“El tigre blanco” de Alonso Cueto

el-tigre-blanco-alonso-cueto-autores-peruanos-1985-9127-MPE20012370809_112013-FEn 1985, Alonso Cueto, quien tenía por entonces 31 años, obtuvo el Premio Wiracocha de Novela con esta novela. El tigre blanco fue galardonada por un jurado en el que participaron, entre otros notables, Ricardo González Vigil, Julio Ramón Ribeyro y Mario Vargas Llosa. Los concursos suelen reflejar las tendencias estéticas de una época y hasta se vuelven hitos para definir movimientos literarios y etapas en la trayectoria de un escritor. Cueto había publicado dos años antes su primer libro de cuentos, La batalla del pasado, en España, en un sello aún nuevo que había fundado Camilo José Cela, Alfaguara, que solo una década más tarde, cuando desplazó a Seix-Barral, se volvería la máquina editorial que todos ahora conocemos.

El tigre blanco es la consolidación de la poética narrativa que delinea Cueto en La batalla del pasado. Podría incluso decirse que la novela es resultado de la ampliación (de escenas, personajes y digresiones) de lo que pudo ser un cuento de su primer libro. Las atmósferas de Cueto en esa época bebían de la literatura anglosajona de inicios del siglo XX, con un estilo que recuerda al de Henry James: personajes burgueses que viven en el extranjero o que abrazan un exilio interior, con conflictos íntimos propios de sujetos melancólicos, solitarios e introspectivos. Cueto revestía sus historias de una pátina de niebla, con un estilo moroso, reflexivo, impregnado de referencias cultas (especialmente literarias y cinéfilas) y con recursos narrativos clásicos. El resultado era, para inicios de la década de 1980, convincente y relativamente nuevo: se alineaba con la obra de Luis Loayza, quien había vuelto con sus cuentos de Otras tardes, y armonizaba con el primer libro de relatos de Guillermo Niño de Guzmán, Caballos de medianoche, otro proyecto narrativo, basado en la poética de Ernst Hemingway y otros autores de la Generación Perdida, que prometía mucho.

En ese contexto, el premio para El tigre blanco constituía un espaldarazo a una forma de narrar que dos autores de la generación previa, como Ribeyro y Vargas Llosa, aprobaban y auspiciaban. La novela de Cueto tiene mérito. En primer lugar, propone un estilo propio, novedoso para el panorama literario peruano de entonces, y satisface las exigencias de la poética que se plantea. El cuarteto de personajes está bien equilibrado y el narrador nos sumerge en sus vidas y conflictos con sutileza y elegancia: Potts, grueso y pragmático, frío, self-made man, su sigilo precede al despliegue de su energía, ya que él es el tigre blanco del título; Donna, la bailarina, frívola y también pragmática, quien sentía hacia él tanto admiración como miedo; Juan, el arquitecto, delgado, refinado y solitario, también nuevo en la ciudad, como Potts, pero de corazón blanco y sin segundas intenciones; Kaye, la mujer frágil, sensible, quien inicialmente encuentra en Potts al tigre protector, pero al desengañarse alcanza a vislumbrar su poder destructivo. Además, el desarrollo narrativo en tres partes es efectivo y simétrico: en la primera se presenta la llegada de Potts, su matrimonio con Kaye, que significa su exitosa integración a la sociedad de New Orleans, y la crisis que se avecina con la aparición de Juan; la segunda narra la llegada de Juan, su historia de amor con Kaye, sus idas y venidas, el descubrimiento de la infidelidad por parte de Potts; la tercera expone cómo la muerte de Potts trajo consigo la separación de Kaye y Juan, la resaca de lo vivido entre ellos y su reencuentro final, con la sombra de una duda, la inquietud en torno a Potts, aquel fiero tigre blanco que siempre estará al acecho.

Más allá de la trama bien hilvanada, la prosa ofrece pasajes notables, como este:

Una noche Kaye pensó que el mundo aparecía delante de ella por primera vez, como un lugar recién descubierto. Una niebla temerosa, hecha de sentimientos vagos y melancólicos, la acompañaba en sus proyectos sobre los años que vendrían. La pequeña torre del jardín había sido reemplazada por su dormitorio. En ese cuarto grande, adornado por algunas pinturas de muchos colores, ella pasaba las tardes meditando en islas humeantes, en ciudades de edificios negros y agudos que alguna vez iba a conocer, llevada de la mano por un hombre joven de traje azul. La mezcla de terror y de nostalgia que le producían estas visiones se debía a que en todas ellas, aun en los ambientes más extraños, estaba de algún modo, como un espectro, esa casa de líneas rectas en la que vivía, esa pared con los retratos de sus parientes muertos, ese rostro vigoroso y tierno de la mujer que se acercaba todas las mañanas a despertarla.

Esta poética narrativa de Cueto prosiguió en los cuentos de Los vestidos de una dama (1987) y, ya menguante, en la novela Deseo de noche (1993), la cual plantea un desplazamiento hacia la trama policial, asuntos más o menos contemporáneos, color local y una prosa más bien proclive al minimalismo, lejos de la morosidad y los ambientes neblinosos de antaño. Este nuevo estilo, que se desarrollará en El vuelo de la ceniza (1995) y Grandes miradas (2003), se consagra en La hora azul (2005). El tránsito observado en la poética de la novela de Alonso Cueto, al margen de juicios de corte estético que no dejarían de ser subjetivos, llama la atención. Mientras Cueto evolucionó hacia un estilo realista y hasta ideológicamente comprometido, su compañero de generación, Guillermo Niño de Guzmán, mantuvo un perfil bajo y no ha llegado a publicar una obra de envergadura que hiciera justicia a todo lo que prometía Caballos de medianoche hace treinta años. Por otra parte, Fernando Ampuero, también contemporáneo de Cueto y Niño de Guzmán, alcanzó su pico más alto en Malos modales (1994) y luego se dispersó, más enfocado en el periodismo.

Es provocador preguntarse qué ocurrió con estos narradores que en los años ochenta constituían nuevos exponentes de la narrativa peruana, con propuestas originales y prometedoras que iban más allá de los paradigmas de la Generación de 1950, marcada por Ribeyro y Vargas Llosa. Me atrevo a pensar que el terrorismo, cuyo impacto empezó a percibirse en Lima a fines de los años ochenta, vino a alterar sus planes y provocó alguna que otra crisis estética. Leer los cuentos de La batalla del pasado (como “La venganza de Gerd”), Los vestidos de una dama (como “La distancia”) o algunas páginas de El tigre blanco nos llevan al túnel del tiempo, a una época en la que se podía escribir al margen de debates ideológicos o tomas de posición políticas. A mí, el caso de Alonso Cueto y otros escritores de su generación me recuerda, invirtiendo términos, lo que Agustín de Foxá le confesó a Franco: “Si por algo odio a los comunistas, Excelencia, es porque me obligaron a hacerme falangista”.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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