“El amor brujo” de Roberto Arlt

9788494061615Con El amor brujo, novela publicada en 1932, Roberto Arlt concluía su ciclo novelesco, iniciado con El juguete rabioso (1926) y el díptico de Los siete locos y Los lanzallamas (1929 y 1931). En su primera novela, Arlt había echado mano del modelo de la picaresca, a través de su protagonista adolescente, Silvio Astier, quien se inicia en la vida delictiva y pasa por el rito de paso de la delación del amigo o mentor (tal cual Guzmán de Alfarache con Soto, su compañero en la galera), para poder reincorporarse a la sociedad y empezar su vida adulta. En Los siete locos y Los lanzallamas se desarrolla, precisamente, el proceso de autodestrucción de un adulto torturado por sus complejos, Remo Erdosain, quien ocupa el papel protagónico que hubiese correspondido a un Astier mayor.

¿Por qué sufre Remo? Porque es un sujeto explotado, sin raíces, lleno de sueños de éxito (como ganar mucho dinero con su invento de la rosa de metal), que siente la gran ausencia de Dios en el mundo. Su tragedia es la tragedia del hombre común que, por la fe en su propio talento y su rechazo a los convencionalismos, se creía destinado a una vida extraordinaria. Su fracaso le hace consciente de su desgracia, de una especie de pecado original que identifica con la pobreza y la incomunicación. Los siete locos empieza con Remo en una crisis: ha tenido que robar, porque no soporta esa vida monótona y de corrección moral en la que se siente empantanado, y su matrimonio está por naufragar. Como en el tango –así le gustaba recordar a Ricardo Piglia- la historia de Erdosain, su caída hacia la nada, empieza con el abandono de su mujer. La aventura de Remo con el Astrólogo, el líder de la troupé de esos desaforados que desean tomar el mundo por asalto, acaba mal, naturalmente. El Astrólogo no es más que un vulgar estafador, al que acompaña Hipólita, la coja, quien parecía la contrafigura femenina de Remo al inicio. Este, aún confundido y absorbido completamente por la angustia que ya no lo deja vivir, se suicida en un vagón de tren.

Tras Los lanzallamas y su final con las rotativas que anuncian el suicidio de el feroz asesino Erdosain, Arlt mataba, figuradamente, al muchacho idealista que había trazado con Silvio Astier. El protagonista de El amor brujo, en cambio, es un cínico, un adulto decepcionado del matrimonio y la moral burguesa, que cree encontrar en la adolescente Irene, al inicio, tan solo una aventura que le haga recuperar el entusiasmo por el género humano. Estanislao Balder, a diferencia de Erdosain, no sufre pasivamente por el desengaño frente a la vida conyugal, sino que pretende superarlo a través de su encuentro con la muchacha. Balder tiene un éxito relativo: mientras el joven Astier no lograba proseguir sus estudios y Erdosain no era más que un autodidacto o curioso intelectual que parecía extravagante dada su mediocridad de empleado de cobranzas, Balder es un ingeniero que no sufre mayores dificultades económicas ni se plantea el robo o algún tipo de degradación (como la que buscaba Erdosain en los prostíbulos).

Vista así, su historia es una recreación, en clave moderna, de la befa clásica del burlador burlado. Balder seduce a la delicada Irene apelando a los recursos más trillados y en algún momento se deja llevar por la celada que él mismo había delineado: aquella corte de adultos de moral hipócrita alrededor de la muchacha (su madre, la vecina Zulema y hasta el “padre espiritual” Alberto) lo envuelve hasta hacerlo creer en la virginidad de Irene como aquel valor esencial en el que está cifrado su propio honor. No obstante, el final de Balder no será trágico y definitivo, como el de Erdosain, sino cíclico e irónico: como no puede dejar de ser un burgués, aunque cínico, se amista con su esposa y rompe con Irene. La última línea de la novela (Volverás…) nos advierte sobre lo cansino y repetitivo, una especie de círculo infernal de donde el protagonista no saldrá. Así, el Roberto Arlt de El amor brujo ya no estaba tan interesado en denunciar o sacudir a su lector sobre la miseria de los humillados y ofendidos (Astier, Erdosain, Hipólita), como en presentarle a un protagonista que se encontraba, muy vivo y activo, en la sociedad, sin grandes aspavientos o drama espectacular. Pareciera finalmente que el arte novelesco de Arlt estaba, en estas postrimerías, más interesado en mostrar que en demostrar: las escenas más logradas de El amor brujo recuerdan a montajes cinematográficos, como la reflexión íntima de Balder mientras asiste a una pelea de box; o teatrales, como cuando aparece la figura de El Fantasma de la Duda y su habitación se convierte en un escenario. Con esa evidencia, es coherente que en los años siguientes, casi en vísperas de su muerte precoz, Arlt se dedicara con más empeño a escribir para el teatro. En el género novela ya había dado todo lo mejor de su estilo y ofrece el mérito –difícil de hallar en buenos novelistas- de no repetirse.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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