“El festín de Babette”: la trama secreta y la lúcida noche fundamental

El-Festin-de-BabetteEn una de sus prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro contaba el asombro que le embargó al cruzarse por la calle con un hombre al que había conocido en un viaje en barco muchos años antes. Habían compartido aquel viaje, el primero que hacían a Europa, llenos de sueños y juventud. Lo fascinante del segundo encuentro, según Ribeyro, era pensar en que todas sus acciones a lo largo de ese tiempo en que no se vieron habían sido dispuestas y enlazadas para hacer posible que se cruzasen. ¿Por quién? ¿Por qué? Ribeyro no lo indaga ni probablemente le interesaría explorar las últimas causas. Si Jorge Luis Borges hubiera tenido una experiencia similar, hubiese apelado a su teoría de la trama secreta, la de un dios desconocido delineando, guiando las acciones humanas para conducir al individuo al punto en que descubre que es el sueño de otro o que su vida no es más que la réplica de otra. El sujeto es solo una pieza dentro de las series que a Borges le encantaba encontrar leyendo todo género de libros (historia, literatura, filosofía, etc.; nunca discriminaba géneros textuales). Todo estaba escrito y prefijado por alguien, digamos un dios, que era a su vez una pieza que movía otro dios y así sucesivamente. Borges llamó a este hallazgo la lúcida noche fundamental en que se le revela esta verdad a una persona. En la religión se le suele llamar epifanía. Un filósofo antiguo acuñó la palabra eureka. Arthur Rimbaud y otros místicos la llamaban iluminación. Hay muchas formas de referirse al mismo fenómeno. Lo cierto es que todas aquellas elaboraciones teóricas son la temblorosa respuesta al problema de la levedad o intrascendencia que parece embargar la vida humana. Y no solo la vida anodina de un oscuro oficinista (un Gregorio Samsa o un Bartleby, por poner ejemplos extremos), ya que hasta el más reputado héroe se sume en la melancolía, como Alejandro Magno llorando porque ya no tiene más mundo que conquistar….

Recientemente vi El festín de Babette y encontré otra estupenda representación de ese momento clave: la epifanía, eureka, iluminación, la lúcida noche fundamental, es decir aquel momento en que Ribeyro desveló la trama secreta, cuando concibió la idea de que sus acciones eran aparentemente erráticas, pero en secreto orientadas al encuentro con aquel compañero de ruta de tiempo atrás. El festín de Babette (1987), película dirigida por Gabriel Axel, constituye una adaptación del relato homónimo de Isak Dinesen. El título se refiere a la cena opípara que la protagonista de la historia, la humilde criada francesa de unas hermanas danesas, ofrece para despedirse de aquel pueblo remoto y puritano donde acabó recalando al huir de una sangrienta revolución en su país.

Babette, bajo su apariencia de criada, es una artista, ya que fue la mejor jefa de cocina del París de su época; aunque no es la única persona creativa en este relato. También contamos con un tenor, Aquiles, quien se enamoró de una de las hermanas danesas y tuvo que volver a Francia para proseguir su gran carrera en la ópera; y hasta el militar, Lorenz, el perdonavidas que se enamora de la segunda hermana en una visita totalmente azarosa al pueblo y luego sigue su camino para insertarse en los círculos palaciegos y hacer una próspera carrera al servicio de su reina. Aquiles y Lorenz tienen en común haber vivido una experiencia trascendental. El tenor la tuvo cuando escuchó a una de las hermanas cantando en el coro de la iglesia de ese pueblo perdido en la costa de Jutlandia. Prendado de ella, pensó en educar su voz, en prepararla para seguirlo en su camino hacia la consagración en la ópera parisién. Pero el padre de la muchacha se lo impide. Aquiles regresa a su país, triunfa en los escenarios y solo recuerda a la mujer que lo fascinó muchas décadas después, cuando ha de ayudar a su amiga Babette a hallar un refugio. En su carta a las hermanas danesas, Aquiles reflexiona sobre su vida, ahora que es viejo y ha sido olvidado. Toda la gloria que buscó en la ópera no le ha dejado ninguna satisfacción duradera, porque la fama ha sido fugaz y su talento ha sido olvidado. Ahora, al final de su vida, reconoce que aquella búsqueda fue inútil y que nada tenía que ver con dedicarse simplemente al canto, sin la presión ni la vanidad que envolvía el espectáculo en el que prefirió sumergirse.

