Miquiño mío: las cartas de Emilia Pardo Bazán a Pérez Galdós

tapa_miquinomioBenito Pérez Galdós era ocho años mayor que Emilia Pardo Bazán y para cuando ella empezaba a escribir él ya era el escritor consagrado de los Episodios nacionales. Un elogio y mutuos intereses literarios, unidos por el realismo como escuela y la mirada crítica progresista sobre la sociedad española, forjaron una amistad sincera que luego se convirtió en idilio, alimentado por los celos. El testimonio de esta relación amorosa, en sus tres etapas, se encuentra en el epistolario, compuesto por 93 cartas, que publicaron en 2013 Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández. Miquiño mío”: cartas a Galdós cuenta con una esmerada edición (que supera la que publicó Carmen Bravo Villasante en 1975), un prólogo apasionado y muy útiles apéndices para poder seguir de cerca el amor de dos creadores. No obstante, la mirada es parcial, ya que se ha preservado una sola carta de Galdós dirigida a Emilia, la primera, de 1883, que abre la comunicación y desata la amistad, fruto de la admiración mutua y los buenos deseos. Son 21 cartas que afianzan el vínculo hasta 1887, cuatro años en los que Emilia corteja sutilmente a Galdós, como cuando le envía su retrato, y comparten sus escritos para comentarlos.

Entre 1888 y 1889 se desarrolla la etapa del amor más intenso, manifiesto en sus textos, pero mantenido en la reserva para el público. Se trata de 41 cartas, en las que Emilia oscila entre el tono más afectuoso (de donde sale aquel vocativo de “miquiño”, por “mico”, apodo que alterna con el de “ratón” y “ratonciño”), el aparentemente respetuoso y distante (por si la carta es interceptada, cuando lo trata de “usted”), y hasta el “maquiavélico” (es adjetivo que emplea Emilia para referirse al carácter ilícito de la relación), como cuando le pide que le conteste como si no hubiese leído sus amorosas palabras y le propone todas las opciones para un encuentro que parezca accidental.

Los temas de la correspondencia son también variados. Consumen varias páginas las peleas literarias, la ingratitud de la Academia, así como la dificultad para vivir de la escritura. Sin embargo, la dimensión más relevante de los textos es la expresión del amor de Emilia: un amor que ella manifiesta en el compañerismo, alimentado por viajes y proyectos, paseos y encuentros que conllevan un aprendizaje mutuo:

Antes de que me conocieses, cuando no nos unía sino ensoñadora amistad, ya me figuraba yo (con pureza absoluta, que ahí está lo más sabroso de la figuración) las delicias de un paseíto emsemble por Alemania. Los que habíamos dado a través de Madrid me tenían engolosinada, y pensaba yo para mí: “Qué bonito sería emigrar con este individuo. Me tratará como a una hermana, o mejor dicho como a un amigo de confianza entera. Le oiré hablar a todas horas. Aprenderé de él cosas de novela, de estética y de arte. Veremos todo con doble interés y doble fruto. Parece delicado de salud: le cuidaré yo que soy robusta; me lo agradecerá: me cobrará mucho afecto, y ya siempre seremos amigos. Nos creerán marido y mujer, y como no seremos nada, nos reiremos…”. En fin, así, un puñado de tonterías. En otras cosas no pensaba, palabra de honor. Tu aparente frialdad, el respeto que te tenía, tu aspecto de formal y reservado, me quitaron esa idea enteramente (27 de abril de 1889)

A propósito de la robustez de Emilia, que a ella no incomodaba, se observa, en su forma de concebir la relación, una perspectiva que invierte los roles de género tradicionales. Como mujer escritora que debió luchar por ganarse un espacio en un mundo masculino, Emilia se identifica con la fortaleza física, con una energía guerrera, frente a un enfermizo Benito, que casi se feminiza, irónicamente, en su escritura:

¿Quieres que te diga la verdad? Siempre me he reprimido algo contigo por miedo a causarte daño físico; a alterar tu querida salud. Siempre te he mirado (no te rías ni me pegues) como los maridos robustos a las mujeres delicaditas y tiernamente amadas, que tienen con ellas ménagements. Por lo demás, y autorizada y rogada por ti, lo fácil y lo agradable para mí es hacerte mil zalamerías […] Pánfilo de mi corazón: rabio también por echarte encima la vista y los brazos y el cuerpote todo. Te aplastaré. Después hablaremos tan dulcemente de literatura y de Academia y de tonterías. ¡Pero antes de morderé un carrillito! (7 de mayo de 1889)

Estas líneas del amor más desatado y fresco menguarán en 1890, cuando Emilia y Benito empiezan a distanciarse. Es la etapa final de la correspondencia, entre 1890 y 1915. El hito que marca el fin del idilio es el embarazo de Lorenza Cobián, amante de Galdós. Sin embargo, el desenlace del amor no provoca una ruptura total, sino un regreso a la amistad llena de respeto y gratitud. Las cartas siguen abordando los mismos temas, aunque el afecto se encuentra más medido. Eso no priva a Emilia de seguir elogiando a Benito y dejando guiños de la profundidad de su relación. Por ejemplo, en la carta fechada el 26 de marzo de 1892, Emilia firma como “Paquita de Rímini”. Este nombre es uno de los que empleaba la protagonista de Tristana en sus cartas de amor. La novela de Galdós fue publicada, por cierto, ese mismo año. ¿Tristana acaso aludía literariamente a esta correspondencia amorosa entre Benito y Emilia de años previos y quería la gallega dejar evidencia de ello? No podremos saberlo con seguridad, porque de eso se trata la literatura: de mirar desde la boca de un pozo el fondo que no tocaremos nunca. Las cartas de Emilia a Benito, aunque arrugadas, frágiles y amarillentas, preservan toda la experiencia de creación y amor que los unió fugazmente y la amistad que perduró.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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Una respuesta a Miquiño mío: las cartas de Emilia Pardo Bazán a Pérez Galdós

  1. Interesantísimo cuaderno y hermosa reseña. Me permito compartirla. Gracias y un saludo.

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