“El manuscrito de piedra” de Luis García Jambrina

650_AL68839.jpgProfesor en la Universidad de Salamanca, Luis García Jambrina publicó en 2008 El manuscrito de piedra, primera novela sobre las aventuras detectivescas de un joven Fernando de Rojas, a la que sucedió El manuscrito de nieve en 2010. El manuscrito de piedra cayó en mis manos hace poco y lo leí de un tirón en pocos días. Me gustó y lo que sigue son los comentarios que me ha provocado.

La influencia más aparente es la de El nombre de la rosa de Umberto Eco, pero de la mano de una hábil aclimatación de rasgos y motivos de la trama policial: de una abadía medieval italiana a la ciudad universitaria española por antonomasia, que vive la agitación de un cambio de siglo, el del XV al XVI en España, que supone la implantación del Renacimiento. Como en El nombre de la rosa, subyace un debate ideológico (dominicos versus franciscanos, tomismo versus nueva ciencia, etc.) como telón de fondo para los crímenes y la larga sombra de la inquisición se yergue para silenciar cualquier heterodoxia. Como Guillermo de Baskerville, Fernando de Rojas es retratado como un intelectual curioso, con dotes notables de observación y deducción, al que sus propios compañeros y su protector ven como un “sabueso”.

Como el franciscano, Rojas es un personaje carismático, agudo, con un sentido tenaz de la justicia y movido solo por la sincera búsqueda de la verdad, por encima de cualquier otro compromiso. Si en El nombre de la rosa, las pistas conducen a un intrincado laberinto que es la biblioteca, donde espera, paciente, el ciego Jorge de Burgos, a que el héroe alcance su rincón para desvelar finalmente el misterio; en El manuscrito de piedra, el laberinto se encuentra en el subsuelo, en la cueva de Salamanca, todo un bostezo de la tierra, boca del infierno, refugio de los heterodoxos y marginales de la ciudad, en uno de cuyos rincones espera a Rojas la madre Celestina para, igualmente, responder a sus preguntas.

La figura de la cueva de Salamanca, de gran tradición en el folclor y la literatura desde la Edad Media, se ve así transformada, dentro de El manuscrito de piedra, en el espacio que evoca, cual mundo al revés la época anterior a la Inquisición y a la concentración del poder y subordinación estatal que produjo el reinado de los Reyes Católicos. Por esa razón, la imagen de estos y la de su heredero, el príncipe Juan, no es nada halagüeña. En otras palabras, la recreación de la cueva de Salamanca en la novela lleva consigo la fantasía de la España medieval intercastiza, periodo de convivencia relativamente armonioso, en la línea que esbozó Américo Castro. Toda la represión de los inquisidores, apoyados por la Corona y sus funcionarios (salvo excepciones, generalmente a cargo de conversos, como el propio Rojas), dramatiza entonces una visión nostálgica de aquel tiempo previo, en el que los judíos podían practicar la ciencia sin ser perseguidos (aunque no por eso dejaran de ser acosados por la masa cristiana) y los conversos eran la excepción de la regla, antes de ser un grupo forzado a cristianizarse como única opción para evitar el destierro.

Otro ejemplo de esta representación de la España de los Reyes Católicos como un periodo crítico en que la cultura española se llena de oscuridad, a manos de la intransigencia inquisitorial, es el empleo de la palabra “tolerancia”, concepto que tanto los personajes como el narrador de la historia echan en falta en el mundo en el que les ha tocado vivir. Habría que aclarar al lector no versado en literatura del Siglo de Oro que la palabra “tolerancia” no era de uso frecuente en la época ni mucho menos se exaltaba la “tolerancia” como un valor social o una virtud política. Una muestra del desinterés en torno a ella y su poco uso en la lengua del Siglo de Oro es que no aparece en el Tesoro de la lengua castellana de Sebastián de Covarrubias. Por otro lado, en el Diccionario de autoridades, el cual compila en buena medida la lengua del XVII, aparecen dos significados para “tolerancia”. La primera es como sinónimo de “sufrimiento”, la cual explica que el verbo “tolerar” signifique “aguantar” (verbigracia: “¿tolera usted el dolor?”, “¿cómo puede tolerar este abuso?”). La segunda acepción se acerca parcialmente al significado moderno, pero tampoco lo satisface: “Permitir algo que merece castigo”, o sea “hacer la vista gorda” (verbigracia: “No presentaste la tarea, pero solo por esta vez te lo tolero”). En 2015, una época de corrección política y cuando se valora la libre expresión y otras libertades heredadas de los ilustrados franceses, los hablantes de español suelen asimilar la palabra “tolerancia” al “respeto”, un significado quizás más cercano al que pretende el narrador de El manuscrito de piedra cuando pone en boca de un judío la afirmación: “La culpa es de esos locos intolerantes que nos persiguen” (p. 247).

Ello no invalida, ciertamente, la propuesta novelesca de Luis García Jambrina, que resulta efectiva, entretenida y hasta apasionante para el lector aficionado a este género ficcional. Admito haberme dejado llevar por el ímpetu de Fernando de Rojas y haberme adentrado con su misma emoción en la cueva de Salamanca. En todo caso, esta recreación de la España de fines del XV evidencia toda una interpretación (bastante afín a la de Dan Brown, por cierto) de la época, útil para cautivar al lector y darle mayor vigor e intensidad a los conflictos que debe enfrentar el héroe del relato. En su aspecto estilístico, el esmero en el diálogo es notable, en tanto su tono recuerda al de La Celestina y la progenie de diálogos renacentistas que afloraron luego. El manuscrito de piedra está plagado de guiños a la obra maestra de Rojas, pero también al Lazarillo de Tormes; no por nada ambos textos son manifestaciones, de lo más logradas, de la “literatura universitaria” del Siglo de Oro, un género que se practicaba en España mucho antes de la novela de campus, que solemos identificar como una importación anglosajona. Finalmente, El manuscrito de piedra conjuga la impronta detectivesca, de raíz foránea, con una ambientación tan tradicional como señera en las letras españolas: Salamanca, la picaresca estudiantil, La Celestina, el humanismo, etc.

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