Amar solo por vencer: la “picaresca” de María de Zayas

acta-poetica-37-1-portadaEste trabajo aborda el análisis de la novela Amar solo por vencer de María de Zayas (incluida en sus Desengaños amorosos, 1647) a partir del motivo narrativo del matrimonio desigual: el de un pícaro disfrazado de caballero que seduce a una dama para gozarla bajo la promesa de matrimonio. Zayas como novelista recrea un episodio típicamente picaresco y lo pone al servicio de un discurso protofeminista en el que se dramatiza el rol de la dama víctima de la venganza familiar.

Tenemos dos tipos de matrimonio desigual. El primero es el del cuento de hadas y (aún) de varias telenovelas: joven rico y noble que se casa con una joven humilde. Una historia de Don Quijote de la Mancha exalta esta posibilidad: la de una muchacha hija de labradores ricos (digamos Dorotea) que puede aspirar a un noble, segundón, si no de título (don Fernando): aunque este al inicio solo pretendía gozarla y olvidar su promesa, ella lo persigue, lo encuentra, se pone a sus pies y le implora, llorando, que cumpla su palabra, que ese matrimonio no va a deshonrarlo, porque la nobleza se transmite por vía masculina. Este primer tipo de matrimonio desigual no es del que me interesa hablar aquí, porque acaba bien. Me enfocaré en el segundo tipo, el que acarrea el conflicto: joven noble y rica con galán pobre y plebeyo. ¿Quién más inapropiado como galán casadero, por indigno, que un pícaro? El matrimonio en la novela picaresca siempre anuncia lo peor: una progenie marcada por la infamia y la “mala sangre”, cuando no la ocupación de “marido cornudo”. Recuérdese que los pícaros iniciales solían ser malos seductores o casarse mal. Pasamos de un cornudo como Lázaro a un ingenuo galán, improvisado y accidental, solo episódico, en el Guzmán de Alfarache (cuyo protagonista también termina como proxeneta de su mujer).

Solo a partir del Buscón, el episodio del pícaro que sueña con un buen partido se vuelve un lugar común de este género en adelante. El matrimonio desigual desde entonces se vuelve un asunto picaresco más. El bachiller Trapaza de Alonso de Castillo Solórzano no tiene mejor fortuna que Pablos, pero ya es un pícaro tan guapo como cualquier caballero convencional, que nunca logra su cometido de matrimonio con dama, pero campea por la corte con ese objetivo y hasta logra infiltrarse en ambientes refinados. ¿Cómo es posible este cambio? Debemos considerar el impacto de la novela corta y su estética de refinamiento y galantería. El pícaro guapo y educado, tan perfecto que hasta puede razonablemente pasar por noble, es una marca registrada de Castillo Solórzano; gran diferencia frente a los pícaros canónicos (Lázaro, Guzmán y Pablos), quienes se caracterizaban, más bien, por una fealdad y ridiculez que los descartaba de antemano (de allí que sus lances no solo fracasen sino que sean risibles). Fue precisamente Castillo Solórzano el cultor más prolífico de esta picaresca con ribetes cortesanos que se desarrolla a partir de 1620, de la mano de obras de autores menos conocidos, pero que van marcando una tendencia. Citaré solo dos de ellos que pueden haber desbrozado el camino tanto para Castillo Solórzano como para Zayas en sus retratos de pícaros galanes que pueden suponer, realmente, un peligro para chicas en edad de merecer.(…)

Ahora bien, nótese que este tipo de matrimonio desigual, donde la mujer es noble (o tan rica que aspira legítimamente a la nobleza) y el varón es plebeyo era exclusivo, en la narrativa, de una trama picaresca, si por “picaresca” entendemos una temática (Rey 81) más que una poética. En los casos evocados aquí, contamos con una narración donde impera el tono moralizante, con una censura final que intenta resaltar los peligros de no vigilar a las muchachas en edad de merecer frente a los pícaros que desean aprovecharse de ellas. Tal es el caso de la “novela y escarmiento catorce” de la Guía y avisos de forasteros (una lección moralista que recogerá la novela de Zayas). En El pícaro amante, igualmente, la mirada crítica está puesta hacia la familia de la muchacha, que es culpable de la infamia en la que acaba; aunque esta se vea contrarrestada por un supuesto amor que sostiene el enlace, para mayor escándalo de los lectores.

Estos son los precedentes narrativos de la anécdota central de Amar solo por vencer. La novela relata el proceso de seducción del pícaro Esteban, quien, fascinado por la adolescente Laurela, se traviste para trabajar como criada suya bajo el nombre de Estefanía. Durante un tiempo, Esteban/Estefanía logra ganarse la confianza de Laurela, hasta revelarle su identidad masculina y declararle su amor, haciéndole creer que es caballero. Laurela escapa con Esteban, este se aprovecha de ella y la abandona, no sin antes contarle que es un donnadie, un pícaro. La familia de la joven burlada la rescata, la encierra y finalmente la castiga tirándole una pared encima, para así limpiar la deshonra.

Lisa Vollendorf detecta acertadamente que la novela posee dos partes bien diferenciadas: en la primera, se cuenta la burla de Esteban, la cual incluye el disfraz femenino, la seducción, la fuga de la pareja, la deshonra y el posterior abandono de Laurela; en la segunda, la reacción de la familia frente a la dama deshonrada y su cruel castigo (183). Podríamos decir que la primera parte de la novela es picaresca, porque se alimenta de sus motivos y estilo. Si Amar solo por vencer acabara con la desaparición del pícaro Esteban, no quedaría duda de que es una novela corta de tema picaresco y así hubiera sido catalogada, tal como la “novela y escarmiento catorce” o El pícaro amante. La segunda parte, la venganza llevada a cabo por la familia de la víctima contra esta última, es la que, al cerrar la historia, la dota de su carácter eminentemente “zayesco”.

El artículo completo, junto a otros trabajos más diversos e interesantes, acaba de salir publicado en Acta Poética 37.1(2016): 79-98.

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