“Una piel de serpiente” de Luis Loayza

1654373_251624678332410_1535737741_nUn escritor secreto. Un escritor insular. Un escritor de culto. Un escritor raro. Un escritor para escritores. Un escritor al margen de las listas de best-sellers o de las portadas de los suplementos culturales. Una lista rápida de autores de ese tipo, abordados en este blog, incluiría a Felisberto Hernández, José Bianco o Carlos Calderón-Fajardo. Quizás el que más se ha esforzado por ser secreto es Luis Loayza. Ni siquiera hay fotos del autor, salvo las tres o cuatro (de hace medio siglo) que parecen haber sido abandonadas por él o rescatadas por amigos suyos. Esa vida al margen de la fama ha acrecentado su leyenda. Parece el reverso de la que ha vivido uno de sus amigos más famosos, Mario Vargas Llosa. Ambos serían como el haz y el envés, dos modelos contrapuestos de escritor. Quizás entre ellos se encontraría el lector exquisito que ha sido Abelardo Oquendo.

La narrativa breve de Luis Loayza comprende los cuentos (que ahora llamaríamos microrrelatos) de El avaro, textos en prosa inclasificables (como aquellos que componen su delicioso Vocabulario o su preciso Retrato de Garcilaso) y los relatos algo más extensos de Otras tardes (1985), junto a otras narraciones desperdigadas, algo así como los B Sides de los vinilos. Su única novela es Una piel de serpiente (1970), de la que hablaremos aquí. Miguel Gutiérrez la consideraba, sin más, la novela más aburrida de la literatura peruana. Probablemente su incomprensión tenga dos motivos: el estilo narrativo y el tratamiento del tema de la oposición dictatorial.

La primera clave para acceder a la novela la otorga su título. La piel de una serpiente es dura por fuera, pero se va volviendo blanda conforme se penetra en sus capas. Se trata de una metáfora que explica la forma de la novela: su estilo puede parecer hermético, en extremo moroso por la descripción, obsesiva, del detalle menudo. La novela está escrita con el método de camera-eye, la narración objetiva, fría (como la serpiente, de nuevo), que recrea la narratividad propia del lenguaje cinematográfico. El protagonista se desplaza por la ciudad y el lector va infiriendo lo que ocurre, la naturaleza de sus relaciones con otros personajes, así como sus impulsos y creencias, a través de sus acciones y parlamentos. Algunos momentos, como esos tránsitos de la playa al bar y luego al interior de un coche, recuerdan al cine de la Nouvelle Vague. Leer Una piel de serpiente en la actualidad, casi cuarenta años después de publicada, impresiona: su estilo no tiene nada que ver con las tan mentadas metaliteratura o autoficción que infestan las estanterías en estos días que corren.

Sin duda, por su peculiar estilo (visto desde ahora, pero que fue tendencia hace cincuenta años) cuesta entrar al universo de Una piel de serpiente. Dividido en tres partes, yo casi caigo rendido a mitad de la primera. Es un efecto similar al que puede producir, al neófito, la prosa (de estilo muy distinto) de Juan Carlos Onetti. Sin embargo, como ocurre con este último, cuando uno se familiariza con la forma narrativa que adopta Loayza, el texto empieza a fluir: esta es la historia de Juan y un grupo de jóvenes que se oponen a la dictadura de Manuel A. Odría (1948-1956) y que canalizan su protesta, de la mano de los sindicalistas, a través de una publicación. La novela nos muestra el problema de sacar adelante el proyecto en medio de la represión y el clima de cinismo que los rodea (reflejado también en una historia de amor que corre paralela). Al final, nadie sabe para quién trabaja y el idealismo de Juan, apenas insinuado, choca con el pragmatismo de los demás. En realidad, los principios de este no llegan a erigirlo como un héroe completo: comparte cierto estilo de vida acomodado con sus compinches que produce en otros la impresión de que está solo jugando a ser un rebelde. La frialdad del relato en torno a sus actos, su inacción cuando descubre que es traicionado y toda la atmósfera de correrías entre el circuito de playas, los garitos bohemios, Miraflores, San Isidro y el centro de la ciudad hacen que el lector se quede con la sensación de que todo fue superfluo, mas no trágico o fatal (piénsese que, con ese mismo argumento, Vargas Llosa hubiera escrito, con otro registro, una historia de brutalidad, machismo y miseria moral como La ciudad y los perros Conversación en la Catedral).

Así, sin estridencias, Juan se queda inerme, al final del texto, esperando que le contesten una llamada. Probablemente esta visión un tanto desencantada podría resultar sarcástica para un intelectual comprometido o militante que evaluara la novela. Pero el mensaje de Una piel de serpiente es válido, acorde con su poética narrativa, y hasta refleja la actitud que podía tener el joven Loayza frente a la dictadura: en El pez en el agua, Vargas Llosa contaba que, cuando se trataba de participar en aquellas protestas contra Odría, Loayza lo acompañaba por solidaridad de amigo, pues la dictadura le irritaba más por cuestiones estéticas que por motivos estrictamente ideológicos (cuyo debate, de seguro, le provocaría un largo bostezo).

Una nota bibliográfica adicional. La condición de raro o secreto para un escritor se ve acrisolada también por las editoriales en las que se publica su obra. Como en tantos otros aspectos (como el que escaseen retratos suyos), Loayza es un claro ejemplo de esto. En 1974, Una piel de serpiente se publicó en la editorial Inventarios Provisionales de Palmas de Gran Canaria, donde también apareció una reedición de El avaro, por esos mismos años. Esta edición canaria de la novela, la cual es la que he leído ahora, posee algunas erratas y problemas editoriales (como líneas perdidas en el offset) que la deslucen. Quizás como el volumen quedaba corto de páginas, se agregan tres relatos que no son precisamente los más memorables de su autor (son, lo diré de nuevo, algo así como los “lados B” de los vinilos de antes): “Algún tiempo”, “Recuerda otro verano” y “Todas las flores”. Rescataría “Recuerda otro verano”, aunque posee mucho del neorrealismo que se volvió marca de estilo de J. R. Ribeyro y E. Congrains Martin.

En Perú, Una piel de serpiente se ha leído en la edición original de Populibros (1970), cuya portada evoca un cómic y podría insinuar una velocidad y ritmo de aventuras que la novela defraudaría; no obstante, la escena de la moto es de las más logradas y está en las primeras páginas. Recuerdo que hasta mediados de la década de 1990 podían encontrarse ejemplares de esa edición peruana de Una piel de serpiente. Lo mismo ocurría con la edición del Instituto Nacional de Cultura de El avaro y otros textos (1974), con finísimo prólogo de Abelardo Oquendo, y Otras tardes (1985) bajo el sello de Mosca Azul. Esas ediciones son las que tuve la suerte de adquirir y atesoro (pues ahora son raras) en mi biblioteca de Nueva York. Tengo entendido que la Universidad Ricardo Palma publicó hace unos años la narrativa de Loayza en un solo volumen, bajo el título Relatos (2010). Ojalá ese esfuerzo haga más accesible al público la obra, hasta ahora casi secreta, del borgiano de Petit Thouars.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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