“Bartleby y compañía” de Enrique Vila-Matas

NH279_GBartleby y compañía (2000) es una muestra de ese género de textos que Macedonio Fernández denominaba “literatura no empírica”: un texto cuya materia es la especulación teórica sobre la naturaleza de la creación literaria y sus alrededores. Otras muestras de literatura no empírica notables son, por ejemplo, el Museo de la novela de la eterna del propio Macedonio, la sección del “diario de la beca” de La novela luminosa de Mario Levrero o El loro de Flaubert de Julian Barnes. Los textos referidos están a caballo entre la narrativa y el ensayo: juzgados solo como relatos, serían fallidos, ya que el narrador rompe el pacto ficcional con frecuencia, introduce digresiones y toma distancia de cualquier hilo dramático; leídos únicamente como ensayos, resultarían poco rigurosos, por las impertinencias narrativas que los invaden.

Como “literatura no empírica”, Bartleby y compañía es lectura apropiada para escritores o aspirantes a serlo. El título obedece a lo que el narrador, un escritor que es oficinista y jorobado (imagen tal vez humanizada de Gregorio Samsa), llama el síndrome de Bartleby, aquel mal que sufren los escritores que renuncian a escribir, dejando una obra inconclusa o en ciernes. Hay eminentes Bartlebys, en todos los lugares y épocas: Petronio, el autor del Satiricón, según la leyenda que plasmó Marcel Schwob; Emilio Adolfo Westphalen, que se pasó cuarenta años en silencio; Arthur Rimbaud, quien abandonó la escritura a los diecinueve años; Juan Rulfo, el que, tras Pedro Páramo y El llano en llamas, no volvió a publicar nada, como John Salinger. El narrador de Bartleby y compañía recoge y analiza cada caso, escudriñando en los motivos e intentando hallar la causa que conduce a un escritor de demostrado talento a renunciar a la escritura. Se descubre que generalmente los escritores ponen excusas, las cuales a veces producen una sonrisa, por el ingenio de la respuesta, o mera perplejidad. “Es que se murió mi tío Ceferino”, contestaba Rulfo cuando le preguntaban qué le había ocurrido. “No estoy en disposición”, decía Westphalen.

Cuesta entender para el lector moderno que un escritor opte por el silencio. El mundo actual prioriza la comunicación y se aterroriza ante el silencio, ya que lo interpreta como represión o censura. En un mundo en que la libertad y todas sus manifestaciones configuran un ideal, una meta que se asocia con el bienestar, resulta difícil renunciar a decir algo. Las redes sociales están basadas en el acto de compartir, al margen de si lo que se comparte tiene algún valor o relevancia intrínseca. Estamos lejos del viejo concepto del silencio como acto ascético o de sabiduría. Muchos de nuestros escritores clásicos renunciaron a escribir, ora por identificar la literatura con una actividad juvenil o estudiantil, ora por abrazar una vida dedicada a la religión o la política, empresas ambas mucho más honorables –según ciertos criterios antiguos- que las letras. Pensemos en Fernando de Rojas, autor de La Celestina, quien no volvió a tomar la pluma y del que solo sabemos que, en su vida adulta, se dedicaba únicamente a litigar. Rojas habría dicho, con modestia, que escribió La Celestina en las vacaciones y que al acabar los estudios en Salamanca, tenía que sentar cabeza, madurar. Pensemos en el autor del Lazarillo de Tormes, que suelo imaginar como un moralista, un hombre de religión o funcionario, de lecturas meditadas, que escribe su alegato crítico, único y genial en su brevedad y simpleza. Es ingenuo creer, como hacen varios estudios que atribuyen el Lazarillo a Vives, Alfonso de Valdés u otros autores del siglo XVI, que quien escribió un buen libro va a querer necesariamente escribir otros en una época en que la figura del escritor profesional estaba aún tomando forma. Se me antoja otro Bartleby del Siglo de Oro: el autor de la Epístola moral a Fabio.

Un caso singular de Bartleby platense que no se encuentra en el libro de Vila-Matas: el padre de Jorge Luis Borges. Un poeta aceptable, según el juicio riguroso de su hijo, que no solo renunció a llevar una vida literaria sino que exigió que se quemaran sus textos para no pasar siquiera por el juicio de la posteridad. Borges comprendió bien la decisión de su padre: había dispuesto que el oficio de escritor lo asumiera su hijo como un destino, una vocación irrenunciable y fatal. Ese padre, Jorge Guillermo Borges, era el mismo que le dijo a su hijo que su mayor deseo en la vida era ser invisible. El Bartleby aspira a la invisibilidad por convicción: no deja de escribir por pereza, sino por lucidez.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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