“La tiranía del Inca” de Richard Parra

tiraniLa tiranía del Inca. El Inca Garcilaso y la escritura política en el Perú colonial (1568-1617) de Richard Parra supone un esfuerzo de releer orgánicamente la obra del Inca Garcilaso de la Vega. A lo largo de su casi medio millar de páginas, el autor deja constancia de su compromiso y vigor crítico en torno a la materia de su estudio.

La crítica garcilasista, especialmente en el Perú, ha convertido a la figura del historiador cuzqueño en un símbolo de identidad nacional y ha asumido, por ende, su lectura como parte del proceso de la literatura y, por extensión, de la cultura peruana. La tiranía del Inca tiene el gran acierto de prescindir de elementos biográficos para analizar y explicar los textos del Inca Garcilaso. Uno de los puntos de partida más populares en torno a nuestro autor es, precisamente, reconocer su condición mestiza y supuestamente “bastarda” (que no era tal) como criterio para evaluar y estimar su obra, con lo que todo lo que escribe acaba reflejando, ocultando, falsificando o sublimando la susodicha condición. Richard Parra logra deshacerse de esa dimensión que ha alimentado tantos estudios (desde Luis E. Valcárcel hasta Mercedes López Baralt, pasando por Max Hernández o Christian Fernández) aclarando desde la introducción que prescinde de la persona histórica y todo su análisis versará sobre el enunciador del texto. Con ello, su estudio gana en auténtica profundidad y objetividad para proponer y discutir ideas en torno a la escritura de Garcilaso.

La tiranía del Inca asume como punto de partida que la escritura de Garcilaso es una escritura de “resistencia”, que obedece a una agenda contrahegemónica y que se presenta como disidente frente al imperialismo español. El problema de este supuesto es que es absoluto y no distingue los matices, contradicciones y complejas negociaciones presentes en los textos de Garcilaso. El radicalismo de esta postura es el que provoca que Richard Parra establezca una generalización arriesgada cuando explique su idea de resistencia:

Cuando hablo de resistencia me refiero a una actitud política, militar y de pensamiento contra la intención hegemónica e imperial de reducir a su mínima expresión, por medio de la extirpación de idolatrías, la esclavitud, el trabajo forzado, el castigo y el dominio político, la existencia de un grupo de comunidades que aquí, por cuestiones prácticas, denomino de modo general incas, indias o andinas. (La tiranía del Inca, p. 66)

El problema de no diferenciar entre comunidades incas, indias y andinas es que el Inca Garcilaso sí lo hace. La primera parte de los Comentarios reales se propone, entre otras cosas, presentar las antiguallas de “esta república [de los incas], antes destruida que conocida”. La composición de la segunda parte, publicada como Historia general del Perú, es la que pone la lápida sobre aquel imperio incaico que ya no existe y que Garcilaso evoca con la necesaria retórica de la nostalgia que demandaba su relato trágico de la historia. El cuzqueño expone la muerte de Túpac Amaru, el último heredero inca legítimo y la censura, como todo el gobierno de Francisco de Toledo, pero este es un elemento más de su visión trágica de la historia: un relato de oportunidades perdidas y figuras heroicas que caen en desgracia. A inicios del siglo XVII, no hay marcha atrás y los incas que aún existen, como lo señala Garcilaso al final de la primera parte de los Comentarios, malviven y claman al rey por algunas mercedes para paliar su pobreza. En torno a los indios, en general, Garcilaso no deja de verlos como simples y más emocionales que racionales, tal como se consideraba a las mujeres y los niños en Europa; recuérdese que él se mienta “indio” como tópico de falsa modestia, para rebajarse retóricamente, mientras que retrata a los incas como príncipes prudentes y civilizadores. La comunidad andina o el pueblo andino es una abstracción mucho más grande, cuya cosmovisión subyace a la escritura de Garcilaso, como lo ha demostrado J. A. Mazzotti en sus Coros mestizos: símbolos ambivalentes y referencias míticas, conscientes o inconscientes (es lo de menos), están en la escritura del cuzqueño y responderían a su mensaje dirigido a las panacas cuzqueñas, aquella élite a la que pertenecía su madre. Al final, como afirma Mercedes López Baralt, “el Imperio Incaico desapareció; la cultura andina no” (El Inca Garcilaso traductor de culturas, p. 85). Son categorías distintas, como indicamos aquí, y resulta problemático subsumirlas en una sola.

