Los “Ensayos” de Michel de Montaigne (1533-1592)

cara montaigneDice la historia que el padre de Michel de Montaigne lo hizo educar por un alemán que solo se dirigía a él en latín clásico. Gracias a esta formación, Michel leía de corrido en latín a los siete años obras como La metamorfosis de Ovidio. Pero esta alta cultura, que rayaba la erudición, no lo convirtió en un individuo pedante (que era lo presumible) o en un mecánico transmisor de citas enciclopédicas, sino por el contrario, en un sujeto curioso, sensible y de extrema sencillez (como quien sabía tanto que hasta era consciente de sus limitaciones). Quizás por el aislamiento que le impuso el idioma adquirido, aprendió desde muy joven a ensimismarse (magnífica palabra de nuestra lengua), siguiendo el viejo precepto del oráculo de Apolo.

En 1571, con 38 años, tras la muerte de su padre y finalmente heredero, Montaigne abandonó su carrera de abogado para dedicarse al estudio, retirándose por completo de la vida mundana o profesional. Aunque luego se le exigió ser alcalde de Burdeos y emprendió algunos viajes por Alemania e Italia, Montaigne pasó el resto de sus días practicando el otium: leyendo, escribiendo y charlando con amigos predilectos. Era un amante de la paz y católico (como Erasmo de Rotterdam), por lo que no participó en las guerras de religión que asolaron su país. El fruto de su ociosidad, en el sentido latino del término, son los Ensayos, que publicó en tres volúmenes y que superan las mil páginas.

La obra de Montaigne tiene como punto de partida el comentario y la cita, a la que agrega acotaciones originales que surgen en medio de la lectura, así como observaciones en torno a la vida común basadas en su experiencia. Los antecedentes clásicos de este modelo de escritura se hallan en Plutarco (uno de sus héroes) y en las Noches áticas de Aulo Gelio, obras de reflexión y glosa. Los textos de Montaigne cubren una diversidad de temas, siempre con el tono reflexivo de comentarios de lecturas o vivencias, en las que el saber clásico no es mera decoración, sino materia prima de las ideas que va engarzando, a veces sin un hilo del todo claro. Montaigne suele iniciar un capítulo partiendo de una idea precisa y concreta, que luego abandona para ingresar a narraciones ajenas, que expanden la idea, para luego finalizar en otra distinta. O bien se alarga en descripciones prolijas sobre sí mismo o acumula ejemplos de lecturas literarias o históricas. ¿Cuál es su objetivo entonces? No es ostentar su saber, sino agotar lo que sabe para obtener una gota siquiera de autoconocimiento, es decir una idea, por más ligera que sea, en torno a sí mismo:

El alma se pierde cuando no tiene un fin establecido, pues, como suele decirse, estar en todas partes no es encontrarse en ninguna […] Mi espíritu ocioso engendra tantas quimeras, tantos monstruos fantásticos, sin darse tregua ni reposo, ni orden ni concierto, que para poder contemplar a mi gusto la ineptitud y singularidad de los mismos, he comenzado a ponerlos por escrito, esperando con el tiempo que se avergüence al contemplar imaginaciones tales. (M. de Montaigne, De la ociosidad)

Este ejercicio crítico especulativo con sus lecturas y experiencias, plasmadas en tono de divagación queda reflejado en el título de Ensayos que dio a sus textos. En francés de la época la palabra essai significa “ejercicio”, “preludio”, “prueba”, tentativa” y essayer, “tantear”, “verificar”, “experimentar”, “emprender”. El nombre tuvo fortuna y ha venido a denominar un género de la crítica moderna. Sin embargo, la idea de un género basado en el comentario y la reflexión en lenguas romances ya rondaba en el ambiente. En España, considérense las Epístolas familiares de Fray Antonio de Guevara o la Silva de varia lección de Pedro Mejía, ambas obras de la primera mitad del XVI. Sin embargo, Montaigne tiene un aliento distinto, original, de gestar una voz propia, apoyado en las letras clásicas, que no poseen los textos españoles referidos. Montaigne emplea a los autores clásicos por la capacidad de estos de brindarle aforismos, ideas fuertes y llenas de sentido. Alguien como Pedro Mejía no desarrolla un yo que invada sus textos hasta ser el objetivo final de su obra, como en el caso de Montaigne, sujeto que se identifica con el rol de investigador u observador del espectáculo de la vida:

Nuestra vida, decía Pitágoras, se asemeja a la grande y populosa asamblea de los juegos olímpicos; unos ejercitan su cuerpo para alcanzar renombre en los juegos; otros en el comercio para lograr ganancia, y otros hay, ciertamente los más insignificantes, cuyos fines consisten solo en investigar la razón de las cosas y en ser pacíficos espectadores de la vida de los demás hombres para ordenar y juzgar la suya propia. (M. de Montaigne, De la educación de los hijos)

montaigne portadaEn sus Ensayos, Montaigne plantea divagaciones inteligentes sobre todo tipo de cuestiones que preocupan al alma humana. Su tono es familiar y didáctico. Prima el desorden y la ausencia de toda concatenación: algunas ideas se repiten, otras se reformulan, reducen o amplifican. Sin embargo, a partir de estos textos se puede extraer un perfil intelectual y humano de Montaigne: escéptico, pacifista, tolerante, independiente, curioso frente a las novedades (como la exploración del Nuevo Mundo), resignado frente a la idea de la muerte, temeroso ante el dolor, individualista, pero más que nada un practicante del sentido común… allí reside quizás su “modernidad”: nos habla desde un yo tan preocupado por los problemas cotidianos que de serlo tanto son eternos. Si Montaigne hubiera vivido en el siglo XVIII su espacio favorito hubiera sido el salón y hubiese escrito unas memorias pormenorizadas a la manera de tantos ilustrados; si hubiese nacido en el XIX, hubiese sido un intelectual de café, un periodista que compusiera columnas y editoriales sobre el acontecer mundial. No tengo idea de qué hubiera podido hacer en estos primeros años del XXI: los 150 caracteres de twitter no dan mayor espacio a la divagación, el saber clásico (que era la llave de acceso a su mundo personal) ya no lo respeta nadie… Con todo, Montaigne hubiera seguido escribiendo, porque, como le gustaba decir: “Yo no soy melancólico, sino soñador” (Que filosofar es prepararse a morir).

Todas las citas de Montaigne aquí utilizadas provienen de los Ensayos selectos (Buenos Aires: El Ateneo, 1948), en traducción al español decimonónico, de Constantino Román y Salamero, la cual no es ciertamente perfecta, pero se deja leer de corrido y con el paso del tiempo ha adquirido cierto sabor de clásico. Recomendaría poseer un ejemplar de bolsillo como este como compañero de viajes y desvelos. Recuérdese que, en última instancia, “toda la sabiduría y razonamientos del mundo se concentran en un punto: el de enseñarnos a no tener miedo a morir” (Que filosofar es prepararse a morir).

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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