“Las mil cuestiones del día. Trece historias de anarquistas” de Hugo Fontana

las mil cuestionesEl año pasado Hugo Fontana publicó el volumen Las mil cuestiones del día. Trece historias de anarquistas. Se trata de una antología de trece figuras del anarquismo, entre América y Europa, que estuvieron activos entre fines del XIX y mediados del XX. El origen de este libro, según lo explica el mismo Fontana, se encuentra en una novela fallida, para la cual acumuló una cantidad ingente de materiales, información y borradores. Derrotado, quiso reciclar todo lo trabajado en la elaboración de una especie de breve enciclopedia del anarquismo mundial, con bibliografía esencial, una útil cronología y otros materiales en el apéndice de cada una de las trece historias compiladas.

La lectura de Las mil cuestiones del día resulta cautivante. Sin duda la distancia de los hechos narrados (de los cuales nos separa casi una centuria), así como el retrato vital de los personajes (con documentos y testimonios diversos incluidos por el autor), llevan a comprenderlos mejor y hasta a simpatizar con su causa. Hay mucho de idealismo en las trayectorias de estos hombres y mujeres que vivieron como revolucionarios profesionales, sin tiempo de descansar o teorizar demasiado en torno a sus actos: cuando no están organizando reuniones y urdiendo planes de acción, están en la cárcel o escapando de ella. El anarquismo corre parejas con el comunismo y en algunos momentos de la historia se produce una colaboración entre ambos movimientos; con la posterior represión comunista una vez alcanzada su victoria.

Porque la historia del anarquismo es una historia de fracaso y quizás eso es lo que atenúa las acciones terroristas que llevó a cabo. A diferencia del comunismo, el anarquismo nunca logró tomar el poder ni ejercer una maquinaria represiva o genocida como la que se montó en la Unión Soviética y sus satélites, o en la China de Mao. Ciertamente, nos diría un anarquista, el objetivo del anarquismo nunca fue controlar el estado: El mejor gobierno es el que no gobierna, señalaba el primer teórico anarquista, William Goldwin (1756-1836). Por eso hay que destruir para crear, diría Mijaíl Bakunin, príncipe ruso que se despoja de toda riqueza para luchar por los oprimidos. Otro anarquista ruso, Piotr Kropotkin (1842-1921), acaba sus días en una Rusia soviética denunciando en qué se ha convertido la dictadura del proletariado en carta a Lenin: es necesario acelerar la transición a condiciones más normales de vida. Nosotros no continuaremos de esta manera por mucho tiempo; vamos hacia una catástrofe sangrienta. El choque entre comunistas y anarquistas se prolonga en otros contextos, como el de España durante la guerra civil. Mientras las grandes decisiones siguen el consejo de Moscú, el anarquista Buenaventura Durruti se siente frustrado cuando se ordena militarizar las brigadas o un mando socialista se niega a entregar armas a los anarquistas.

Quizás por ausencia de aquel hambre de poder, por un lado, y por la consolidación del comunismo tras la segunda guerra mundial, por el otro, el anarquismo acabó siendo una gesta condenada al olvido, a la evocación romántica o a la mera arqueología. Se le identifica con la dinamita y su expresión clásica es la del terrorismo urbano. El anarquista típico es el dinamitero, el que atenta contra el rey o el presidente, amparado en la idea de que el hombre en libertad se puede gobiernan bien él solo. El ejemplo se encontraba en la experiencia de la Comuna de París, entre marzo y mayo de 1871, cuando se plasmó la autogestión, o en la soñada colectivización de la tierra que se lleva a cabo, entre 1936 y 1937, en una España dividida. Esta quizás es la gran lección, pacífica y armoniosa, que logró dejar el anarquismo como ideal político, al margen de persecuciones, robos y bombas. Ese era el sueño de una Louise Michel en Francia, de un Rafael Barrett en el Cono Sur, de Errico Malatesta en la Italia fascista o de una peregrina Emma Goldman (que llega a conocer a Durruti en plena guerra civil española). Las trece vidas que nos relata, con maestría y pasión, Hugo Fontana se entrecruzan, a lo largo de décadas y espacios geográficos muy distantes, y hasta implican a menudo a personajes secundarios que persiguen sus propias causas: he allí a José Martí, corresponsal de La Nación de Buenos Aires, testigo en Chicago de la condena a muerte de los anarquistas acusados, falsamente, de la bomba en medio de la huelga general del 1 de mayo de 1886.

Finalmente, lo conmovedor de su gesta revolucionaria queda en la firme convicción en la voluntad del hombre, al margen de toda ambición por dirigirlo como una masa. Cuando Néstor Majno, líder anarquista ucraniano, se encuentra con Lenin, pensando que la Unión Soviética podrá apoyar a su pequeño país contra la invasión austríaca, este le explica la ingenuidad de su proyecto político: Nosotros conocemos a los anarquistas tanto como los conoce usted mismo. La mayoría de ellos no piensa nada sobre el presente o piensa bien poco, a pesar de la gravedad. Y para un revolucionario es vergonzoso no tomar resoluciones sobre el presente. La mayoría de los anarquistas piensa y escribe sobre el porvenir, sin entender el presente. Esto es lo que nos separa a nosotros, los comunistas, de los anarquistas. Tiempo después de esta reunión, Moscú traicionará a Majno, pondrá precio a su cabeza y el Ejército Rojo acabará con toda esperanza de una Ucrania autónoma. Majno acabará sus días exiliado en Francia, donde morirá de tuberculosis, en 1934. En vísperas de su muerte, Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso, anarquistas españoles condenados al fracaso, llegan a entrevistarse con él. Espero que, llegado el momento, ustedes lo hagan mejor que nosotros, les dice el viejo guerrillero. Y esos muchachos cumplieron lo que creían era su deber.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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Una respuesta a “Las mil cuestiones del día. Trece historias de anarquistas” de Hugo Fontana

  1. misterbang dijo:

    Falta esclarecer a{un muchas cosas sobre el anarquismo

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