“Diario del Inca Garcilaso” de Francisco Carrillo Espejo

img-219163629-0001De la misma forma en que ha ocurrido con Don Quijote de la Mancha y su autor, Miguel de Cervantes, existe una aproximación romántica al Inca Garcilaso de la Vega y su obra. Como con el alcalaíno, mucha de esa crítica se ha elaborado con argumentos anacrónicos, guiados por la buena intención e ideologías en boga para darle a su figura rango de “precursor”. El Inca Garcilaso ha sido, desde los discursos nacionalistas peruanos de inicios del siglo XX, “primer peruano”, “primer intelectual”, “primer criollo”, “primer mestizo” y un largo etcétera. La literatura sobre el Inca Garcilaso de la Vega creada en Perú a lo largo del último siglo constituye un corpus ingente, pero que ha solido girar alrededor de ideas nacionalistas o de construcción de una identidad nacional, ora conflictiva o idealizada, reflejando –con matices- la interpretación que se hacía de su obra: tales son los dos extremos entre los que oscila el juicio de valor en torno al Inca Garcilaso. Según nuevas tendencias críticas o simplemente por renovación generacional, sus interpretaciones van y vienen: los indigenistas (con Carlos Daniel Valcárcel a la cabeza) lo quisieron ver como un indio auténtico que fingió ser español; los hispanistas (con Riva-Agüero en primera fila, hasta el más reciente Vargas Llosa) lo convirtieron en símbolo del mestizo armonioso; en otra época, quedó opacado por Felipe Guamán Poma de Ayala, quien parecía “más indio” y menos occidentalizado; más recientemente, se ha erigido su figura de “disidente”, de sujeto que desafía en secreto al imperio español (desde Coros mestizos del Inca Garcilaso de J. A. Mazzotti hasta el más reciente La tiranía del inca de Richard Parra).

Un libro como Diario del Inca Garcilaso de Francisco Carrillo Espejo se propone aglutinar la lectura del mestizo conflictuado, si se me permite el palabro. Publicado en 1996, la superchería se presenta con la necesaria introducción que invita a sumergirse en su celada: en una visita a la catedral de Córdoba, un clérigo le entrega al autor un cartapacio con papeles que pertenecieron al cuzqueño. Lo que leemos es la selección de algunas entradas y textos sueltos que constituyen el registro de las vivencias del Inca Garcilaso entre 1562, cuando llega a España, hasta 1616, en vísperas de su muerte. Hallamos los lugares comunes del garcilasismo peruano: las grandes preguntas sobre la identidad (¿qué soy? ¿español, peruano, mestizo, indio, inca?), un episodio dedicado al amor (al público moderno le fascina saber las cuitas amorosas de un famoso) y las enormes cuotas de nostalgia que le impulsan a escribir. A partir de las reflexiones de Garcilaso, el diario logra transmitir otra de las ideas comunes desarrolladas por la crítica más tradicional: la timidez del personaje, basada en un supuesto complejo de inferioridad que se identificaba con su mestizaje y las condiciones de su nacimiento (la tan mentada “bastardía”).

Con estas coordenadas fijas, el Diario del Inca Garcilaso logra transmitir el entusiasmo por la intimidad imaginada de nuestro protagonista, al margen de cualquier disquisición filológica o de interpretación histórica en torno a él. En eso, es una convincente pieza literaria. Conmueve el episodio del supuesto amor platónico por una vecina, a la que luego dará paso la carnalidad de la esclava con la que (en la vida real, según consta) Garcilaso se amancebó: Beatriz de la Vega. Como Marisol y Marisombra, la rosa y la azucena, las mujeres que ocupan su corazón se suceden y contrastan. Queda, sin embargo, un pasaje tan tierno y curioso como este, reflejo de un platonismo elemental:

Leo a Filón, lo apunto. Procuro conciliarlo con mis propios pensamientos.

Así son los tres grados de hermosura:

  1. Ella es hermosa.
  2. Su hermosura hermosea las calles de Montilla, el atrio de la iglesia, las flores que mira, la gente alrededor, el cielo que antes de su mirada parecía nublado.
  3. Su hermosura llega a mí porque soy parte del mundo que contempla.

Por un instante, entonces, gracias a esta filosofía, soy hermoso.

Así, pues, con la ayuda de Filón, construyo una esperanza.

El fragmento elaborado por el “yo” del diario ilumina la experiencia, le otorga su sentido y expande: un sentimiento individual, un gesto, tiene repercusión cósmica. “Gracias a esta filosofía soy hermoso”: aquí la belleza del sujeto apunta a la significación del hecho, la trascendencia que la idea le otorga para sentir que está impregnado de ese “lustre”, como decía Castiglione en El cortesano definiendo la hermosura. Por destellos como este, Diario del Inca Garcilaso se deja leer y puede resultar una lectura provechosa para el curioso que busque entrar, por la vía romántica, a la figura del historiador cuzqueño.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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