Cartas que se extraviaron: carta premiada

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Entre el medio centenar de repuestas que recibió la carta extraviada “Señorita…”, un jurado de la revista La Familia ha elegido la “Carta de Azucena” como la carta premiada del mes. Su autora se ha hecho acreedora de un libro y su carta se publica aquí. 

Querido mío:

Desde hace un tiempo he querido hablarte de mis silencios dolorosos cuando compartimos el tiempo, de lo que callo por seguirte y aceptar todas tus reglas hasta dejar de conocerme. Seguro estás pensando que este gesto de escribirte una carta es demasiado dramático y completamente innecesario, una más de mis extravagancias y niñerías para llamar tu atención o ganar alguno de tus regalos de consolación. La verdad es que la única forma en que puedo ser sincera contigo es a través de una carta y su distancia solemne. No he podido hablarte nunca de lo infeliz que me siento a veces a tu lado porque nunca he podido contradecirte viéndote a los ojos. Porque si tú decides que queremos compartir una créme brulée y dos capuchinos acepto aunque desee solo un pan de frutas y un té. Porque temo no ser apropiada, no estar a tu altura o sencillamente no tener la razón. No sé decirte que no. Por eso necesito escribirte con el coraje que solo consigo lejos de ti, cuando vuelvo a mi espacio íntimo, aunque el gesto sea tan grande que te incomode como casi todo lo que escapa a tu severa ley de las proporciones. Aprovecho tu viaje y que tú mirada severa no va a cortarme esta vez, porque ni siquiera sé si volverás para leer esta carta.

Sabes que opté las mudanzas y la vida al margen de las relaciones perdurables desde muy joven. Las personas más cercanas fueron rotando con mis rutinas y espacios nuevos, apareciendo gracias a mi gusto por convertir en familiares los espacios visitados a través de la frecuencia y las horas dedicadas, y variando por mi otro gusto a reemplazarlos y empezar de nuevo una historia. Ahora mismo podría decirte que en mi mundo, además de ti, mi triste amor, solo están doña Cecilia, la florista que me separa las rosas que le dejo a la virgen de la plazoleta y con que decoro mi pequeño departamento; don Anselmo, mi vecino cordial que mira el mundo a través de Simón, su fox terrier de ocho años; Rocío, la amable señora del café donde me reencontraste después de ocho meses, con quien solo he discutido del clima cada vez, pero ¡con qué pasión lleva esa charla!; la anciana del edificio de en frente, a quien llamo Jacinta, que me espía buscando algún comportamiento inmoral que refute mi apariencia de muchacha correcta (¿tú me creíste correcta alguna vez?). También está ese caballerito que pasa sus tardes en el café de Rocío. Yo creo que también estoy en su mundo y que ese mundo es tan reservado como el mío. A ese muchacho lo he llamado en secreto Arturo. Siempre he sido muy consciente de las miradas del resto sobre mí y he reaccionado con desconfianza. Ya sabes, mi afán de desplazarme una y otra vez sin que nadie me retenga. Pero cuando él me mira solo consigue transmitirme compañía. A veces creo que es la única persona que me conoce ahora de verdad. Repara en cada uno de mis detalles y yo se los ofrezco casi con descaro: si siento ganas de echar un bostezo, lo hago desde lo profundo; si la lectura de un fragmento de mis libros o el trabajo de un alumno me produce una risa, la echo sin más. Soy más espontánea ante sus ojos de lo que lo soy a oscuras en mi cuarto. Es que mi consciencia es a veces tan severa como tú. Arturo debe tener la edad la mayoría de mis alumnos, pero no es como ellos; es un caballerito de otro tiempo.

Seguro ya te sientes celoso, ¡pero si es solo un niño!, aunque juegue a ser un hombre muy galante (y seguro que pronto lo será). ¿Sabes cómo descubrí que me conocía? En una ocasión se acercó al mostrador de postres, cerca de donde yo estaba, y advertí que quiso echar un vistazo a lo que yo leía. Admito que me apenó estar en ese momento ojeando una revista de moda y no alguna novela clásica. Imagínate que temí por un instante romper con su fantasía. Pero cuando lo analicé desde cerca comprendí que nada podría afectar su mirada tan pura de mí, porque él me veía desde el corazón (te sonará muy cursi, pero es la verdad). Era imposible que me tomara por una mujer frívola. Para ese momento él ya me conocía, y lo que yo hiciera o leyera solo le confirmaba una faceta y lo dejaba fascinado. ¿Alguna vez te han observado así? Seguro que no, porque a la distancia luces como un tipo que vive juzgando y rechazando anticipadamente lo que le ofrecen, esperando que cada persona que aparece le demuestre que vale la pena, una y otra vez. El problema es que yo adoraba asumir esa clase de retos y me detenía siempre ante personas como tú. Me volví adicta a demostrarte que valgo la pena, una y otra vez. Me esforcé por brillar cerca de ti, pero solo logré consumir mi luz. Leí únicamente los libros que te parecían provechosos para mí (de ahí mi temor porque Arturo juzgara mi lectura), a ordenar solo la comida que tú aprobaras, a oler como a ti te gustaba, a vestir como, según tú, debe vestir una mujer adulta, y la lista sería interminable. ¡Cuánto me alejé de mi instinto! Luego decidí dejarte y empezó la mudanza de espacios nuevamente, la que me llevó a este pequeño café. Pero entonces me encontraste y lo afectaste todo de nuevo. Miraste con desaprobación mi peinado infantil y mi vestido corto, que siguiera corrigiendo los mismos trabajos del mismo curso. Quisiste recuperar tu lugar como gran juez de mi vida. Al tenerte en ese lugar cálido y apacible, tan distinto a ti y tus lugares, cerca de la mirada de Arturo, comprendí que nunca me sentiría cómoda a tu lado. Tú solo apareces y dejo de ser yo, me tenso toda. ¿Arturo lo habrá notado?  Seguro que sí.

Tú nunca me mirarías con la inquietud con que él me mira, tan lleno de vida. Nunca me mirarías en libertad, sin sospechar de mis movimientos, mi pasado y mis ambiciones. Yo no sé pensar en el futuro como tú. Quizá veo el futuro con la misma incertidumbre de un joven de la edad de Arturo, como un puñado de posibilidades y sin una dirección clara. Tú eso no lo soportas de mí. Nunca apreciaste mi pasión por el momento. No lo entiendes, porque ves la vida como una sucesión de pequeñas metas que deben ser cumplidas dentro de sus plazos. No imagino que seas capaz de apreciar un acto tan bello como compartir un postre a la distancia e inventarse el resto de la historia de una persona. ¿Podrías acaso apreciar esa clase de compañía y entendimiento?  Me mudo de nuevo y he vuelto esta tarde al café por última vez a escribir esta carta y a buscar la mirada de ese chico que me liberó de cualquier ansiedad que tú y otros como tú instalaron en mi alma. Hoy no ha venido. Te dejo y también dejo a Arturo. Tú me olvidarás muy pronto, pero él conservará todo lo que fui en esos días entre mayo y septiembre. No imagino a nadie mejor. Espero haberle dejado suficiente de mí, pues él, con sus ojos de caballerito de otro tiempo, me ha hecho comprender que soy exactamente quien debo ser. No tengo que decírselo, porque, cuando gane madurez y me recuerde, comprenderá que me marché en el momento justo para ser feliz y llevando conmigo su mirada como único testigo de mis actos.

Hasta siempre,

Azucena

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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