“La juventud de Cervantes. Una vida en construcción” de José Manuel Lucía Megías

Maquetaci—n 1¿Se requiere una nueva biografía de Cervantes? Creo que sí. Como las traducciones literarias, las biografías nos proponen lecturas que reflejan nuevas perspectivas, nuevas formas de mirar a los personajes y a sus obras. Así como cada siglo tiene su Don Quijote de la Mancha, como texto, como mito y como logro novelístico, cada uno ha tenido su propia imagen de Cervantes. La del siglo XVIII es la muy pionera y meritoria que trazó Gregorio Mayans y Siscar. La del XX tiene dos fuentes. La primera es la Vida ejemplar y heroica (1958) de Luis Astrana Marín, que sigue aún un modelo romántico y desbordante por lo documentalista sin mucha criba, en la senda de la filología erudita de M. Ménendez y Pelayo y sus discípulos. La otra es la que marcó el cervantismo de la segunda mitad del XX: Cervantes, de Jean Canavaggio, un libro riguroso y a la vez apasionado, que sienta las bases de la lectura contemporánea del autor del Don Quijote. La biografía de Canavaggio era sólida, sin exageraciones, compuesta en un estilo y formato más afín al de la escuela historiográfica francesa de los Annales: su Cervantes era sobrio, sin leyendas ni el fetichismo autorial de antaño.

Dicho todo esto, La juventud de Cervantes. Una vida en construcción (2016) es un suceso, por lo novedoso de su planteamiento y la circunstancia en que aparece. Este libro constituye la primera parte de una nueva biografía de Cervantes que se propone tomar distancia de los modelos referidos, tanto en su perspectiva como en su formato (sobresaliente en su didactismo y colorido atractivo). Podría decirse que esta es una vida de Cervantes para lectores del siglo XXI: con su cuota de escepticismo, pero también con su curiosidad enciclopédica, inclinación por los saberes sintetizados y necesidad de observar lo que se lee. Sin compromisos ideológicos, lejos del nacionalismo que encubra a Cervantes como esencia de lo español y lejos también de la visión castrista que lo vuelve un marginal o un hipócrita por necesidad (felizmente sin vivir desviviéndose), la biografía que presenta José Manuel Lucía Mejías es un relato objetivo, sencillo, pensado para un público curioso mas no erudito, lo cual no quiere decir que carezca de rigor, ya que el autor es uno de los cervantistas más destacados de la actualidad.

La juventud de Cervantes se presenta sin el tráfago de notas a pie que los especialistas devoramos, pero que al lector actual espantan. El libro cumple con la misión de exponer con claridad lo complejo, sin caer en simplificaciones ni descuidar su relevancia. Una de las claves de esta biografía es la palabra construcción, porque el joven Cervantes se construye a sí mismo, pero también ocurre que la crítica ha ido construyendo una mitología de su vida, alrededor de imágenes, interpretaciones y deseos, a lo largo de cuatro siglos. Lucía Megías expone objetivamente la dimensión mítica de Cervantes, sin defenderla ni con pretensión de preservarla, mientras la contrasta con el Cervantes ser humano, más próximo a un individuo del Siglo de Oro, con sus dificultades y esfuerzos.

Dividida en tres, la vida del joven Cervantes está en constante transformación, in progress: el estudiante, el soldado y el cautivo. Accedemos a un Cervantes cotidiano, con sueños propios de un muchacho de su tiempo, tan cambiantes como los caminos que va tomando. Junto a López de Hoyos pretendería educarse para ser un letrado y acceder a una plaza de funcionario en la maquinaria administrativa de Felipe II. Luego, abraza la vida de soldado con la esperanza de ver el mundo y ganar honores. Su regreso a España tenía el objeto de asegurar el nombramiento de capitán, que hubiera sido la consolidación de su carrera militar, pero esta se ve truncada por el cautiverio. Sus cinco años de cautivo en Argel son la gran prueba de su vida y lo marcan como un hierro caliente: su único proyecto claro ahora es escapar. Cuando lo logra, en 1580, con treinta y tres años, el panorama de la corte es desalentador: todo ha cambiado, le cuesta reinsertarse y debe volver a empezar como pretendiente. Esta siguiente etapa de su vida será cubierta en un segundo volumen, ya que La juventud de Cervantes lleva por subtítulo Retazos de una biografía en los Siglo de Oro. Parte I. La imagen del “retazo”, de hecho, nos recuerda al manuscrito arábigo maltratado de Cide Hamete Benengeli y a tantos fragmentos o borrones que componen el gran archivo de la historia de los siglos XVI y XVII.

Una nota aparte merece el epílogo dedicado a “Los huesos de Cervantes”, en el que Lucía Megías ofrece una lúcida visión de aquella empresa digna del museo de los esfuerzos inútiles: como en el viejo cuento del traje nuevo del emperador, la búsqueda de los huesos de Cervantes desnuda los afanes ridículos de cierta élite política que ansía fagocitar la cultura malentendida como leyenda. Es la misma pompa y boato que repugnarían a ese autor que quisiera presentar la historia de don Quijote monda y desnuda. En conclusión, La juventud de Cervantes recupera la figura de Cervantes para el gran público y lo instala en estos nuevos tiempos de velocidad y pantallas táctiles.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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