“El libro de mi madre” de Albert Cohen

img-328104053-0001A Albert Cohen se le atribuye la mejor novela de amor del siglo XX: Bella del señor (1968), parte de una trilogía que se completa con Comeclavos y Los esforzados. Esta trilogía es un retrato irónico e inteligente del irresistible seductor Solal, funcionario de la Sociedad de Naciones, y su extravagante familia judía. A través de la historia de Solal podemos ver la evolución de la sociedad europea de la primera mitad del siglo pasado, desde su belle époque hasta la degradación moral que supone el ascenso del nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Como Thomas Mann, Stefan Zweig o Sándor Márai, Albert Cohen retrata el fin de una época, con similares tintes de nostalgia y gran pasión.

Para quien, como el que escribe, quedó cautivado por Bella del señor y su retrato intensísimo y tragicómico de la pareja de amantes, Solal y Arianne, leer El libro de mi madre entraña una gran curiosidad. A la luz de la trilogía, nos hallamos ante una obra menor, considerando su volumen de páginas y la envergadura del proyecto, pero no por ello deja de ser una joya literaria, válida página a página. El libro de mi madre es un réquiem, un homenaje a la madre fallecida. Es un lugar común, ciertamente, y hubiera sido fácil para cualquier autor caer en lo trillado, en la acumulación de anécdotas superficiales y efectistas. No obstante, Cohen supera la prueba y la belleza de su texto nos hace pensar en cuánto de ese amor aprendido por el niño junto a su madre se transforma después en el amor que puede sentir el adulto por una mujer.

No es coincidencia que en algunas canciones de amor el yo identifique su experiencia con el regreso a la infancia. El amor nos vuelve, con adulta seriedad y compromiso, como niños: ingenuos, traviesos, caprichosos y soñadores. Es lo que ocurría en Bella del señor, en los deliciosos monólogos de Arianne y los juegos crueles en los que se sumergía junto a Solal, alter ego de Cohen (ambos eran judíos, extranjeros, funcionarios de la Sociedad de Naciones, escritores a medio tiempo, galantes, refinados y seductores de marca mayor). Pareciera que toda la sensibilidad amorosa de la gran novela de amor del siglo XX proviene entonces de la crianza recibida por Cohen, según lo atestigua El libro de mi madre. A todo esto, ¿quién es la madre de Cohen? No es, precisamente, una gran dama, sino una mujer solitaria, sencilla, tímida por vivir en un país extranjero, religiosa y devota de su hijo y su esposo. Para el niño que era Albert Cohen, el padre es una imagen distante. Su universo infantil es de rituales y juegos con su madre, con quien establece la complicidad de ser dos exiliados, viviendo totalmente aislados. En su soledad, de espaldas al padre, el niño y la madre son felices en su rutina. Él se siente cómodo, arropado, plenamente amado, por esa mujer algo torpe, ignorante y víctima de médicos que le cobran lo que quieren, inelegante, aunque hábil con la economía doméstica y llena de ternura. Su madre no es perfecta, como él lo reconoce, pero posee la suprema virtud del amor:

Existen genios de la pintura y no tengo ni idea y no iré a enterarme y me trae totalmente sin cuidado y no entiendo nada al respecto ni quiero entender. Existen genios de la literatura y lo sé y la condesa de Noailles no es uno de ellos, ni este, ni sobre todo aquel. Pero lo que sé más aún es que mi madre era un genio del amor. (Albert Cohen, El diario de mi madre)

La madre de Cohen falleció en la Francia ocupada, en 1943, cuando él estaba refugiado en Inglaterra. El desgarro de su muerte le hace escribir, de inmediato, Canto de muerte (Chant de mort), un texto mucho más extenso y lleno de ira por la imposibilidad de despedirla como merecía. Diez años más tarde retomó Canto de muerte y, tras una revisión paciente, lo convirtió en El libro de mi madre, un texto emotivo, aunque equilibrado, con pasajes sinceramente tristes, pero también con momentos conmovedores. El hombre de ahora puede mirar al niño y transmitir, con imágenes simples, ese gran amor que lo unió con la progenitora, cuya perfil es tan humano que no deja de parecerse a las madres que todos conocemos: sí, [ella era] una infeliz madre. Pero a ella le debo cuanto tengo de bueno. Y como es lo único que puedo hacer por ti, mamá, beso mi mano, que de ti viene. Finalmente, leer El libro de mi madre, además de ser una elegía de la progenitora, puede ayudar a entender mejor los motivos y contornos de la filosofía del amor que subyace a Bella del señor.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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