El caso del militar, Lorenz, es sutilmente distinto. Él también llegó sin ninguna expectativa al áspero pueblo de la costa donde viven las dos hermanas. Le bastó una breve estancia (igual que el tenor francés) para quedarse prendado de la belleza de la segunda hermana. Se trata de una experiencia absoluta, como la de Dante cuando contempla a Beatriz. Como este, Lorenz sufre algo así como una conversión religiosa y dedica su vida a una misión: deja atrás su conducta irresponsable y se compromete a ser el mejor oficial, o sea que se dedica con arte a cultivar su propia persona. De forma que todo lo que hace con su vida de allí en adelante honra esa imagen de la belleza absoluta y el amor que experimentó. Para Aquiles y para Lorenz, las hermanas son musas en el mejor sentido del término. Ellas estimulan, motivan, impulsan creaciones artísticas o, si se quiere, acciones intrínsecamente bellas (consagrarte al canto lírico, servir a un rey, ser un militar eficaz, etc.). La diferencia esencial entre ambos es que Lorenz intuyó la trama secreta, se aferró a la idea de la continuidad, de la transcendencia de cada acto suyo. El tenor francés, viejo y olvidado, asume que todo lo que hizo no fue más que alimentar su ego, en episodios discontinuos, inconsecuentes, de forma que su éxito no palia su soledad. Para Lorenz se trata de algo más complejo, profundo y elaborado. Su cita, aquella cena en la que volverá a ver a la mujer de su vida (con la que sin embargo nunca intimó, en ningún aspecto), confirmará que hizo lo correcto: que siendo el mejor en lo suyo siguió el camino trazado por lo que la mujer le inspiraba.

Así que Lorenz, asistiendo a la cena de Babette, experimenta lo que en inglés llaman the time of my life. ¿Cuántos años pasaron? Décadas. El joven díscolo de antaño es un anciano general distinguido. Las dos hermanas también son ya ancianas. Pero he aquí que la vida, toda la vida entre el descubrimiento de la belleza y el encuentro, aquella lúcida noche fundamental, ha sido solo una ráfaga, un sueño fugaz: años durante los cuales cada tarea, cada dificultad, cada obstáculo y cada desafío tenía un significado. Estaba desarrollándose la trama secreta. Aquiles nunca la percibió, ni siquiera la deseó. No sabía que había sido tocado por la gracia. La tuvo frente a sus ojos, se alejó de ella y creyó que eso significaba perderla. Lorenz se la llevó consigo, o mejor que eso: entendió que debía alejarse de quien la produjo y seguir su propio camino para plasmarla. Como cuando Adso de Melk dice nunca supe el nombre de la rosa; no era ese detalle tan importante como saber que tal era la experiencia de su vida, quizás la única por la que había valido la pena vivir.

Hay tres placeres humanos elementales, por ser íntimos y absolutamente sensoriales, sin mediación estética elaborada por la racionalidad: comer, beber y amar (amor físico, se entiende). De ellos, comer es el más púdico, el menos íntimo. Por eso es el más frecuentado y suele ser la antesala de los otros dos (ya se sabe, las obscenas tres ces de toda relación íntima). En su vida pasada, Babette había sido una gran artista culinaria. Sin embargo, en sus años con las hermanas solo ha sido una criada; pues cocinaba sin arte alguno, dedicándose únicamente a lo que ellas le habían instruido a preparar. Pero acaba de ganarse la lotería (al mismo al que apostaba durante años, la trama secreta de nuevo), piensa volver a Francia y quiere homenajear a sus protectoras con una cena magnífica. Será la oportunidad para ejercer su arte y mostrarlo. Esta también es su gran noche.

Lo irónico es que en la comunidad donde ahora vive todos están dedicados al trabajo duro y a la devoción religiosa. Su aprecio por Babette no pasa por apreciar su talento, sino simplemente porque ayuda a las hermanas y les alivia de las labores domésticas. Ante un cambio en el menú, la comunidad se siente ansiosa: la cena provoca miedo en los congregados, porque puede exponerlos al pecado, al delirio, al disfrute de lo sensorial. Se imponen no saborear la comida, porque la identifican con lo lascivo, con el goce físico, ajeno al espíritu hasta negarlo. Seguramente sus comensales esa noche son buenas personas (tal vez más que tú o yo), pero no saben hablar más que del clima, de las actividades cotidianas y solo sienten elevar sus almas hablando de religión, pues fortalece su espíritu gregario. Ninguno de ellos ha interiorizado una sola idea que no los religue con Dios o refleje su bondad. Ninguno se ha ensimismado ante la contemplación de la belleza artística.

