“Cartas que se extraviaron” y “El recado” de Elena Poniatowska

EscanearHace tiempo me preguntaba: ¿Quién lee las cartas? Esta pregunta solo es posible si las cartas llegan a las manos de su destinatario. ¿Qué es más triste? ¿No leerla por voluntad propia, por miedo o respeto malentendidos o no poder leerla porque nunca llegó a su destino? ¿Qué ocurre con las cartas que se extraviaron? ¿Dónde van a parar? Si se perdieron y su autor no guardó una copia, ¿podría hablarse siquiera de su existencia? Sin testimonio previo de haberla escrito, la carta extraviada pasa a ser una entelequia. Dios te guarde, lector carísimo, de que una carta tuya se extravíe. La carta ha de sentirse tan desdichada como el náufrago que se quedó en una isla desierta y nadie supo qué fue de su vida, ni cómo la acabó ni el mensaje que albergaba en su pecho.

Si bien las cartas de amor se estilan desde que existe la escritura, con ejemplos memorables en la Edad Media, como las cartas reales de Eloísa y Abelardo, o las apócrifas de Cárcel de amor, solo en tiempos del romanticismo se consolidaron por completo como un lugar común de la sensibilidad popular. El romanticismo democratizó, para bien o para mal, el gusto literario: todos podemos escribir siempre y cuando nuestros sentimientos sean auténticos, al margen de la intensidad y la altura de nuestro espíritu. Con todo, en tiempos de mayor creatividad e ingenuidad que los de ahora, las cartas de amor eran veneradas, consideradas reliquias, obsequios revestidos del sentimiento más puro que nuestra pluma podía volcar con palabras. La inmediatez de las comunicaciones actuales ha destruido la serenidad del escritor de cartas primigenio: las cartas fueron desplazadas por los mensajes. Los amantes sin arte prefieren las líneas balbuceantes, los iconos y las emociones más primarias que el instante demanda. Es un esfuerzo heroico pretender elaborar una conversación formal, abstracta, a través de la mensajería. Parece destinado al naufragio: todo queda fragmentado, seco, sin ningún brillo, pues se reduce a lo concreto, lo fugaz, sin ninguna reflexión (a riesgo de ser interrumpido).

Escanear 3Por todo lo dicho, merece la pena reconsiderar el poder de las cartas como piezas literarias, autónomas y con vocación de posteridad. Un mensaje, por su propia naturaleza, no suele poseer ningún valor per se, salvo como documento, con fines de periodismo sensacionalista o de asunto judicial. Nuestros padres, los padres de nuestros padres, y así sucesivamente, sabían cuánto se dejaba uno en una carta. Para recordarlo, revisemos Cartas que se extraviaron, exitosa sección de la tradicional revista mexicana La Familia, publicación “para señoras”, como se decía antes, o “revista femenina”, como se diría actualmente. La historia dice que entre 1961 y 1963, dos intensos años, Gabriel García Márquez fue el director, aunque sin firma, de La Familia. Él elevó notoriamente el nivel literario de la revista, pero nunca se le ocurrió alterar la referida sección, la cual presentaba un reto a sus lectoras, ya que les invocaba a contestar la carta de la mejor forma posible para participar en un concurso cuyo premio consistía en un paquete de libros. La introducción de Cartas que se extraviaron es un fino ejercicio de la literatura kitsch, tan afín al universo de radionovelas evocado en La tía Julia y el escribidor o al sentimentalismo pop de Manuel Puig:

Por azares del destino, una serie de cartas que están en nuestro poder no llegarán nunca hasta las personas a quienes van dirigidas. Como estos documentos son de gran interés, no queremos dejar de publicarlas, invitando a nuestras lectoras a que, colocándose en el lugar de la persona a quien va dirigida cada una de ellas, nos manden por escrito su contestación, que no deberá pasar de tres cuartillas escritas a máquina a doble espacio y firmada con pseudónimo, adjuntando a la vez el nombre y el domicilio para la identificación.

Cuento sobre mi mesa con dos muestras de la sección. La primera cuenta el desengaño, sin descartar del todo el sentimiento que supuestamente despide, de una muchacha que cayó rendida en los brazos de un celoso playboy. La segunda es un ejercicio de necrofilia: el amor de un hombre por su esposa fallecida, a la que escribe con fe, a sabiendas de que resultaría incomprensible para el mundo real. Además, junto a la carta extraviada de cada número suele aparecer la “carta premiada” de una lectora que logró darle continuidad al diálogo imaginario que la carta extraviada del número anterior planteaba. La lectura de Cartas que se extraviaron no solo me produjo deleite intrínseco, como una recreación literaria de factura popular bien lograda, sino que me hizo pensar en el origen, posible, de un texto canónico de la literatura mexicana: ¿no habrá surgido “El recado”, aquel conmovedor relato de Elena Poniatowska, a la sombra de las cartas imaginarias que aparecían cada mes en esta sección de La Familia? “El recado” apareció en su segundo volumen de relatos, Los cuentos de Lilus Kinus (1967), cuando la sección era ya un clásico de la revista. En ese contexto, “El recado” adquiere mayor sentido. La narradora siente miedo de que la carta no llegue a las manos del hombre que ama, al que quisiera decirle tantas cosas, y entonces duda de seguir escribiendo:

Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor. (Elena Poniatowska, “El recado”)

Escanear 2La carta dirigida a Martín transmite bien el ánimo inseguro, provocado por el pulso nervioso que caracteriza el amor más juvenil y sincero, aunque no deja de abrigar todos los recursos de la escritura epistolar: las imágenes con sus glosas, la evocación lenta de lo que se quisiera vivir junto a la persona amada, la referencia al acto mismo de escribir, o el tono confesional, de quien abre el pecho, rendido, porque se siente indefenso y el sacrificio es su máximo deseo. El final de “El recado” es abierto y la duda persistirá hasta el fin de los tiempos. ¿Deslizó la narradora la carta que pergeñaba con tanta emoción debajo de la puerta de Martín o se resignó a esperar una próxima vez (porque “sé que todas las mujeres aguardan”), a posponer el encuentro y la confesión (que tal vez no llegue)? Nunca lo sabremos, ya que “El recado” concluye así: “Quizás ahora que me vaya solo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine”. La narradora, dentro de la ficción, no quiso arriesgarse a perder la carta, que se volvería una botella al mar o un náufrago abandonado en una isla del Pacífico. Fuera de la ficción, para los lectores habituados a leer este tipo de literatura popular, “El recado” sería una de aquellas cartas que se extraviaron, a la manera de las de la sección de La Familia, la más artificiosa, de hecho.

Para Enriqueta de Giovanni

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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2 respuestas a “Cartas que se extraviaron” y “El recado” de Elena Poniatowska

  1. Las cartas es una de las formas literarias más atractivas e íntimas para leer que encuentro, excelente reflexión ☺

  2. Pingback: Cartas que se extraviaron: carta premiada | Oro de Indias

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