“Vidas imaginarias” de Marcel Schwob

vidas imaginarasEn “Kafka y sus precursores”, Jorge Luis Borges dio la pauta para entender el acto de leer como un producto del canon. Leemos, decía, un texto como “Bartleby, el escribiente” de Herman Melville y es inevitable sentir que nos hallamos ante un precursor de las atmósferas absurdas de Franz Kafka. Marcel Schwob (1867- 1905) es otro ejemplo ilustrativo de este fenómeno: al menos en el mundo hispánico, es más que seguro llegar a un libro como Vidas imaginarias después de haber leído Historia universal de la infamia o estar empapados de su estilo, de forma que Schwob nos resulta inevitablemente borgiano. Lo cierto es que la influencia del francés en Borges es recusada, directa y evidente. Sin embargo, nosotros los lectores parecemos siempre llegar tarde a las grandes revelaciones de la literatura: todo está escrito y lo que nos resulta nuevo no es más que un espejismo producto de nuestra ignorancia.

Marcel Schwob publicó Vidas imaginarias en 1896, a los veintinueve años. Más de un centenar de años después, el libro mantiene su modernidad y, sobre todo, la espléndida prosa (sí, de aire borgiano) que se trasluce en la traducción de José Elías para la efímera y sorprendente Barral Editores (la misma de los Nueve novísimos y Poetas ingleses metafísicos). Tras un prólogo que opera como arte poética del género practicado (digamos, la biografía falsa o superchería biográfica), se ofrecen veintidós biografías breves. El punto de partida de Schwob es la necesidad de reconsiderar al ser humano como sujeto narrable al margen de su fama o prestigio: las vidas de los grandes hombres tienden a verlos como indómitos, perfectos, sin mayores perfiles o menudencias que recuperen su fragilidad de seres efímeros. Para Schwob, no debería haber distancia real entre el héroe y el marginal, pues todos son humanos, con sus vicios, manías y obsesiones. Vistos desde esa perspectiva, el criminal, el pirata o el poeta mediocre poseen vidas tan subyugantes y llenas de contradicciones e intrigas como el personaje (artista, genio, prohombre) propio de la enciclopedia. Estamos a un paso, otra vez, de aquellos personajes de la Historia universal de la infamia: el impostor, el ladrón, el asesino, etc., tan humanos y dignos de ser recordados como los más famosos que pueblan la memoria ilustrada. Es un gesto romántico, claro, que se propone como reacción al positivismo en boga en la época de Schwob.

Las biografías de las Vidas imaginarias se disponen en orden cronológico. Se abren magníficamente con Empédocles, aquel “supuesto dios” que predica el amor de raíz platónica, probable charlatán que desaparece repentinamente tras dejar una masa de seguidores. Le sigue el infame Eróstrato, quien incendió el templo de Diana. Destacan los marginales, que hacen de su vida una búsqueda irrisoria o de plano fracasada. Entre ellos, destacan: Crates, el Cínico; Cecco Angiolieri, el “poeta resentido”, mediocre rival de Dante; o Paolo Uccello, un pintamonas sin el menor talento. Otros son los que abrazan vidas réprobas, llevados por sus instintos más básicos, como Frate Dolcino, hereje del Medievo; William Phips, el “pescador de tesoros”, o Walter Kennedy, el pirata analfabeto. Por último, encontramos un grupo de infames ridículos por una vocación que podemos identificar, románticamente, con lo quijotesco: Petronio, el autor de El Satiricón, que abandona su vida muelle de ciudadano romano para practicar los vicios que había narrado en su libro; o el mayor Stede Bonnet, “pirata por vocación”, quien se propone ser ladrón de altamar atraído por la leyenda de sus personajes admirados.

Las Vidas imaginarias de Marcel Schwob no solo son entretenidas y muestras de buena prosa, por encima de ello resalta su papel formativo: su autor inventó un género que cuenta con Borges como uno de sus mejores practicantes, junto a Roberto Bolaño (si se considera La literatura nazi en América). En su brevedad y humildes objetivos, este libro legó a las letras universales un modelo de escritura, que no es poco. Es irónico, sin embargo, que Schwob haya invertido más tiempo y esfuerzo en sus obras simbolistas, que ahora son muestras de fósiles estilísticos, honorables piezas de museo. La literatura es así: la biografía del propio Schwob hubiera podido integrar estas Vidas imaginarias sin mayor dificultad.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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