“El manuscrito de nieve” de Luis García Jambrina

9788420406602En 2010, Luis García Jambrina publicó El manuscrito de nieve, segunda entrega de las aventuras detectivescas del joven bachiller Fernando de Rojas, cuando aún no era el autor de La Celestina, en la Salamanca de inicios del siglo XVI. El manuscrito de nieve expande el universo del protagonista, poniéndolo en contacto con otros asuntos tan candentes en su época como el de la intolerancia religiosa, el cual era el eje de la primera entrega, El manuscrito de piedra. Si en este último libro el enemigo se hallaba entre las sombras del alto clero y la inquisición, además de involucrar al propio príncipe, el malogrado don Juan, y su círculo de protegidos; en El manuscrito de nieve se aborda el conflicto de los dos bandos, el de San Tomé y el San Benito, que marcaron la vida política y social de Salamanca a finales del XV.

Como en El manuscrito de piedra, Fernando de Rojas vuelve a ser el detective acucioso, intelectual, guiado por principios nobles, pese a que su trabajo esté siempre en la sombra y tenga que hacerlo por encargo. En ambas entregas de sus aventuras, el estigma de ser converso hace que tenga que acceder al pedido de las autoridades eclesiásticas, que reconocen su talento pero que a la vez no dudan en asignarle el “trabajo sucio” o al margen de lo oficial, solo porque saben que él debe estarles agradecido. Su condición conversa es la que hace de Rojas un sujeto sensible ante las desgracias ajenas, a ser comprensivo y buscar la justicia para los desfavorecidos, a no dejarse llevar por la ceguera de la ortodoxia o a conclusiones que se alcanzan sin el necesario raciocinio.

Igualmente, El manuscrito de nieve nos devuelve una prosa eficaz, con un manejo solvente del diálogo, que recuerda la agilidad de La Celestina y otras obras dialogadas posteriores (a las que parece homenajear). Como en toda novela policial bien llevada, el misterio se despliega gradualmente hasta el punto en el que Rojas ya no sabe en quién puede confiar y pone en riesgo su propia vida. Solo apuntaré, en torno a la trama, que el tono folletinesco puede resultar pesado para el lector no habituado. Quien haya leído El manuscrito de piedra encontrará el esquema del desenlace algo repetitivo: el detective es golpeado, pierde el conocimiento, despierta amarrado en una mazmorra, encara al culpable, este le cuenta pormenorizadamente cómo y por qué urdió sus crímenes, mientras el protagonista intenta ganar tiempo a que pueda liberarse o a que llegue –justo en el momento indicado- el amigo fiel a rescatarlo. Se trata, en realidad, en las licencias del folletín, de lo que Borges llamaría el placer de repetir.

¿Cuál es el mérito entonces de la obra folletinesca? No reside tanto en la elaboración de nuevos recursos como en su empleo de la mano de personajes nuevos o que resulten reelaborados para mantener el interés. En el caso de El manuscrito de nieve la invención que permite seguir el texto con agrado (además del desvelamiento del misterio, bien llevado por el narrador) es el personaje del circunstancial criado de Rojas, un muchacho, hijo de una sirvienta del mesón de la Solana, al que llaman Lázaro de Tormes. Como en otras recreaciones de la ficción más contemporánea (como la de “En tiempo de pícaros” del Ministerio del tiempo), la imagen del pícaro primigenio resulta dulcificada, volviéndolo un muchacho despierto, ingenioso, sufrido, pero que no genera mayores conflictos morales en quien le conoce y escucha su historia, como Fernando de Rojas, en este caso. El manuscrito de nieve nos brinda, de paso, una explicación, eminentemente literaria, del anonimato del Lazarillo de Tormes y de su proceso de gestación. El episodio no es gratuito: resulta casi un lugar común de la cultura española buscar al verdadero autor del Lazarillo, como si en verdad necesitara urgentemente de uno. El asunto se ha vuelto en los últimos años casi un ‘punto de honra’ entre ciertos entendidos y resulta medio de reivindicaciones de toda laya. Felizmente, El manuscrito de nieve no cae empantanado en su sencilla propuesta, tan amena como ingeniosa, y la vuelve materia ficcional que constituye un golpe de efecto más, junto al de la composición misma de La Celestina. Tal como ocurría en la primera entrega, esta novela de García Jambrina homenajea, al amparo de una sólida investigación y un honesto afán de entretenimiento, a la ciudad de Salamanca como materia de la literatura y el folclor, así como a la “literatura universitaria” que creció a su alrededor en el Siglo de Oro: el ambiente picaresco de estudiantes, capigorrones, prostitutas, criados, magia, burlas y humanismo encuentra en las dos novelas de Luis García Jambrina un campo fértil que ha sido cultivado con sumo esmero y da frutos tan provechosos como jugosos.

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