“El mal de Montano” o la literatura como enfermedad y forma de vida

EMM_dB_355Publicada en 2002, El mal de Montano constituye un clásico moderno. Leído catorce años después, su originalidad resulta menos evidente que la que se le reconoció por entonces (la cual le valió el Premio Herralde de Novela de ese año): hay toda una retahíla de libros que, con igual o menor fortuna (los más), lo ha replicado y abrazado su poética. El mal de Montano supuso una ruptura con la literatura de los años noventa en España, con figuras consolidadas como Javier Marías y Antonio Muñoz Molina. Enrique Vila-Matas sigue la vertiente de la novela como antinovela: textos como El mal de Montano o Bartleby y compañía se proponen como ensayos, diarios personales, dietarios, reflexiones, monólogos, fragmentos, cuadernos o cualquier otra cosa menos una narrativa que identificamos convencionalmente con la forma “novela”.

Dicha poética del Mal de Montano si bien representa una ruptura y una innovación en el campo literario de fines del siglo XX recupera y se apropia de toda una tradición que podemos identificar con la de escritores de Europa Central (Franz Kafka, en primer lugar, luego el suizo Robert Walser, hasta el alemán Thomas Mann), con la figura de Michel de Montaigne y otros escritores de diarios que indagan en su yo más íntimo (como Jules Renard), y finalmente la huella indeleble que dejaron en la literatura rioplatense Macedonio Fernández, Felisberto Hernández y Jorge Luis Borges.

El punto de partida de esta poética que encarna El mal de Montano es la negación de la forma “novela”. Así se rompe con la idea básica de la mímesis, la imitación de la realidad, y se propone una constante deconstrucción de esta. La realidad se ausculta, se desmonta, se estira y se rompe para ver su textura. Si hay novelas que proclaman, desde su primera página, una celebración de la metaliteratura (“esto que lees es una novela”, “yo soy el narrador, sígueme”), en El mal de Montano el narrador se niega a escribir una novela. Las cinco partes del libro pueden entenderse como reacciones, comentarios o esbozos de esta incapacidad de crear una obra. La causa es una enfermedad, aquel mal de Montano que posee su equivalente en lo que Juan Carlos Onetti denominaba literatosis: la vocación por la literatura que se vuelve obsesión enfermiza y destruye, anquilosa, el ingenio, a causa de la impotencia.

Este malestar de la literatura se identifica con el marasmo del final de siglo y el agotamiento de la literatura como proceso cultural. El mal de Montano pretende también ser también un testamento de la literatura europea u occidental en un momento clave, 2001, que coincide con el ataque a las Torres Gemelas y la sensación de crisis ante lo que parece ser el inicio de la tercera guerra mundial. El yo, que es primero un crítico y luego un escritor, resulta una figura elusiva, en la medida en que aspira a encarnar a la literatura misma. El yo se desvanece porque se reconoce enfermo y sobrelleva su mal como puede, escribiendo alrededor de sí mismo, de allí que se incline por el diario como medio de expresión más idóneo. Montano, en ese aspecto, nos remite a Montaigne, al ensayista francés cuyos textos también eran un constante revolverse del yo. También conviene recordar al poeta varguardista Oliverio Girondo, evocado a través de la madre del narrador, Rosario Girondo, y el verso el pentotal a qué, de su celebrado libro En la masmédula. Pero a Girondo también se debe el gerundio mágico yoyeando y hace se dedica el narrador de El mal de Montano a yoyear como Girondo y a ensayar (o sea “intentar”, “probar”) como Montaigne. Por eso el momento de la epifanía del libro se debe producir en aquella montaña de Suiza cuyo espíritu va a atraparse: el “espíritu de la montaña” nos recuerda a la senda de Montaigne (quien en el siglo XVII era llamado “el señor de Montaña” por Quevedo) y también La montaña mágica de Thomas Mann, aquel albergue adonde se retiran los enfermos.

Por todo lo apuntado hasta aquí, que son solo ideas sueltas, El mal de Montano es un laberinto con innumerables claves y pistas que vuelven cada lectura en un recorrido distinto. El libro ha tenido una influencia grande en la última década y todo aprendiz de escritor a partir de 2002 ha bebido de su lección, al menos parcialmente. Por ello, además de por su calidad intrínseca, la lectura de El mal de Montano es imprescindible para entender los caminos de la novela actual.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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