“Yo soy un pícaro de playa”: la picaresca en “La que se avecina”

880x_lqsa-fernando-tejeroLa picaresca es un género literario, un mito, una incursión sociológica, un recurso humorístico y hasta una forma de vida. De todas estas facetas, probablemente la cómica es la más dúctil. El personaje del pícaro es un clásico del humor hispánico y se adapta a toda clase de entorno ficcional. Identificado como un mito nacional, su vigencia se mantiene y se revitaliza con cada nueva recreación. Una serie como La que se avecina ha echado mano de muchos recursos de la tradición cultural nacional para consolidarse como referente de la ficción cómica española por varios años. Desde su primera temporada, contaba con el personaje de Máximo Angulo (interpretado por Eduardo Gómez), más conocido como Maxi (pronunciado “Masi”) o Mente fría, quien se definía como un “sobreviviente”. Maxi era el que trazaba planes, orientados al fracaso, para engañar, distraer o salirse con la suya con “argucias”, para sus amigos, los vagos del bar (Javier, su padre Vicente, Amador y Leonardo): la picaresca en estado puro. Sin embargo, Maxi era un pícaro retirado, que en cada ocasión que podía contaba algo de su pasado, hecho de ocasiones perdidas (“yo rechacé un trabajo de la NASA”, “yo rechacé ser entrenador de Nadal”, etc.) que evidenciarían su gran talento. Como pícaro viejo, se le daba bien la adopción de disfraces, como el de hombre de negocios o militar veterano. Para la segunda temporada, Maxi ya es socio y administrador del bar del edificio, el Max & Henry, un negocio que nunca levanta vuelo y se vuelve la base de operaciones de los vagos. La edad de Maxi así como su marginalidad respecto de los propietarios hacía que sus aventuras fueran siempre secundarias o dependientes de las vicisitudes de las figuras principales de La que se avecina. No recuerdo ningún capítulo en que tuviera el protagonismo completo de una de las dos o tres líneas argumentales que suelen presentarse.

Por ello, la aparición de Fermín Trujillo (interpretado por Fernando Tejero), en la temporada 6, capítulo 80, representaba una consolidación de la vía picaresca en la serie. El personaje de Fermín reemplazó paulatinamente a Maxi, hasta que este desapareció en la temporada 7. A diferencia de Máximo Angulo, Fermín ha merecido un mayor desarrollo: sabemos más de su pasado y ha sido protagonista de líneas argumentales repetidas veces. Fermín Trujillo es también un pícaro, aunque su edad lo hace aún estar vigente y poder asumir nuevos retos y evolucionar. Así, podemos encontrar en él algunas de las características picarescas que asomaban en Maxi, pero que ahora están más elaboradas y expandidas.

Para empezar, a diferencia de Maxi, Fermín asume su identidad picaresca con orgullo. “Yo soy un pícaro de playa”, repite varias veces, desde la temporada 7. Y el resto de personajes lo identifica así, como su propia hija, Lola, para defender su habilidad para afrontar cualquier dificultad: “Perdona, pero mi padre es un pícaro de playa”. Como Maxi, Fermín encarna el viejo refrán: Hombre pobre todo es trazas. Desde joven, Fermín se ganó la vida vendiendo espetos en las playas de Málaga, donde ha ejercido de pícaro (de allí la frase famosa que lo identifica) con otros tantos oficios vinculados al turismo en la costa. Esa experiencia es la que le permite afirmar: “Yo tengo un máster de vida”. ¿Habrá que recordar a los pícaros de la costa gaditana, en Zahara de los Atunes, aquel “finibusterrae de la picaresca”? Las ganancias de Fermín provienen de los turistas alemanes y suecos que, en masa, van a la costa del sol con dinero. Frente a ellos desataría su agilidad verbal y el ingenio para la estafa, habilidades que le quedan intactas en Montepinar, donde también ha sabido sobrevivir “de gorra” y apelando a todo tipo de trapicheos en la comunidad: haciendo trabajos para Enrique y Antonio (como hacerse pasar por “el rey de los inodoros”), vendiendo lotería, haciéndose cargo de reflotar el Max & Henry, siendo manager de artistas, haciendo de su vida con Estela Reynolds un reality, etc. En esta última temporada, se le ve como mano derecha o “el Richelieu” del nuevo presidente de la comunidad, su consuegro Vicente; en este puesto, naturalmente, no deja de sacar provecho personal de cualquier oportunidad que se le presenta.

