El teatro de Miguel de Cervantes

9788498951745_l38_04_hEn 2015 apareció el volumen de Comedias y tragedias de Miguel de Cervantes, coordinado por Luis Gómez Canseco, bajo el sello de la Real Academia Española. Este año ha aparecido El teatro de Miguel de Cervantes, que puede considerarse un útil apéndice o “primo hermano” de aquella edición, según lo definen sus tres autores, Ignacio García Aguilar, Luis Gómez Canseco y Adrián J. Sáez. En su brevedad, el libro expone los rasgos esenciales de la obra dramática cervantina, su evolución, sus logros y limitaciones.

Cervantes, según propio testimonio, amaba el teatro, aunque esta pasión no se plasmó precisamente en un teatro de vanguardia. Formado en la literatura del siglo XVI, el alcalaíno fue un innovador absoluto en la forma novelesca, pero su dramaturgia se queda un tanto anquilosada y nunca llega a cuajar del todo. Hay muchas explicaciones a este desfase, que le hizo perder el tren de la comedia nueva del XVII: la personalidad desbordante de Lope de Vega, sea por talento, carisma o éxito en el patronazgo, que opaca toda propuesta dramática paralela; su cautiverio argelino, que le hizo obsesionarse en torno a un par de temas (el heroísmo del cautivo o el cerco militar); o su gusto por lo espectacular, que dados los recursos de la época solía naufragar en obras de montaje algo torpe; o simplemente que no tenía don literario para las tablas. En torno a esto último, piénsese que con Lope es al revés: su prosa es accesoria de su rica obra dramática; su libro en prosa más sobresaliente es La Dorotea, que en realidad está dispuesta siguiendo una estructura teatral.

El teatro de Miguel de Cervantes nos propone tres periodos en la dramaturgia del autor de Don Quijote: la primera, de 1582 a 1587, corresponde a La Numancia, El trato de Argel, La confusa y La conquista de Jerusalén. La segunda etapa, de transición, corresponde a los años posteriores a 1587, en su segunda etapa sevillana, hasta la mudanza a la corte, por los años de la primera parte de Don Quijote de la Mancha. En esta etapa compone Los baños de Argel (reescritura de El trato de Argel) y la complicada Casa de los celos y selvas de Andrenia. El último periodo en su teatro es el que va desde el éxito de la primera parte de Don Quijote, en 1605 hasta la publicación de las Ocho comedias y ocho entremeses, en 1615, en el que se incluyen las siguientes obras extensas: El gallardo español, La gran sultana, El laberinto de amor, El rufián dichoso, La entretenida y Pedro de Urdemalas, a las que se suman las dos comedias de la etapa previa (Los baños de Argel y Casa de los celos).

Junto a los dos temas obsesivos advertidos más arriba (el cautiverio y el asedio militar), Cervantes desarrolla los temas del amor y la aventura (La casa de los celos y El laberinto de amor), así como la picaresca (Pedro de Urdemalas, El rufián dichoso y La entretenida). En torno al primer asunto, es interesante notar que la trama laberíntica logra mejores resultados en su prosa, como lo demuestra el extenso episodio de la venta y los amores que se entrecruzan en ella en el Don Quijote de 1605. En torno a la recreación del mundo picaresco, los resultados son mucho más convincentes: tanto Pedro de Urdemalas como El rufián dichoso están a la altura de la complejidad literaria de novelas cortas como La ilustre fregona o Rinconete y Cortadillo, que abordan el tema con el mismo propósito paródico y renovador.

Por otro lado, los ocho entremeses de la colección de 1615, que son las piezas teatrales cervantinas que han gozado de mayor fortuna crítica, también van a contracorriente de las tendencias de la época, en que imperaba la fórmula de Quiñones de Benavente, y se remontan, de nuevo, a prácticas previas, con Lope de Rueda como modelo. Probablemente por su original tratamiento del humor, del que es muestra excelente Don Quijote, los entremeses de Cervantes han logrado ponerse casi a la altura de su obra narrativa y se codean de tú a tú con ella en la tradición crítica. Un entremés como El retablo de las maravillas nos recuerda la misma perspectiva metaliteraria de las mejores páginas cervantinas.

El teatro de Cervantes se cierra con tres secciones sumamente útiles. La primera (“Función en las tablas”) resalta el esmero del alcalaíno en las acotaciones escénicas, lo cual evidencia que, pese a que las piezas no fueran representadas, su autor tenía plena conciencia de los mecanismos de producción y nunca perdió su interés en verlas montadas. La segunda, llamada “Recepción y crítica”, nos plantea la historia de los montajes de estas obras, sumada a la trayectoria de las investigaciones en torno al teatro cervantino, así como su más reciente estado de la cuestión. Por último, la tercera sección se compone de una antología de textos cervantinos sobre el teatro: el prólogo de las Ocho comedias y ocho entremeses; la conversación sobre el teatro inserta en el capítulo XLVIII del Don Quijote de 1605; el diálogo entre Comedia y Curiosidad proveniente de la segunda jornada de El rufián dichoso; un fragmento de la Adjunta al Parnaso; y el contrato de 1592 entre Cervantes y el autor de comedias Rodrigo de Osorio. Con todo ello, El teatro de Cervantes constituye una excelente introducción a la dramaturgia de aquel gran “aficionado a la carátula” que fue el autor de Don Quijote.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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