“El Ministerio del Tiempo”: tradición, modernidad y el claroscuro de la historia

401853En el primer capítulo de la serie El Ministerio del Tiempo, Julián Martínez, el nuevo agente, pregunta, con una sonrisa escéptica, cuando se le explica la naturaleza de este organismo: “¿O sea que la máquina del tiempo existe? ¿Y es española?”. La respuesta de su nuevo jefe, Salvador Martí, el subsecretario del ministerio, es igualmente desenfadada y rotunda: “¿Pero cómo va a existir la máquina del tiempo? Por favor, no diga tonterías. La máquina del tiempo no existe. Lo que existe son las puertas del tiempo”. La pregunta de Julián, con su ironía inicial, apunta a un lugar común en torno a España: su rezago científico, el “retraso” que dramatizaron los ilustrados españoles cuando diagnosticaban los males del país. Además, las palabras de Julián implican un guiño al mundo anglosajón, paradigma, ya tradicional, de innovaciones tecnológicas, pues evoca La máquina del tiempo de H. G. Wells y también, por qué no, la popular serie norteamericana de los años sesenta El túnel del tiempo.

La respuesta de Salvador, directa, sin ambages, plantea la originalidad de El ministerio del tiempo frente a las series de ciencia-ficción al uso: no contamos con una tecnología de punta, no se trata de un invento producto del progreso o de la innovación, sino de un artilugio, mezcla de magia y ciencia medieval, que se pierde en la oscuridad de los conocimientos, tan antiguos como secretos, de los judíos españoles del siglo XV. Uno de ellos, un rabino judío, le obsequió a Isabel La Católica El libro de las puertas, con las claves para acceder a ellas. De forma que la posibilidad de viajar en el tiempo, desde el punto de vista español, no se trata tanto de un logro tecnológico como de un hallazgo, ya que existen muchas puertas (porque el ministerio no las controla todas), aunque nunca se aclara si también las puede haber fuera de la península. Podría afirmarse, en esa medida, que El ministerio del tiempo propone la anti ciencia-ficción.

La referencia a Isabel La Católica y el rabino que cede su conocimiento a cambio de protección por la persecución de la iglesia, nos devuelve al contexto de la España intercastiza que delineó Américo Castro y la consecuente Edad Conflictiva que engendró su final, precisamente de la mano de la unificación religiosa y estatal que impusieron los Reyes Católicos. De forma que el origen del Ministerio del Tiempo se remonta a un pasado clave en la historia española: el momento en que se delinea su primer proyecto nacional. Desde el Siglo de Oro, el reinado de los Reyes Católicos, culminación de la Reconquista, sería el paradigma del buen gobierno y la estabilidad, frente a los afanes imperialistas de los Habsburgo y el sentimiento de crisis del Barroco.

372-the-time-tunnel-100-1368977121En tiempos más modernos, a partir de la Generación del 98, se tendió a encontrar una continuidad que nacía en la Edad Media, con la Reconquista precisamente, y se prolongaba hasta el Siglo de Oro bajo el concepto de la “intrahistoria” de Unamuno y la “tradicionalidad” que había propuesto Menéndez Pidal como característica esencial de la literatura española (la cual, para él, reflejaba la cultura en su máximo esplendor). El único problema con ello era que conceptos como “intrahistoria” o “tradicionalidad” parecían darle la espalda a la modernidad y sus valores (entre ellos la tecnología y la ciencia), que aparecían como logros más bien foráneos en los albores del siglo XX. El tema dio para un debate entre Unamuno y Ortega y Gasset que, mutas mutandis, se prolonga a la idea, aún vigente en ciertos debates, de las dos Españas: una tradicional y conservadora, otra anticlerical y progresista.

