César Moro y la imagen de la piedra

cesar-moroCésar Moro se encontraba en las antípodas del indigenismo. No solo lo testimonia a través de su obra poética, sino también en un ensayo, furibundo, titulado “A propósito de la pintura en el Perú”. En este texto apunta a la escuela indigenista encabezada por José Sabogal, que se ha apropiado de la pintura nacional hasta el grado de exacerbar los extremos de lo “nuestro” y lo “extranjero”:

Guay, del que en mi país se atreva a mirar el mundo con ojos que no sean los de un denodado pintor indigenista a los del escritor folklórico: inmediatamente es tratado de extranjerizante, afrancesado y enemigo acérrimo del indio, de ese fabuloso mito de cartón que les produce rentas, entendiendo, sin duda, por amigos del indio a las vetustas turistas sajonas que, álbum de acuarela en mano, se dedican a sorprender el alma del Ande, para hablar como un indigenista perfecto, dándonos hasta la náusea la consabida imagen del indio en una postura pre-natal, con la quena entre las manos como símbolo compensatorio demasiado claro de la virilidad adormecida y cantada por cuanto vate al servicio de la casta explotadora ha existido en el Perú.

Con su sensibilidad artística, a Moro le irritaban los lugares comunes y mucho más cuando se hallaban en manos de una élite cultural burguesa que él identificaba con creadores que, desde un escritorio, habían convertido la explotación del indígena en materia comercial o atractivo turístico. El lenguaje lírico de Moro, exuberante y sensual, posee un repertorio de imágenes esenciales, como ciertas partes del cuerpo (cabeza, cabellera, piernas, etc.), elementos de la naturaleza (agua y fuego, especialmente) y objetos, tanto inanimados como vivos (piano, tortuga, tigre, etc.). En ese conjunto variopinto, resulta curioso encontrar una imagen cara al indigenismo cuyo origen, en el contexto de la poesía de Moro, pasa desapercibido y que adopta matices nuevos de significación, gracias al universo metafórico al que se integra: la piedra. Por homogeneidad, todas las citas de poemas en francés se presentarán en su traducción castellana, proveniente de Prestigio de amor (2002), antología a cargo de Ricardo Silva-Santisteban.

Un escrutinio de la voz “piedra” arroja varios ejemplos, que por limitaciones de espacio aquí no es posible desarrollar. Detengámonos, para empezar, en un verso suelto de Carta de amor:

¿No era tu sonrisa el bosque retumbante de mi infancia
no eras tú la fuente
la piedra desde hace siglos escogida para recostar mi cabeza?

La piedra, pese a su aparente dureza, se convierte en un sucedáneo de la almohada. En medio del mensaje amoroso, tan apasionado como violento por el deseo que lo consume, la piedra connota lo áspero y hermético que puede ser el sentimiento hacia la persona amada. Un poema como Piedra madre, del libro El castillo de Grisú, explora toda la riqueza de esta imagen:

Tú como yo tienes el ojo apagado piedra
Como yo sueñas con un cataclismo

Entre humedad sequía o tiempo indiferente
Una misma sed nos agobia
Parejo destino: la tierra el hastío

De tanto haberte escrutado oh piedra
Heme aquí en el exilio

Hablando un lenguaje de piedra
Al oído del viento

En el tiempo infinito
Se han secado las lágrimas
Pero ¿qué llaga
Encierra nuestro mundo?

 Solo la noche nos ama
Tú en su frescura reposas
Es el instante en que puedo alcanzarte
Y abandonar mi vida y lo que de ella queda
A todas las condenaciones eternas

 En su solidez e inmovilismo, la piedra parece dormida o que sueña. El yo del poema se identifica con ella, hasta llamarla madre, por la misma pasividad anhelante, que se manifiesta en la sed. ¿Cuál es el lenguaje de piedra que ese yo pretende hablar? El del silencio, cuya elocuencia solo puede comprender el viento, que todo se lo lleva y extravía. El viento es como el tiempo, ambos vencen a la piedra y al yo, cuyas lágrimas se secan. El dolor de su llaga no es fácilmente perceptible, pero en él se encuentra todo un mundo. El silencio de la piedra nos hace pensar en un fabuloso mundo interior dentro de ella, totalmente ajeno a todo lo que le rodea. La noche es el espacio clandestino, aquel en el que se puede hallar sosiego al sufrimiento. En esa oscuridad cómplice, la piedra y el yo se encuentran para refugiarse en la fortaleza y tesón de la piedra, que lo acompaña con su silencio, tan firme como quisiera el yo sobrevivir. Resulta inevitable encontrar semejanzas entre estos significados de la piedra con aquellos que explotó el discurso indigenista en su lirismo más desarrollado, como en José María Arguedas. En el primer capítulo de Los ríos profundos, frente a la hostilidad del Cuzco de su tío “El Viejo”, el niño Ernesto se refugiaba en la piedra del muro incaico, el cual para los demás era una reliquia fría y caduca. Ernesto tocaba la piedra, la percibía caliente y viva, aunque igual de hermética y encerrada en sí misma, cargando su dolor por lo sufrido, todavía firme pese a los siglos. Esta visión de la piedra en los Andes se remonta a relatos prehispánicos, como el de la piedra cansada, que incluye el Inca Garcilaso en los Comentarios reales: la piedra que no quiso avanzar, se postró y lloró sangre para que no perturbaran su descanso.

César Moro despreciaba el indigenismo, cierto, en tanto arte propagandístico y falso, pero no por ello despreciaba lo indígena en su manifestación más poética: la piedra como símbolo del dolor y la resistencia. Así la emplea en su poesía, desde versos sueltos hasta en un poema completo como Piedra madre. Finalmente, en su Biografía peruana (la muralla de seda), logra expresar su amor por un país antiguo, legendario, a través de una mirada que capta la poesía de cada detalle. A la piedra le brinda estas inspiradas líneas:

Pienso con fervor en el gran amor de los antiguos peruanos por las piedras. Cerca de Machupicchu, y en toda la región vecina se encuentran todavía inmensas piedras brutas trabajadas en un ángulo minúsculo y casi invisible, rodeadas de anfiteatros. Las fortalezas mismas no son sino la expresión del amor devorante y delirante de la piedra. Esas fortalezas elevadas sobre terrenos ya inexpugnables continúan fortaleza por fortaleza, superpuestas hasta el estallido tangible del acto gratuito.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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