Cartas que se extraviaron: “Señorita…”

Por azares del destino, una serie de cartas que están en nuestro poder no llegarán nunca hasta las personas a quienes van dirigidas. Como estos documentos son de gran interés, no queremos dejar de publicarlas, invitando a nuestras lectoras a que, colocándose en el lugar de la persona a quien va dirigida cada una de ellas, nos manden por escrito su contestación, que no deberá pasar de tres cuartillas escritas a máquina a doble espacio y firmada con pseudónimo, adjuntando a la vez el nombre y el domicilio para la identificación.

cartas 4Señorita:

Me atrevo a escribirle, aunque me tiembla la mano y el corazón me late fuerte, porque no puedo guardar más lo que siento aquí en mi pecho. Solo ahora tengo el valor para decirle todo lo que he experimentado desde que la vi por primera vez, hace unos cuatro meses.

Permítame presentarme. Me llamo Pablo, tengo diecisiete años y estudio el último año de la secundaria. No le costará identificarme: me ve siempre con el uniforme escolar, sentado en la mesa del fondo de la cafetería. Vengo todas las tardes a avanzar las tareas. Prefiero hacerlo aquí porque en mi casa no hay nadie y me cuesta concentrarme con todo ese silencio y vacío. La cafetería no tiene tanto ruido entre las cuatro y las seis, por lo que puedo leer y hacer los ejercicios. Esa era la razón original por la que venía. Pero a fines de abril apareció usted y, día a día, me acostumbré a su presencia. Más que eso: llegó un momento, creo que a mediados de mayo, en que me di cuenta de que desde la mañana todo lo que hacía y pensaba estaba orientado a mi rutina de venir aquí por la tarde, para esperar el momento en que usted apareciera.

Pienso que ahora que me he presentado no le cabrá duda de quién soy y quizás entienda algunas actitudes extrañas mías, como pasar a su lado con apariencia de distraído o mirarla a hurtadillas, de lejos, refugiado detrás de un libro de historia. Usted suele venir pasadas las cinco, pide un café (capuccino o expreso con panna) y, si no está leyendo un libro, se pone a corregir exámenes. Así descubrí que usted enseña en la universidad. ¡Pero se ve tan joven! Cuando descubrí su trabajo me alegré, porque yo también quiero estudiar, de preferencia historia, aunque mis padres quieren que estudie derecho. Algunas noches imagino formas de iniciar una conversación con usted, una tarde cualquiera, a propósito de lo que está leyendo o corrigiendo. Yo podría lucir mis conocimientos de historia (que rebasan largamente el programa escolar) y quizás usted me vería con otros ojos, más maduro y a su misma altura intelectual.

Una tarde, en junio, estuve a punto de hacerlo. Tenía todo planeado para tener que pasar junto a usted dos veces: una, para ordenar una porción de torta u otro dulce, y la segunda para recogerla. En mi primer pase, debía identificar lo que leía o corregía. En el segundo, me detendría e empezaría una charla, con una excusa u otra, de acuerdo con el libro que tuviera entre manos o la prueba en la que trabajase (había planeado y ensayado varios escenarios posibles). No sabe cuánto me tomó armarme de valor, cuántas noches de insomnio, de dudas y suspiros, miedo y ansiedad. Pero esa tarde, la decisiva, su rutina cambió. Usted llegó y no sacó ni un libro ni sus papeles. Esperaba a alguien que no tardó en llegar. Era un hombre mucho mayor que usted, alto, con bigote y barba, y se trataban con gran confianza. Se saludaron con un beso en la mejilla, charlaron un rato, relajados, y se fueron. Quedé muy abatido esa tarde. Al día siguiente no tuve fuerzas para volver a la cafetería. Tampoco lo hice la otra. Ni la tarde después de la otra. ¿Se dio cuenta de que falté a la cafetería una semana completa? Estaba confundido. A veces triste, otras tan solo curioso, unas pocas me sentía totalmente destrozado.

Desde entonces, me he percatado de que sus visitas a la cafetería son algo erráticas, inconsistentes. Hay días en que viene a leer o corregir, pero luego pasan dos o tres sin verla llegar (su máxima ausencia ha sido de una semana). A veces parece que va a ponerse a trabajar aquí por un buen rato, pero de repente parece que se ha acordado de algo (o alguien) importante, se pone de pie, junta sus cosas rápidamente y se va (un día lo hizo sin pagar, ¿lo recuerda?). Otras tardes, tres para ser exactos, las más tristes para mí, ha vuelto a aparecer el hombre mayor, aunque viene más serio cada vez y a usted le cuesta sonreír y hablar con la voz suave con la que suele pedir el café y charlar brevemente con la dependienta.

No sé qué pensar, señorita, ¿quién es ese hombre mayor? Usted cambia cuando él viene a buscarla. Lo noto en sus movimientos, que pierden gracia. Parece nerviosa o impaciente. Él tiene un efecto profundo en usted, lo noto. Y yo sufro, señorita, porque siento que está ocurriéndole algo malo, que usted pierde su sosiego, su alegría natural. Él es un poco brusco con usted, pareciera que finge u oculta algo y eso me inquieta. Cuando apareció, una parte de mí se consoló pensando que quizás a través de sus conversaciones aprendería más sobre usted. Como su nombre. ¿Cómo se llama? Es difícil querer a alguien cuyo nombre no conocemos. Yo he tenido que darle uno. En mis sueños, usted se llama Rosa, como la santa. No lo elaboré mucho, sino que surgió ante la evidencia de su rostro, que me recuerda a la de la estampa que mi madre tiene en un rincón del recibidor de nuestra casa. Cuando empecé a llamarla así, Rosa, empecé a preocuparme de que la estampa tuviera siempre una vela. Porque tener una llama viva frente a la imagen me recuerda a usted, a su cabello adornado con flores (usted lleva cintas, que combina con delicadeza, pero no me cuesta imaginar que puede llevar el cabello como la santa). Yo solo quisiera que ese hombre mayor desaparezca y que usted vuelva a ser quien era. Aunque nunca hayamos hablado, yo sé que usted es tierna y de buen corazón, lo noto, por la forma en que se desplaza, habla y escribe, con tintas de diferente color, con mucho orden y cuidado. Si yo ingresara a la universidad y tuviera la fortuna de que usted me enseñase, sería su mejor estudiante y todo lo que hiciera en la clase sería para demostrarle mi talento y mi esfuerzo.

Pero todo eso se ve ahora muy lejano y extraño sus primeras semanas en la cafetería, cuando solo éramos usted y yo, en ese espacio tan familiar, sin extraños que le quitaran la paz. Señorita, Rosa, la flor más bella, ¿cómo hacer para llegar a ti? ¿Para que sepas que pienso en ti y que sufro cuando te veo así de tensa y nerviosa, negando tu dulzura innata? Acabo esta carta también agitado, perdido, muy torpe, con ganas de decirte tantas cosas… Rosa, estoy llorando por ti y este papel se ha mojado. No sé qué hacer, si dejarlo así, tal cual, doblarlo, dejarlo en tu mesa la próxima vez que vengas e irme corriendo o romperlo ahora mismo y volver a empezar. ¿Qué hago? Si no es a ti, ¿a quién decirle todo esto?

Con el corazón en la mano,
Pablo.

Anuncios

Acerca de orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Cartas que se extraviaron: “Señorita…”

  1. Pingback: Cartas que se extraviaron: carta premiada | Oro de Indias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s