La fragancia de las primeras cosas

El camino de la fragancia es el de un amor de juventud. Te llega sin avisar. Tienes una edad en la que todo es nuevo, emocionante y auténtico. Esa fragancia puede ser de toda clase: la de los jazmines de un jardín vecino a tu casa; la del perfume de un ser querido o una persona cercana, con presencia trascendente en tu vida; la de un objeto o material que asocias con un espacio en el que creciste, te desarrollaste o fuiste feliz. A diferencia de la memoria visual, que almacena la imagen, el sentido olfativo no preserva exactamente el olor, sino tan solo la emoción asociada con él. Así, yo puedo recordar aún con nitidez, a mi pesar, la distribución de un viejo colegio dominico al que no me apetece volver. Podría hasta hacer dibujos y explicar con detalles cómo eran las paredes frías, los techos altísimos o los colores del huerto. En cambio, no tengo forma de recordar el olor de la madera de mi primera aula de clases. Apenas podría decir que me trae sensación de rigidez, de traqueteo de asientos y largas horas de monotonía. Y entonces el recuerdo subsiste, aunque su textura esté ausente.

Con las primeras cosas te ocurre que las hueles, te invaden, te hechizan y después, a la larga, te acostumbras a ellas. Y las olvidas, las extravías completamente. Pasan los años, se acumulan las experiencias, los rostros, los viajes, las páginas. Y, de repente, viene a ti la fragancia remota, perdida, desde aquella, como diría Garcilaso, oscura región del olvido. Y esa sensación, el reencuentro con la fragancia de aquel tiempo remoto, es súbita y como tal puede ser intensísima como un aguijón o tan sutil que nos embriaga suavemente como ciertos licores. Ese olor que, al recobrarse nos parece ya inolvidable, es más efímero aun que el gusto de las cosas, que podemos saborear en la lengua por un buen rato (porque el sabor se queda con nosotros), o que el deleite de su tacto (las yemas de ciertos dedos son más sensibles y morosas que otras para la caricia). Cualquier intento de preservar una fragancia nos lleva a la paradoja: tenemos que encerrarla en un frasco y vedarnos, por ende, el acceso directo a ella. ¿Vale la pena proceder así?

Yo me inclinaría a decir que no. La experiencia del aroma de las primeras cosas, aquel que nos penetra y nos arrebata en cuestión de segundos y se marcha sin dejar apenas huella es más valiosa y total que su posesión, absurda, en el contenedor hermético, frío y sin alma. El olor se expande, incontenible, se resiste a ser puesto bajo llave. De forma que su lección también es una de carpe diem. Disfruta la fragancia de la flor que acaba de abrirse, con la frescura de sus pétalos nuevos y la savia que la alimenta por primera vez y acepta, sin tristeza alguna, que no se repetirá. Tómate tu tiempo, que es eterno en su brevedad. Ni siquiera pienses que se va a extinguir, como manda el estoico, simplemente deléitate. Si te concentras y vives, apenas notarás que te guardas el recuerdo de la fragancia. Nadie recuerda el momento en que su vivencia pasa a ser memoria, es el mismo en que acaba la conjugación en presente y empieza la larga fila de verbos que expresan el pasado, desde el pretérito perfecto (te he besado) hasta el pluscuamperfecto (te había besado), pasando por aquel nebuloso pretérito indefinido que puede haber ocurrido hoy, ayer o hace diez años (te besé). Mejor sería quedarse con el imperfecto (te besaba), que pone de manifiesto algo que se interrumpió, quizás en su mejor momento, nunca se sabe. Tu aroma se disipará más pronto que el sabor de ambrosía de tus labios, pero cuando te vuelva a encontrar tu fragancia de flor traerá consigo los días de las primeras cosas, su sosiego y su dicha. Entrañable aroma que creíamos perdido para siempre y está allí, en un rincón secreto del jardín, solo accesible a quienes tienen la paciencia del que cultiva con arte y buen sentido.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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