Recordemos que el pícaro no es precisamente inteligente o sabio, sino astuto: apela a conocimientos (falsos o imprecisos, pero que suenan grandilocuentes) para convencer a sus víctimas, que suelen caer seducidos frente a sus palabras. Esta astucia es propicia para desarrollar un perfil negociante. Tal es una faceta del pícaro que exploró con agudeza Michel Cavillac, la de la vocación mercantil. Desde el Lázaro vendedor de vinos hasta la Teresa de Manzanares vendedora de pelucas o el Estebanillo dueño de un burdel en Nápoles, pasando por el Guzmán mercader, el pícaro es un emprendedor, como parte de su idea de hacerse a sí mismo: Fermín intentó montar un negocio propio desde temprano, con su añorado “negocio de los pedalos” (que acabó cuando murieron los turistas belgas), su taquería mexicana (que llegó a tener tres locales, según él: “Taco Loco 1”, “Taco Loco 2” y “Taco Loco 3”), Tele-espeto (que no funcionó por la falta de demanda) y ahora el Max & Henry, que también parece condenado al fracaso.

bDol4-xx_400x400El pícaro quiere ser empresario como un ejercicio de autonomía, dada su necesidad de ser independiente económicamente en un contexto donde la vía más común de enriquecimiento es la burocracia. Pero la burocracia implica integrarse al sistema, servir al ciudadano y formalizarse. Fermín, como buen pícaro, no confía en la ley, siempre opta por darle la espalda y, por ende, odia a sus representantes. Cada vez que choca con un policía, lo insulta (“pitufo cabrón” es su grito favorito) y escapa. Solo en una ocasión riñó con unos agentes bajo esta justificación, en el capítulo 102 de la temporada 8: “Yo es que tengo un problema con la autoridad”, dijo entonces.

Por último, una faceta adicional que confirma el carácter esencialmente picaresco de Fermín: su vida amorosa. Pese a su labia, el pícaro nunca tiene suerte seduciendo mujeres, por lo que se asocia con prostitutas, a las que suele después explotar. Fermín tiene una trayectoria similar. Pese a que se vanagloria de sus lances amorosos, solo se le conocen dos relaciones auténticas: Estela Reynolds, quien lo violó detrás de una barca cuando él era un adolescente y más tarde, en su turbulenta vida (de alcohólica aspirante a vedette), le saca dinero haciéndole creer que su hija es retrasada mental; y Raluka, una prostituta rumana a la que, según él mismo, “sacó de la calle” y con la que se casa para que no la deporten. Con ese historial, no obstante, en sus primeras intervenciones, Fermín se preciaba de haber estado con “más de mil mujeres” y el número fue aumentando progresivamente hasta las “tres mil mujeres”. El pícaro confirma su timidez y falta de recursos con las mujeres que no son venales (tan pícaras como él), cuando se enamora realmente de una distinguida mujer (en el capítulo 105 de la octava temporada). Entonces se evidencian sus limitaciones: ante Olga, aquella mujer rica y educada, apenas balbucea y no logra desenvolver ninguna de sus conocidas argucias de pícaro. En ese momento afloran las características de fealdad y torpeza que configuran la comicidad grotesca del género picaresco. Fermín frente a una dama resulta tan ridículo como Guzmán de Alfarache seductor en Toledo o el feo, bajito y ruin Pablos de Segovia galanteando en la corte.

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