En este ambiente, el añejo Lorenz es el único que puede apreciar y disfrutar la cena de Babette. Él expone que la naturaleza del arte culinario es la expresión del amor pleno, en tanto conjuga el apetito físico y el espiritual. Nadie en esa sala (incluidas las hermanas), lo entiende, porque ninguno ha experimentado nunca lo que él a lo largo de su vida (el amor súbito, la contemplación de la belleza, la vida abocada a honrar una promesa, la esperanza de que todo lo que se hace tiene una meta, la fe en la trama secreta, etc.). Todo esto se encuentra condensado en el discurso de Lorenz al brindar por la cena ofrecida en su honor. Sí, temblamos por nuestras elecciones. Tal vez porque nos cuesta saber, como decía un maestro de mi juventud, cómo conciliar querer, poder y deber. Con todo, como dice Lorenz, hay una epifanía: la gracia es infinita. Todo lo que hagas genera movimientos a tu alrededor y entonces ocurre lo inesperado, the time of my life, eureka. La maravillosa visión (la sorpresa de una voz angelical, la belleza de un instante, el deslumbramiento, etc.) es el anuncio de que, con fe, aquello que esperas estará allí y aparecerá en el momento adecuado.

Lorenz vivió el amor más prolongado, más intenso y a la vez sereno: estuvo siempre allí, llevando a la amada en el corazón. Y así será toda la vida. Y el encuentro, también producto de la más azarosa ocasión (despedida de Babette, cena magnífica, estancia con su tía, etc.) permite que vea a su gran amor, el origen de toda la trama secreta, y pueda expresarle todo su sentimiento, nutrido y desarrollado a lo largo de décadas, como un tributo de amor completo: te he dado mi vida, a través del eficaz cumplimiento del servicio más distinguido a mi patria. Como en Nostalsong, el encuentro de dos almas, determinadas a juntarse sin necesidad de comunicárselo (porque al menos uno de ellos sabe que están destinados a hacerlo) se sintetiza en la suave exclamación, como un suspiro, que ansía serenamente lo inevitable: ¿Qué escenario tendré tan perfecto junto a ti? Porque Lorenz sabía que iban a verse, inevitablemente, en algún momento, y podría decírselo todo. Vaciar su alma y expresar el amor cultivado, como un jardín, cuya tierra se abonó, se sembró y regó con paciencia. Alcanzar esa epifanía es suficiente para él.

Al final, los únicos que han sido seres humanos completos son Lorenz y Babette. Ellos han vivido y prolongado su experiencia a través de la creación: Lorenz siguió su carrera militar con el rigor de un artista; Babette se consagró a la culinaria. Ambos han sido los mejores en su respectivos oficios. Lorenz fue un oficial destacado, un gran personaje cortesano, pero no lo hizo por el reconocimiento público, lo hizo por el amor a una mujer (que ni siquiera fue su esposa). Babette gastó todo lo obtenido en el premio para la cena. ¿Por qué? Porque cocinar es lo único que le apasiona, aunque nadie en el pueblo (ni siquiera las hermanas) la entiendan. Si un artista nunca es pobre, como dice Babette, también es cierto que una persona con lujos o comodidades, pero sin arte, puede llevar la vida más insípida, cansina e infeliz. La gran lección de El festín de Babette es esa: dar lo mejor de uno, hasta la extenuación, al margen de la aparente gloria o el reconocimiento. La trama secreta se escribe sola. Se está escribiendo. Algo fantástico está sucediendo y no lo sabemos. Todo llegará. El escenario está preparado y será perfecto, es decir “completo”, según el origen latino de la palabra (perfectus): porque solo hay dos figuras que se complementan y cubren todo el escenario, que –como en el barroco- se vuelve el universo todo, un escenario cósmico.

Para G.A.C., con claveles.


“Era capaz de transformar una cena en una especie de asunto amoroso…”

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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