Epistolario de Américo Castro y Marcel Bataillon (1923-1972)

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Américo Castro (1885-1972)

En 2012, Simona Munari publicó las cartas que, durante casi medio siglo, intercambiaron Américo Castro y Marcel Bataillon, notables figuras de los estudios auriseculares, unidos por una sólida amistad transatlántica, hecha de intereses mutuos e intenso debate intelectual. Las cartas conservadas, cuya mayoría proviene del archivo de Bataillon (más sedentario y organizado que Castro), reflejan las vivencias y trayectorias de sus autores en varios aspectos.

En primer lugar, al tratarse de un periodo tan largo, las cartas nos permiten ver la evolución de sus carreras. Ambos comparten, por ejemplo, problemas domésticos, en una época en que las esposas eran, salvo excepciones, meras acompañantes y criadoras de los hijos del catedrático (que por lo general había sido profesor suyo), así como el trajín de las mudanzas y la competencia –verdadera carrera de obstáculos- por alcanzar una plaza universitaria estable. Bataillon, tras ser profesor de escuela, pasa a trabajar en una universidad en Argelia, donde gesta su monumental tesis de Erasmo y España (1937), la cual lo llevará a la Universidad de París y después al Collège de France. Castro la tiene más difícil: es uno de los primeros en marcharse, en plena Guerra Civil, y recala inicialmente en la Universidad de Wisconsin en Madison. Esta es, ahora, una plaza vigorosa y de tradición en el hispanismo, en parte gracias a la llegada de Castro, quien, en 1938, le pide a Bataillon que le envíe noticias bibliográficas ya que “estoy muy mal enterado de lo que se escribe desde que empezó esto [el trabajo en Madison]”. Tras Wisconsin, Castro va a Texas y, desde 1942 contamos con cartas suyas fechadas en Princeton, un lugar al que acabará extrañando en sus últimas comunicaciones como jubilado, primero desde La Jolla y luego desde Madrid. En Princeton llega a tener discípulos, como él mismo lo admite, y cuenta con el apoyo en décadas siguientes de figuras dentro de su universidad como en los alrededores, como Vicente Llorens, Stephen Gilman (su discípulo más aprovechado), Claudio Guillén, Albert Sicroff y Francisco Márquez Villanueva (quien admitía siempre haberse nutrido grandemente de don Américo). Precisamente en su última carta conservada, de mayo de 1972, con ochenta y siete años encima y casi dos décadas jubilado, afirma en su morada de Madrid: “Continúo sintiéndome profesor de Princeton”. Casi al final de su vida, descubrirá que también cuenta con fieles seguidores en España, como Paulino Garagorri y Julio Rodríguez-Puértolas.

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Marcel Bataillon (1895-1977)

En cierta medida, Bataillon empezó siendo discípulo o al menos reconociendo a Castro como un mentor. El francés nunca dejó de evocar que fue el autor de El pensamiento de Cervantes quien le recomendó indagar a fondo en la presencia de Erasmo en España. La diferencia de edad (diez años) auspiciaba una relación en la que Castro llevase cierta ventaja, por experiencia y jerarquía, pero el exilio y la dificultad que tiene este para que sus teorías sean unánimamente aceptadas hace que la relación se horizontalice. En medio siglo, la comunicación pasa por altibajos y hay etapas en las que Castro suena desalentado, otras eufórico y hasta visionario incomprendido. Como ya indicamos en alguna entrada previa, el trabajo de Castro era polémico, a contracorriente de varias ideas nacionalistas vigentes en su época (y ya del todo desterradas o matizadas). Esta pugna por hacerse escuchar se cruza con una personalidad nerviosa y experta en desengaños y rechazos. Imposibilitado de volver a España por la intelectualidad del régimen franquista, que lee sus libros con sospecha (aunque nunca se prohíbe su circulación), Castro se siente a menudo totalmente solo y su lectura de Cervantes converso parece reflejar su relación con esos poderes monolíticos que no aceptan sus planteamientos: desprestigiado por los conservadores, los marxistas tampoco lo ven con buenos ojos y las corrientes teóricas vigentes en su época (él mismo habla de la indiferencia de los formalistas y estructuralistas) tampoco captan su mensaje. La furia de Castro se ensaña con sus bestias negras: Leo Spitzer, Eugenio Asensio y Claudio Sánchez-Albornoz (su odio por este último hace que ni siquiera lo llame por su nombre).

Ante esta situación, Castro busca en Bataillon una instancia de aprobación de sus teorías. La diplomacia y el racionalismo que exhibe este último (hay que apreciar su mesura y objetividad, que no excluye cariño amical) en las cartas conservadas resultan ejemplares y acordes con la imagen pública que siempre tuvo aquel al que llaman Príncipe de los Hispanistas. Al fin y al cabo, Castro, formado en la Vieja Europa, seguía considerando como paradigmas intelectuales Francia y Alemania, aunque quizás sin ser del todo consciente estaba dándole forma (con La realidad histórica de España y De la edad conflictiva) a un hispanismo norteamericano que ahora cuenta con una tradición que él inició y prosiguieron algunos de sus discípulos. Las cartas de Castro son testimonio de un estilo vigoroso que ya se encuentra en sus trabajos, impregnados de compromiso y pasión. De las muchas lecciones que aún puede brindarnos Américo Castro, resalto una, surgida a propósito de la aparición constante de la palabra “erudición” en el epistolario. Castro, como formado inicialmente en filología de base decimonónica, reconoce la necesidad de la erudición para el estudio de la literatura del Siglo de Oro. Pero la erudición por sí misma no aporta nada. Así, comentando un trabajo de Bataillon sobre Andrés Laguna, el médico escritor, presunto autor del Viaje de Turquía), sostiene: “Muy bien su análisis, no solo de la arrogancia erudita de nuestro buen doctor [Laguna], sino de lo que había detrás de ella. Ese es el camino: la erudición, además de erudición, es algo que le acontece a alguien, en su vida, en eso que los eruditos a secas se empeñan en ignorar” (12 de marzo de 1964). Abatido, un par de años más tarde, por datos fríos, a través de documentos, que sus enemigos eruditos acumulan para desacreditar sus afirmaciones, afirma: “Soy simplemente un historiador, cuya obra es voluntariamente ignorada por unos rufianes de la profesión erudita, y reducida a chisme de café, y que los historiadores españoles callan, a reserva de lanzar la calumnia de que mi historia no está ‘documentada’” (8 de marzo de 1967). Los siglodoristas de generaciones posteriores han sabido hacer una criba en la producción de Castro, impulsada por luminosas intuiciones, y separar el trigo de la paja. El apoyo de amigo y académico, a la distancia, de Bataillon fue fundamental para que Castro perseverase en su proyecto crítico; no obstante, como caballeros de otra época, nunca dejaran de tratarse de usted.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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