En ese panorama de dicotomías, la misión del Ministerio del Tiempo podría fácilmente caer en la mera defensa de la tradición y la “España eterna” sin fisuras, ya que el deber de sus funcionarios es preservar la historia tal cual es, evitar sus alteraciones. Pero allí reside, precisamente, una de las características esenciales de la serie: no propone nostalgia, sino memoria. El viaje al pasado propone una revisión de la historia española en la que la “España eterna” es mucho menos monolítica, pero no por ello menos memorable. Con ironía y escepticismo, que suelen encarnarse en el personaje de Julián Martínez, El ministerio del tiempo nos ofrece una visión menos rígida del pasado. Nos invitarlo a observarlo y a aceptarlo tal cual es. Sí, Alonso de Entrerríos tiene un alto concepto del honor, tal como todos los hombres del siglo XVI, pero, como lo demuestra Julián (capítulo II, “Tiempo de gloria”), el honor se dejaba de lado ya por entonces cuando de comer se trata y así los pobres soldados apartan su sentimiento de la honra por recibir unas pocas monedas. Sí, Lope de Vega era un gran escritor, pero también un donjuán irremediable. Sí, el Empecinado es un héroe, pero será ejecutado tras el regreso de Fernando VII, porque la historia es así de injusta. La España que ven los miembros de la patrulla, con sus virtudes y sus defectos, se parece a la que ellos conocen en sus respectivas épocas (Alonso el siglo XVI, Amelia el XIX y Julián el XXI), con conflictos, matices y contradicciones. A través de ello, se desvanece la dicotomía entre tradición y modernidad, y se adopta un sano término medio, un fluir de épocas que anula la nostalgia o la idealización del pasado (paradigma en el que hubiera sido fácil caer: una representación de tiempos hermosos que no volverán, el último canto del cisne, La España de la epopeya, etc.).

Así, esta ficción televisiva se propone disolver la dicotomía entre la España eterna y la moderna. Dicha continuidad, despojada de los viejos idealismos de la intrahistoria unamuniana o el tradicionalismo pidaliano, se propone como elemento singular de la identidad española en los viajes al pasado de El ministerio del tiempo, en contraste con la imagen de los Estados Unidos que se representa en la trama. En el capítulo V (“Cualquier tiempo pasado”), se presenta la intervención de los norteamericanos en asuntos internos españoles: un viajero en el tiempo, Walcott, trabaja para una agencia privada que ha patentado los viajes en el tiempo y asegura poder cambiar el pasado para, por ejemplo, extraviar el recibo de un cuadro, para así impedir que este sea devuelto a sus legítimos dueños (caso del gobierno español con el Guernica). El brazo largo de Estados Unidos llega a ese grado de intervención, ya no solo geopolítica, sino temporal. “Ustedes los españoles me dan risa. Ustedes siempre hablan y hablan, pero no hacen nada nunca. Viven de las glorias del pasado”, comenta Walcott, desdeñoso, cuando le interrogan en las oficinas del ministerio acerca de su trabajo. Para refutar su idea negativa en torno al carácter español, Salvador y Ernesto le muestran el periódico de 2015, dado que él fue capturado y traído desde 1981. Walcott se queda perplejo, sin entender cómo es eso posible en un país, según él, sin tecnología (“no hacen nada nunca”) y que está anquilosado por la nostalgia (“viven de las glorias del pasado”). Salvador lo remata diciéndole: “Como ve, no es usted el último que viaja en el tiempo”. Además, lo llevan a una cárcel del siglo XI, en una remota Huesca, que se parangonará, explícitamente (en el capítulo VI), con el horror de la prisión de Guantánamo. De forma que estas son las respuestas españolas a la modernidad a ultranza que se identifica con lo anglosajón: las puertas del tiempo versus la máquina del tiempo y una áspera cárcel medieval versus la sofisticada tortura actual. Más allá todavía: el fiero soldado de los tercios Alonso de Entrerríos (“una máquina de matar”, en palabras de Salvador, capítulo I) versus el modelo del marine norteamericano. El mundo de El ministerio del tiempo nos propone versiones alternativas, autóctonas, a situaciones y figuras que se reconocen como lugares comunes de la ficción televisiva extranjera. Este procedimiento halla su sustento en la recreación esmerada del pasado histórico peninsular, consistente en mantener un fino equilibrio de luces y sombras (cual la técnica del claroscuro velazqueño) a través de la incorporación de la ironía, el humor y el tratamiento de temas políticos, abiertos al debate (Franco y la postguerra, el regreso a la democracia, la revuelta de los comuneros, la invasión napoleónica, etc.). El ministerio del tiempo propone, capítulo a capítulo, una forma dinámica de revisar la historia española, la vuelve un asunto actual, al encontrar puntos de coincidencia con el presente, con la menor cantidad de filtros de mejoramiento. Frente al clásico lugar común todo tiempo pasado fue mejor, esta serie nos dice que todo tiempo pasado, extrañamente, se parece bastante al de hoy. De esa manera, supera la vieja dicotomía entre tradición y modernidad como polos radicalmente opuestos. He allí su mayor mérito.


La emotiva despedida de Julián y Federico García Lorca, en el mejor capítulo de la primera temporada de la serie: el VIII, “La leyenda del tiempo“.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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