Regreso a “Los ríos profundos”

los-rios-profundos-jose-maria-arguedasLos ríos profundos (1958) de José María Arguedas es un clásico de la novela peruana y, probablemente, el mejor libro que produjo el indigenismo después de El mundo es ancho y ajeno (1941) de Ciro Alegría. Su principal mérito en relación con la escuela literaria indigenista es el hecho de que supera su poética socialmente comprometida: es posible leer Los ríos profundos al margen de cualquier interés en el tema indígena y leerla con igual o mayor placer. A favor de una lectura al margen del indigenismo se encuentra su género, ya que Los ríos profundos es una bildungsroman o novela de aprendizaje, en la esfera de Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil o El guardián en el centeno de Joseph Salinger. Leer las tribulaciones de un adolescente Ernesto, con sus experiencias de violencia, injusticia y búsqueda de redención en un mundo asfixiante resulta conmovedor y hace que el mundo andino que representa quede impregnado de esa inocencia y magnetismo de las cosas que se experimentan por primera vez.

Porque si algo logró Arguedas fue representar los Andes como nadie lo había hecho antes. Los narradores clásicos del indigenismo se impusieron hacer un retrato social del indio, con énfasis en su sufrimiento y sus creencias, que resultaban tan exóticas al lector ideal de sus obras. A través de la pluma de Arguedas, el exotismo se vuelve misticismo, una realidad trascendente que apenas podemos vislumbrar como testigos, de la mano del narrador, quien nos invita a percibir el mundo a su manera: los ríos profundos, tan fieros y sonoros, producen música cuando golpean contra las piedras; la campana María Angola desde la catedral del Cuzco puede ser escuchada a lo largo de los Andes y puede “activar” o despertar todos los pueblos que Ernesto conoce; el zumbayllu o trompo infantil, que también está cargado de música, puede transmitir un mensaje que cruce valles, quebradas y ríos, y que llegue a su padre ausente.

La fuerza del estilo de Arguedas hace que la ficción nos agite, nos haga compartir la emoción de su narrador protagonista, tantas décadas después de haberse compuesto y siéndonos tan remotos los lugares que recrea. La realidad es otra a través de los ojos de Ernesto: el Pachachaca es, efectivamente, el puente sobre (todo) el mundo, las chicherías siguen llenas de vida y alegría, doña Felipa va a volver (como el inca) de la selva para traer la justicia y la paz que todos los explotados merecen. Por último, don Felipe Maywa y don Víctor Pusa, los líderes de la comunidad, estarán siempre allí, llenos de sabiduría y dispuestos a amparar y guiar a un niño huérfano para que pueda ver y apreciar el mundo como una entidad viva. Ellos son los “que me criaron, que hicieron mi corazón semejante al suyo” (cap. V). Especialmente, don Felipe fue la figura paterna más auténtica que tuvo Arguedas, por encima de su propio padre (quien viajaba mucho y a quien admiraba de lejos), hasta el punto de homenajearlo en uno de los diarios de El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971), al evocar el reencuentro cuando él ya es un antropólogo y su viejo amigo sigue allí, con los suyos:

[…] Ya profesional, volví a encontrar a don Felipe Maywa, en San Juan de Lucanas y ¡de repente! me sentí igual a ese gran indio al que había mirado en la infancia como a un sabio, como a una montaña condescendiente. ¡Igual a él! Y mientras los otros poblanos me doctoreaban, estropeándome hasta la luz del pueblo, él, don Felipe, me permitió que lo tomara del brazo. Y sentí su olor de indio, ese hálito amado de la bayeta sucia de sudor. Y abracé a don Felipe de igual a igual. Don Felipe tiene pequeña estatura –aún vive-. Yo, que soy mediano, le llevo bastante en tamaño. Pero nos miramos de hombre a hombre. Y no era mayor mi asombro justificado, bien contenido y por eso mismo tenso. Nos miramos abrazados, ante el otro tipo de asombro de los poblanos, indios y wiraqochas vecinos notables que estaban respetándome, desconociéndome. ¡Si yo era el mismo, el mismo pequeño que quiso morir en un maizal del otro lado del río Huallpamayo, porque don Pablo me arrojó a la cara el plato de comida que me había servido la Facundacha! (Primer diario)

En efecto, Arguedas era ese mismo niño. Su estrecha identificación con la figura de Ernesto, su alter ego, hace pensar que nunca dejó de ser el muchacho asustado y sensible que buscaba incesantemente una armonía perdida, como quien busca la pieza que intuye que le falta, pero nadie nunca le enseñó. De allí que el desenlace de Los ríos profundos nos proponga la encrucijada, semejante a la de la Y pitagórica: el camino ancho es el del tío, don Manuel Jesús, el Viejo, el orden social, injusto y materialista; el camino angosto es el de la convicción, la fe en lo que sueña y no puede tocar, lo incierto, el abrazo de un mundo marginal, ajeno, al que solo se puede penetrar mediante la antropología.

Con toda su belleza, y como amalgama de literatura y experiencias vitales clave, Los ríos profundos no es una novela perfecta según los cánones más rígidos de la “nueva narrativa” que se estaba gestando por los años en que fue publicada. Si bien se evidencia una consciencia narrativa capítulo a capítulo (con imágenes que operan como isotopías), su estructura no es del todo simétrica: los dos últimos capítulos son muy largos y, en ese aspecto, sumamente desproporcionados respecto del resto. Los ríos profundos es válida página a página, pero eso no quita que el resultado sea complejo de aprehender. Se trata de una novela episódica que al final da un giro dramático, con la peste, que desemboca en un final apocalíptico: el mundo va a ser renovado, las muertes de inocentes habrán tenido un sentido y la enfermedad se irá, arrastrada por la fuerza de los ríos andinos, que limpian y vivifican el alma de los que sufren.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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