Las lágrimas de Hernán Cortés en la “Historia verdadera” de Bernal Díaz del Castillo

cover_issue_7_es_ESEn un libro reciente sobre el autoritarismo en la historia del Perú, el autor advierte, como dato curioso, que el conquistador Francisco Pizarro lloraba sin reparo alguno. En efecto, según algunas crónicas (salvo la Historia general del Perú del Inca Garcilaso), Pizarro lloró por la muerte de Atahualpa, a quien habría querido como un hermano a lo largo de su encierro y luego por el desafortunado Diego de Almagro, quien había sido su socio fundamental y brazo derecho para llevar a cabo la conquista del imperio de los incas.

En el caso de Hernán Cortés, el conquistador de México, queda el recuerdo en la memoria colectiva, alimentada por crónicas de Indias, de su llanto desconsolado por los compañeros muertos durante la Noche Triste. No obstante, aunque contamos con su propia versión de los hechos vividos, a través de sus Cartas de relación, nada señala en ellas el protagonista sobre su llanto en algún momento de su accidentada empresa. El carácter de documento legal de estas cartas, en las que debe justificar sus acciones frente a la Corona, explica que Cortés asuma un estilo más bien sobrio, de forma que se puede retratar a veces triste, desanimado, pero nunca lloroso. Tras estas consideraciones, la representación de Cortés en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz de Castillo, resulta la más elaborada, en la medida en que se le retrata como un sujeto sensible que llora en varias ocasiones, con matices diversos y reverberaciones literarias profundas. Este trabajo analiza la función de las lágrimas de Hernán Cortés en la Historia verdadera, un aspecto en la construcción del personaje que se ha interpretado de forma un tanto negativa, sin reconocer que se trata de un fenómeno que vincula la figura del conquistador –y por extensión el texto mismo- con la tradición épica clásica y con una incipiente dimensión trágica, aunque solo insinuada.

Guillermo Serés, el editor más reciente de la Historia verdadera, observa que la aparición de las lágrimas de Cortés en el relato viene como parte de un movimiento de una primera etapa, en que este es el capitán astuto y valiente, a una segunda en que se produce un desmoronamiento de la imagen del gallardo capitán. Así, mencionando capítulos que vamos a comentar aquí, sostiene que, con el llanto, «se incrementa [en el relato] progresivamente el patetismo». Observa que Cortés va perdiendo sus virtudes militares, los mexicanos se vuelven mucho más astutos, sus decisiones son erradas y son otros los que consiguen los triunfos. De la mano de todo esto, las virtudes de Cortés se van transfiriendo a los otros, se distribuyen a la masa de sus compañeros conquistadores, en aras de elaborar la «épica colectiva» que nos propone Bernal Díaz. En esa misma senda, la transición de un Cortés astuto y victorioso a uno en declive es también observada por Estrada: «La voz de Bernal que antes loaba sus posturas de gran señor y lo asemejaba a héroes épicos, ahora lo pinta flaco y en desgracia, tan maltratado físicamente que nadie lo reconoce en Veracruz después de haber pasado dos años perdido en las Hibueras».

Tomando tales ideas como punto de partida, nuestra propuesta es un poco distinta. Es indudable que Bernal defiende el mérito de la hueste en su conjunto, en oposición a la imagen exclusiva del héroe que diseñan López de Gómara y el propio Cortés en sus Cartas de relación. Sin embargo, las lágrimas de Cortés no obedecen necesariamente a un propósito de patetismo para dejarlo mal parado, sino para hacer evidente su condición de héroe épico, clásico, bajo la sombra del Cid (que también llora y sufre reveses) y de una tradición literaria prestigiosa, en la que el protagonista lloraba para expresar su virilidad y entereza. En otras palabras: llorar no es, necesariamente, un defecto o una tacha moral que evidencia flaqueza, como podría percibirse en tiempos actuales. De hecho, según veremos, Bernal matizará esta posible lectura del llanto como debilidad dentro de su narración. Las lágrimas serían, entonces, un ingrediente más del retrato complejo (con luces y sombras) que elabora el veterano de su viejo capitán, al que expresa su devoción a través de, en palabras de Verónica Cortínez, «cierta objetividad distanciada que, si bien ubica a Cortés en el centro de la escena, lo anima y lo humaniza».

El artículo completo, junto a otros trabajos más diversos e interesantes, acaba de salir publicado en Hipogrifo. Revista de literatura y cultura del Siglo de Oro 4.1(2016): 103-117.

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