“Purgatorio” de Tomás Eloy Martínez

purgatorioA Julio Cortázar le gustaba decir que él no había elegido vivir en París, sino que París le había elegido a él. Creo que la afirmación expresa una especie de migración feliz. Sin abandonar su condición de argentino que vivía en el extranjero (que impregna todos sus textos), Cortázar asumía la vida fuera de su país de origen de buen ánimo, con ganas de explorarlo todo y degustar todo. No hay en sus páginas mucho lugar a la nostalgia. Ser argentino, en sus textos, armoniza con el cosmopolitismo. Probablemente su experiencia personal y las condiciones de su viaje influyeron notablemente en esta autopercepción.

En otros casos, la migración es forzada y se habla de exilio, con la gravedad de abandono y desarraigo que puede sentir aquel que mira hacia atrás constantemente. Se puede escribir toda una obra dedicada a la experiencia del exiliado, que engrosaría la ya voluminosa literatura de exilio, desde libros de Milán Kundera hasta los escritos de Antonio Pérez, pasando por tantos próceres (como José Martí) o intelectuales (Andrés Bello, José Blanco White, etc.). Juan Carlos Onetti dedicó su última novela, Cuando ya no importe, a tomarle el pelo a este tipo de literatura: un protagonista, aspirante a artista o seudointelectual, que abandona su país, por pobreza, acaba refugiado en un remoto puesto de contrabandista junto a un río. Hugo Fontana en Veneno también escribe una experiencia de un migración por motivos económicos y su personaje, el famoso Tapita, carga con esa herida que nunca cierra: volver a un país que ya no es el suyo.

Purgatorio (2008), la última novela que publicó Tomás Eloy Martínez (1934-2010), se puede leer de varias formas: novela de dictadura (en la estela de La fiesta del chivo o Conversación al sur), historia de amor trágico, moderna recreación del purgatorio de Dante Alighieri, novela con ribetes de realismo mágico (los episodios de la dictadura narrados estiran el realismo, artísticamente, hasta superarlo) o novela de exilio. Me inclino a leerla como un texto de este último tipo, considerando que constituye lo más parecido al testamento literario de su autor, aquejado de cáncer mucho tiempo atrás y que cargaba, además, con el dolor por la absurda muerte de su compañera de décadas, la profesora Susana Rotker. A ella le había dedicado una de sus mejores novelas, Santa Evita (qué mayor muestra de amor que esa).

Purgatorio habla de la memoria, pero no como un ejercicio posible, sino como un obstáculo, un empantanamiento para la persona que ha padecido un episodio traumático: el que sufre Emilia Dupuy, cuyo esposo desapareció en un viaje de trabajo que ambos hicieron a Tucumán (la tierra de T. E. Martínez) con el propósito de trazar un mapa. La cartografía (el oficio de ambos) permite reflexionar en esta novela sobre el significado del espacio familiar, el entorno que nos acoge, así como la pérdida del rumbo, el extravío por caminos desconocidos o errados. Emilia sigue muchos de esos caminos que sueña la conduzcan a Simón, el amor de su vida, pero siempre acaba en lugares extraños, totalmente ajenos, donde su sufrimiento por lo vivido se prolonga más. Así, buscando pistas o huyendo de caminos ya conocidos y que desea olvidar, recala en Highland Park, New Jersey. Allí lleva lo más parecido a una vida sosegada, aunque sigue devota de la religión del recuerdo de Simón: vivir en medio de la comunidad judía de su barrio otorga al entorno un aire místico que, junto a la soledad de los suburbios para quien no tiene una familia que cuidar, hacen que Emilia lleve una vida retirada, casi de eremita. Todo sigue igual hasta que un día común en su exilio de New Jersey, aparece, como si el tiempo no hubiera pasado, la figura de Simón, su esposo desaparecido hacía treinta años, en un restaurante, sentado, charlando en inglés con otros hombres que parecen ser sus colegas.

Así empieza la aventura, el viaje de retorno a ese tiempo de infamias y pérdida de toda moral: el de Rafael Videla, a quien se mienta con aquel repugnante apodo suyo de La Anguila… el del fantástico Mundial de Fútbol que intentó silenciar las torturas y otros abusos que se llevaban a cabo en sótanos, mientras la gente en las tribunas celebraba la gloria nacional detrás de un balón… el de la visita de los Reyes de España, para quienes se monta toda una fiesta de chafalonía y pompa…. el del recto y cínico doctor Dupuy, el padre de Emilia, un conservador que trabaja para el régimen y lo encubre porque cree defender valores supremos que están por encima de la dignidad humana. Ese mundo era el mismo mundo de dos jóvenes enamorados, Emilia y Simón, que se conocieron en un concierto de Almendra y creyeron que esa canción, Muchacha ojos de papel, había sido compuesta para ellos. La historia de Emilia Dupuy, desde su antiguo piso de San Telmo hasta el de Highland Park, es atravesada por la de alguien, un amigo suyo, un escritor, también argentino, que está enfermo (probablemente deprimido también) y que es testigo de aquel suceso que representa para ella la vuelta de Simón. Ese escritor, alter ego de Tomás Eloy Martínez, es el que cifra la dificultad de escribir una historia como la de Emilia, marcada por la desaparición de su amado Simón:

Hablo solo de lo que pudo ser y no fue, dijo el perro. El hermano que no existió porque vos exististe en su lugar. Si te hubieran concebido segundos antes o segundos después, no serías quien sos y no sabrías que tu existencia se perdió en el aire de ninguna parte sin que siquiera te enteraras. Lo que no llega a ser nunca sabe que pudo haber sido. Las novelas se escriben para eso: para reparar en el mundo la ausencia perpetua de lo que nunca existió.

La afirmación final sobre las novelas representa toda una poética, pero aplicada a la historia de la desaparición de Simón resulta desalentadora: ¿será que todo lo vivido es irrecuperable? No hay lugar a ficción que lo subsane. La herida sigue latente y solo le queda a Emilia romper con todo lo que la rodea, todo el sentido de su vida hasta ahora, para encontrarse con Simón. No dejo de pensar que Tomás Eloy Martínez también hablaba, oblicuamente, de sí mismo: de su peregrinaje, huyendo de la amenaza de la Triple A, por Venezuela, primer regreso a Argentina, ida a New Jersey (donde vivió en Highland Park, como Emilia) y segundo regreso (definitivo) a su país de origen, para descansar y morir allí. Marcela Risso cuenta que, a finales de los años noventa, veía a Tomás Eloy Martínez y Susan Rotker con frecuencia en un restaurante húngaro, de donde eran asiduos, y que se veían felices. Tan felices como no llegaron a serlo, quizás por falta de tiempo, Emilia y Simón.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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