Haciendo el deslinde entre “inca”, “indios” y “cultura andina”, la escritura de Garcilaso se vuelve menos monolítica o ideológicamente dirigida de lo que quiere verla el autor. La perspectiva de La tiranía del Inca uniformiza tales categorías, las confunde y por ende postula la imagen de un reformista del mundo colonial; aunque esa caracterización le otorga al historiador un rol que su oficio no poseía en la época en que escribe. La figura del reformista en el Siglo de Oro corresponde al famoso arbitrista, figura satirizada por entonces, por la conciencia crítica que revelaba en sus escritos y su afán de proponer soluciones. Resulta difícil asumir todos los postulados ideológicos que en torno a Garcilaso establece La tiranía del Inca. Por ejemplo, es cierto que su obra recoge la defensa que los jesuitas hacen del gobierno de los incas frente a la campaña de desprestigio de Toledo y su cronista Sarmiento de Gamboa. Sin embargo, es una batalla que Garcilaso gana ya en su época, lo cual hace que se vuelva autoridad en torno al imperio de los incas y sea fuente primaria confiable, desde temprano, para todos los que quieren saber o escribir sobre el Perú. En paralelo, el texto de Sarmiento de Gamboa queda inédito hasta el siglo XIX (cuando es un fósil) y no logra ninguna repercusión real en la historiografía de su tiempo. Si Garcilaso venció a Toledo ya en el siglo XVII, ¿de qué resistencia estamos hablando en términos políticos, al menos en lo que se refiere a la campaña toledista? La de Garcilaso fue una victoria historiográfica clara, sin atenuantes, en campo abierto.

Richard Parra vuelve a estudiar las conexiones entre el Inca y León Hebreo para proponer un nuevo vínculo entre ambos. Con ello intenta explicar la transición en el tratamiento de la figura de Atahualpa entre la primera y la segunda parte de los Comentarios reales y la presencia del neoplatonismo de Hebreo en el concepto de tiranía que elabora Garcilaso. Menos convincente resulta el análisis de La Florida del Inca. Contra las expectativas de “resistencia” del investigador, la escritura de este texto no supone una reacción a un discurso hegemónico en la época, sino un ejercicio de recuperación de la memoria. El mismo Garcilaso en la dedicatoria de los Diálogos de amor declara que aquella expedición había sido olvidada por todos. Es cierto que la figura de Hernando de Soto es compleja y que posee sus luces y sus sombras, como excelente capitán a la vez que confiado y excesivo, pero todo ello obedece a un primer esbozo de relato histórico trágico que Garcilaso ya empieza a anunciar con él. La representación positiva de los indígenas es verificable, pero siempre es susceptible de una lectura bifaz: dignificar a los caudillos indios de la Florida permite también hacer las campañas españolas más gloriosas, ya que no se trata de enfrentar enemigos tan bárbaros o salvajes. Finalmente, si uno vuelve al “prólogo” de la Historia general del Perú, puede verse cómo, al final de su vida, el cuzqueño insiste en proponer una campaña militar para colonizar la Florida y evangelizar a los nativos. De allí que cueste encontrar un programa de revisión del colonialismo tan explícito y coherente en La Florida del Inca.

En su análisis de los Comentarios reales, Richard Parra asume nuevamente el paradigma de la escritura de resistencia, ya que Garcilaso habría conciliado tradiciones distintas con gran sutileza, “en el contexto de la sociedad vigilada e inquisitorial en que escribió” (La tiranía del Inca, p. 302). Los mecanismos inquisitoriales para la censura y la persecución de autores eran menos uniformes de lo que se piensa, tal como arrojan los estudios autorizados de Antonio Márquez o Pedro Guibovich. En última instancia, aquellas imágenes sincréticas que, efectivamente, hilvana Garcilaso (como las de la Virgen María y la Pachamama) no resultaban tan problemáticas para la ortodoxia católica, ya que por encima del pensamiento andino se situaba el culto proveniente de Europa: que prevalezca este último era (y sigue siendo) la exigencia de la iglesia en el mundo andino. Nuevamente, si no hay evidencia de que estas imágenes y conceptos plasmados en el texto fueran observados o apreciados como heterodoxos en su misma época, ¿cómo sostener que son manifestación de un espíritu de resistencia cultural que cuestionaba el discurso oficial? Más endeble aparece la idea de que Garcilaso estaría proponiendo una amnistía o perdón (que no es lo mismo) para los rebeldes como solución a los conflictos entre colonizadores y colonizados: se trata de una idea que el autor extrae de una cita de Manco Inca en la que este muestra su desengaño y crítica frente a la conducta de los españoles (p. 359). De allí a decir, en sus conclusiones del capítulo, que Garcilaso “solicita el perdón de la tiranía tanto de los incas como de conquistadores. Tal petición de perdón implica un serio desafío al estado colonial” (p. 367) resulta abrupto y ajeno a la voluntad del cuzqueño.

