La reconciliación en “El tiempo entre costuras”

Antena-estrena-costuras-Adriana-Ugarte_TINIMA20131018_0248_18La serie El tiempo entre costuras vio la luz en 2013, cuatro años después de la publicación de la novela homónima de Clara Dueñas. Sira Quiroga es una muchacha de origen humilde, aprendiz en un taller de alta costura, a la que una historia personal, sus consecuencias y más tarde la Guerra Civil, convertirán en una espía que trabaja para los británicos en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué historia personal es aquella a la que me refiero? En toda narrativa hay un hecho (algo que nos ocurre, un accidente, conocer una persona, la muerte de un familiar, etc.) que condiciona nuestro futuro y que por ende es decisivo para nuestro desarrollo: quiénes somos, a dónde llegamos, qué queremos en la vida o a qué podemos realmente aspirar.

Tres ejemplos ilustrativos. En el Ernesto de Los ríos profundos esto es la convivencia con los sirvientes indígenas, en la cocina de la hacienda de su madrastra; en Miguel de Cervantes se trató, más que seguro, de la experiencia del cautiverio, la cual marca su vida y su obra posterior (casi todo lo valioso que escribió tiene algo que ver con ello); en Jorge Luis Borges fue decisiva la biblioteca de su padre y el tiempo que pasó allí (hasta el punto de decir que, al menos en espíritu, nunca había salido de ella). Llamemos a esa experiencia el punto de quiebre. Dos muestras adicionales del fenómeno: Frida Kahlo se convierte en Frida Kahlo cuando conoce, a los dieciséis años, a Diego Rivera; César Vallejo tiene que pasar por la cárcel para escribir Trilce y todo lo que le sigue (ya tenía entonces clara la tonada, que nunca le falló, dicha tonada es la tonada de la experiencia carcelaria).

En El tiempo entre costuras, la experiencia fatal (porque se identifica con el fatum, el destino) es el encuentro de la protagonista con Ramiro, el galán, el irresistible estafador que la seduce y provoca la ruptura de Sira con todo su mundo, hasta su desplazamiento a Marruecos, donde la abandonará, burlada y en la ruina. Hasta conocer a Ramiro, Sira había llevado una vida corriente, lineal, donde todo se hilvanaba armoniosamente: había conocido a un buen hombre, Ignacio, un sujeto tan sano y humilde como ella. Ignacio, en su medianía, aspiraba a algo sencillo y completo en sí mismo: una plaza de funcionario, el puerto seguro, la estabilidad económica que debía ser el aurea mediocritas, la culminación de sus esfuerzos. Compartía esa meta con Sira, quien pensaba que ese era su mismo porvenir: estudiar para secretaria y sacarse la oposición, como acababa de hacerlo Ignacio, quien para entonces ya era su prometido. Todo pintaba bien, con orden y limpieza.

Entonces aparece Ramiro, como un rayo, una mirada cautivante y una personalidad que desborda a Sira y remece los cimientos de su relación, de su vida hasta ahora. Y la presencia de Ramiro, sus palabras y su atractivo son como el canto de sirena que ella sigue, ciega y totalmente devota. Así llegan al norte de África y se produce el abandono. Solo en ese punto empieza la vida de Sira Quiroga realmente, una vida de aventuras, peligros, suspiros, verdades a medias y renuncia. La renuncia, entiéndase, a una vida convencional, como aquella que había esbozado a través de su relación con Ignacio.

Esa vida de viajes, salones e infidencias, lleva a Sira de regreso a Madrid, donde se produjo el punto de quiebre con Ramiro. El mundo que ella conoció ha cambiado. Y aparece Ignacio, otra vez, pero él también es otro: él es el que se quedó y tuvo que hacer de tripas corazón, cargar con el dolor de haber sido abandonado por su prometida. Para Ignacio no hubo ni siquiera ilusión, como si la tuvo ella cuando escapó con Ramiro pensando que llevaría una mejor vida. Ignacio se quedó, como un náufrago, atascado, sometido a las inclemencias. Ahora lleva un bigote casi fascista, el cabello rígido por la gomina, sus ojos se ven tan profundos que parecen enfermos, siempre serio, tieso y fumando mucho, todo el tiempo, como quien intenta aislarse del mundo a través del humo que despide su cigarrillo. Sira ahora es una dama, bella y elegante, su vestido no deja lucir imperfección alguna. Y están los dos, frente a frente: él, escéptico, frío, apático, un “hombre de familia”, casado y con hijos, con una vida anodina, estable, pero insípida; ella, radiante, sí, pero llena de secretos, sujeta a una rutina en la que debe fingir permanentemente y eliminar todo resquicio de vida privada (porque su oficio consiste en ser otra persona, todo el tiempo).

Y están en el café, para una charla que no puede aplazarse más. Sira le dice a Ignacio que lo siente, que no debió tratarlo así, que él era mucho más hombre que Ramiro, que ella era ingenua, ilusa, y ha pagado con creces lo que le hizo. ¿Qué consuelo es ese para alguien, como Ignacio, que la amó como se ama al primer amor? Alguien que tuvo que seguir, levantarse y volver a amar, tarde o temprano, pero siempre con la espina, la sospecha, la inseguridad que lo embargaría. ¿Debo creer esta vez? Y a la larga lo haces, sí, amas, de vuelta, pero tu amor está revestido de desengaño, o sea esa sensación de que no podemos amar como lo hicimos antes, porque el corazón se ha endurecido y se ha vuelto impenetrable. Ese desengaño es el que le hace reconocer a Ignacio que su esposa es buena, lo ama y lo apoya, pero que no puede sentir por ella lo que sintió por Sira. Imposible.

Y ella tampoco logró lo que ansiaba escapando con Ramiro. También ha tenido que abrazar el desengaño, pero no lo transmite porque su trabajo es fingir normalidad. Ella no puede reflejar ese corazón cansado que sí puede lucir Ignacio. Sira, la burlada, la ilusa, la que lo dio todo por amor a quien no debía, pero porque la apasionaba, la movía, la agitaba. Quién no ha sentido esa emoción, ese calorcillo de la pasión absoluta, la entrega, a ciegas, que te recorre las venas. No sentía eso con Ignacio, porque eso no era lo que él representaba ni podía ofrecer. ¿Qué reconciliación puede ser esta, entonces? ¿La de dos individuos derrotados? Solo una que ofrece una vaga sensación de cerrar una puerta, la de una habitación llena de polvo, que es el pasado, o deshacerse de un lastre, pero sin remedio efectivo. Porque no hay vuelta atrás: ¿quién devuelve la esperanza, la emoción, las intensas ganas de amar?

En la antigüedad, las historias transcendentales tendían a la tragedia: la caída de un sujeto virtuoso por un solo error, un desatino que lo vuelve ciego, su exceso de confianza o hybris. Esas historias acababan con la destrucción del protagonista. En nuestros tiempos, la tragedia se ha trocado en drama: los dramas, individuales, de Sira e Ignacio, quienes deben lidiar con las consecuencias de su caída. Lo que era el desenlace de la tragedia clásica se ha vuelto, en las historias contemporáneas, el inicio de la trama. Una situación dramática: ¿cómo vivir después de haber sufrido un desengaño amoroso tan profundo?

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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