“Prosas apátridas” de Julio Ramón Ribeyro

29275451-8720-4095-8787-68aa6c112c31En alguna página de su diario personal La tentación del fracaso, Julio Ramón Ribeyro hizo una lista de las incomprensiones que habían rodeado a su obra. Con Prosas apátridas, resaltaba dos: el que, en un inicio, el título hubiera sido malentendido (vinculándolo a un tipo de desarraigo vital, como si él sintiera que no tenía patria) y el grave error de impresión de la portada de la versión peruana definitiva de las Prosas apátridas aumentadas (cuya cubierta es llamativamente naranja con el rostro del autor en plata). La versión original de Prosas apátridas vio la luz en Barcelona, en 1975. Tres años más tarde apareció con el agregado de las aumentadas, en Lima, con las tapas naranjas que tanto dolían a Ribeyro. Se trata de textos sueltos, párrafos que constituyen ideas y reflexiones a partir de imágenes cotidianas o apuntes de lecturas. En francés le suelen llamar a esto carnet o libreta de escritor.

Quien conozca la narrativa de Ribeyro encontrará en los textos de Prosas apátridas ciertos conceptos familiares. Queda claro que algunos párrafos o ideas que Ribeyro esbozó aquí luego se volcaron a sus relatos y esa función debió ser la que les dio partida de nacimiento. Sin embargo, en entrevistas al final de su vida, Ribeyro dejó testimonio de su vocación por este tipo de escritura, al margen de la ficción que lo había identificado esencialmente como un cuentista en sus primeros años. Dicha vocación había nacido, como todo, por el afán de imitación frente al género de los diarios de escritor, a cuya lectura se había dedicado por décadas. Pero como Ribeyro, felizmente, era sutil y ajeno a estridencias, sintonizó más con el lado reflexivo del diario y menos con su lado confesional. Quien lea La tentación del fracaso a la caza de chismografía, de datos íntimos menudos, se decepcionará. Muchas entradas de La tentación del fracaso bien podrían haberse introducido en las Prosas apátridas y a ratos se encuentran textos tan afines entre ambos libros que parecen solaparse.

El último Ribeyro llevó su vocación por el carnet a la faceta más lúdica a través de Dichos de Luder. De nuevo, nos encontramos en terreno familiar, ya que varios de los dichos del personaje provienen de la misma savia de La tentación del fracaso y Prosas apátridas: lo que R. Tagore denominaba “el botín de los años inútiles”, frase que abre, cual pórtico, la última obra mencionada. Los “años inútiles” son los de la vida con todos sus avatares cotidianos, sus glorias y sus miserias; también son los años del otium, si identificamos la lectura y otras experiencias artísticas como opuestas a lo práctico o “útil” que implica una vida dedicada al trabajo duro o negotium.

Los textos de Prosas apátridas son como pedernales que, al contacto con el lector, debieran producir chispas luminosas. Constituyen, junto a La tentación del fracaso, toda una vena de Ribeyro que lo caracterizarían como escritor para escritores, cual Roberto Bolaño, Mario Levrero o el propio Jules Renard, con cuyos Diarios estos textos comparten tanto. Considérese simplemente esta entrada, bajo el número 4:

Teoría del “error inicial”: en toda vida hay un error preliminar, aparentemente banal, como un acto de negligencia, un falso razonamiento, la contracción de un tic o de un vicio, que engendra a su vez otros errores. Carácter acumulativo de estos. Al respecto: imagen del tren que, por un error del guarda-agujas, toma la vía equivocada. Más justo sería decir por un descuido del conductor de la locomotora. Más justo todavía imputarle el error al pasajero, que se equivoca de vagón. Lo cierto es que al pasajero se le terminan las provisiones, nadie lo espera en el andén, es expulsado del tren, no llega a su destino.

En su brevedad, el párrafo puede explicar toda la trama de un cuento o una novela. Como experto narrador, Ribeyro capta la esencia de una historia, apelando a una imagen tan clásica como la del tren, exprimiéndola y ampliándola al máximo (tren, vía, guardagujas, conductor de locomotora, pasajero, vagón, andén…). Para quienes lean este blog semanalmente, resultará similar esta reflexión ribeyriana a la que yo mismo elaboré hace un tiempo a propósito de El tiempo entre costuras. Me refiero a aquello de: “En toda narrativa hay un hecho […] que condiciona nuestro futuro y por ende es decisivo para nuestro desarrollo: quiénes somos, a dónde llegamos, qué queremos en la vida o a qué podemos realmente aspirar”. Oro de Indias se escribe semana a semana, sucesivamente, por lo cual no tenía el texto de Ribeyro a la mano cuando planteaba aquella idea. Quizás la diferencia más grande es que, en el texto de Prosas se define como “error” aquello que yo consideraba, de forma menos severa, “hecho”. Dicho “error” que apunta Ribeyro revela aquella atmósfera de decepción en todas las tramas del eximio narrador de La palabra del mudo. Los textos de Prosas apátridas son la serena meditación del escéptico que fue el escritor miraflorino, un idóneo compañero de viaje de Michel de Montaigne.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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