aprecia las canciones, compartirá algunas contigo y tú le darás otras tantas. Con música que escuchar y de la que hablar la vida es, definitivamente, mucho mejor.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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