En el capítulo dedicado a la Historia general del Perú contamos con un fino análisis de la figura de Atahualpa, que resulta penetrante y útil. Sin embargo, su enaltecimiento (de tirano a buen gobernante) también puede obedecer a otra razón menos ideológica y más bien estética: se trata de un príncipe y el decoro exige retratarlo así, en la línea de la narración de la historia como tragedia. Richard Parra dedica una sección a analizar la captura de Cajamarca, de la cual concluye que “la versión de Garcilaso es una crítica literaria y política a este truculento rito de conquista” (p. 414). Sin embargo, el análisis no considera suficientemente el aspecto que es central para Garcilaso en su evaluación del episodio: el problema lingüístico que entraña la traducción baldada de Felipillo, el culpable del desastre, ya que vierte los razonamientos jurídicos y teológicos de Atahualpa “bárbaramente”  (es el adverbio que emplea el cuzqueño); de allí que los españoles desaten la violencia “no pudiendo sufrir la prolijidad del razonamiento [traducido por el faraute]”. En esa medida, Garcilaso no critica el rito de conquista en sí, sino las pésimas circunstancias que lo rodean; es su forma de exculpar a esos capitanes compañeros de su padre y al mismo padre Valverde, al cual no deja de elogiar siempre que puede (lo llama en ese capítulo, sin ironías, “el buen fraile Vicente de Valverde”). Garcilaso desplazó, con inteligencia, cualquier debate político al ámbito de los problemas de la comunicación y lo supedita finalmente a estos.

La conclusión del estudio asume la posteridad de la obra del Inca Garcilaso y encuentra su perfil moderno y de compromiso político. Aquí también aparecen algunas interpretaciones que estiran el texto hasta hacerlo decir lo que no se propone. Para evitar prolijidad, solo un ejemplo:

En Garcilaso, el elogio de los “conquistadores” implicó la crítica del imperialismo español. En la segunda parte de los Comentarios reales, Garcilaso enfatizó la importancia del concepto de tiranía en la consideración que tuvo de Francisco Pizarro y sus socios. Para ello, vinculó la historia del Perú con la de Roma: comparó el “nefando” triunvirato de “tres emperadores”: Marco Antonio, Lépido y Otaviano, con la alianza entre “tres pobres particulares”, Pizarro, Almagro y Luque. La diferencia entre ambos “triunviratos” fue que el primero era de “tres tiranos que tiranizaron todo el mundo”, mientras que el segundo fue uno que lo enriqueció. Este comentario tiene un sentido irónico: apunta la injusticia recibida por los que “ganaron” el Perú y que la administración virreinal y peninsular no supo manejar las riquezas peruanas que ahora estarían yendo a parar a manos de “judíos, moros, turcos y herejes”. La crítica al poder virreinal es explícita (p. 435)

La cita completa de Garcilaso (que el autor pone a pie de página) revela que en realidad esas riquezas que se obtuvieron con la conquista del Perú “por todos ellos [cristianos, gentiles y judíos, moros, turcos y herejes] se derraman” cada año que llega la flota de Indias a Sevilla. La cita apunta a la dimensión universal de la monarquía española, cuyas maniobras propias de un imperio las riquezas del Perú solventan. Es una idea que aparece en la alegoría de América que pasa a los libros y grabados del Siglo de Oro: el Nuevo Mundo contribuye con metales preciosos a financiar guerras de conquista, hegemonía política y defensa de la religión católica. Es la misión de los Habsburgo españoles y el Inca Garcilaso lo entiende a la perfección (por lo que nunca diría que son mal manejadas por destinarse a cubrir frentes como Flandes o el Mediterráneo), como que se honra de haber sido “capitán de Su Majestad”, desde la portada de La Florida del Inca hasta la de su obra póstuma. En ambas llena de elogios a la Corona, se proclama orgulloso vasallo y lo compagina con un sentimiento patriótico que no niega su fidelidad al rey católico. Conociendo el contexto de la enunciación (el alcance universal del poder español, cuyo largo brazo, por lo general armado, financiado por la plata americana, afecta a cristianos, gentiles, judíos, moros, etc.) la cita refiere simplemente una confirmación del papel de las Indias en ello: proveer de metales preciosos a esas empresas. ¿Dónde encaja, al menos en la cita que hemos comentado, una “crítica al poder virreinal”?

Con todo, coincidimos con la conclusión del estudio: “[Garcilaso] no se expresó como un historiador burócrata servil al imperialismo como sus predecesores” (p. 442). En efecto, Garcilaso no fue ni burócrata ni servil, aunque sí era plenamente consciente del imperialismo y lo daba por sentado, ya que había asumido los dos valores primordiales de la España del Siglo de Oro: monarquía y fe católica. No reniega de ninguno de los dos, los abraza y hasta puede evaluar su aplicación en las Indias; la tarea es digna de un espíritu crítico y educado como el suyo. La escritura de Garcilaso no entraña servilismo, como bien señala Richard Parra, pero tampoco se puede caracterizar (basándose en la evidencia y el análisis aportados) como clara manifestación de disidencia o resistencia.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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