Memorias de gris: la señora de los vestidos camiseros

colegio03El colegio estaba en una avenida principal con nombre de escritor famoso. Yo tenía veintitrés años, acababa de terminar la universidad e iba a trabajar como profesor suplente de lengua y literatura. Aún recuerdo mi primer día. Era marzo, yo llevaba una camisa más o menos nueva y, producto de los nervios, llegué muy temprano. Eran poco menos de las siete y treinta y las clases empezaban a las 8. No conocía la zona y las ansias me consumían. Mastiqué un caramelo, miraba los autobuses pasar y no podía dejar de pensar en un cuento de Julio Ramón Ribeyro que, en mi terror, podía ser un anuncio de lo que me esperaba: “El profesor suplente”. Lo cierto es que yo no era tan mediocre como para rendirme antes de enfrentar a mis nuevos estudiantes. Me habían hecho una entrevista previa meses atrás, en diciembre del año anterior, y yo había salido de allí con gran confianza.

Recuerdo haber entrado diez minutos antes de las ocho y sentarme en un rincón de la mesa de profesores. Al rato llegaron dos de mis nuevas colegas del área de lengua. Una de ellas era la coordinadora. Su presencia era imponente: por su altura física, sus vestidos camiseros de un solo color y el discreto maquillaje que llevaba. En sus facciones destacaban el cabello oscuro que las canas adornaban, como destellos, y los pendientes delicados, que conjugaba con otras joyas en las manos y en el cuello. Recuerdo también su nariz delgada y el lunar que yo en esa época contemplaba como un atributo de belleza clásica. La fineza de sus movimientos y su voz era complementada por una gran dosis de energía cuando se trataba de tomar decisiones, defenderlas o resolver problemas. La autoridad de sus ideas y sus vestidos camiseros inolvidables se consagraba en la sola mención de su nombre compuesto, que hacía innecesario referir su apellido: María Gracia.

Ella poseía el don de darle a todo su justo valor. Como educadora, sabía lo que podía esperar de un estudiante. Tenía la sensibilidad para echar una mano al que se ahogaba y también podía exigir al talentoso para que mostrara su potencial. Su largo tiempo en el colegio hacía que por sus manos hubieran pasado varias generaciones, hasta el punto de que podría decirse que María Gracia o alguno de los profesores que ella supervisaba habían enseñado a escribir a más de un joven que llegaba a la universidad. Como colega, era generosa y atenta. Recuerdo algunas veces en que nos teníamos que quedar un poco más tarde para sostener reuniones en el colegio y María Gracia nos traía el almuerzo. Hubiera sido, en otro lugar o época, un notable capitán.

El tiempo de mi suplencia se hizo más agradable y provechoso gracias a ella, así como a mis otras colegas del área. Guardo imágenes vívidas del ambiente de trabajo y de su conversación. Le expresé mi agradecimiento al concluir mi estancia y nuestro contacto se prolongó un tiempo más. Ella asistió a la presentación de mi primer libro, en las vacaciones de 2005. Me parece recordar que la vi por última vez el año siguiente o en 2007, en su casa de la calle Alcalá. Entonces me agasajó con tapas y vino. Luego mi vida siguió otros derroteros y perdí el contacto con ella. Sin embargo, en Lima, de paso, cuando conocía a alguien y se hablaba del colegio, yo no dejaba de recordarla y siempre surgían anécdotas y gratas memorias alrededor de su nombre.

Hace unos días me enteré de que María Gracia ha fallecido. Su memoria es indesligable de esos años de primera juventud, a los veintipocos, con más ilusiones que realidades, cuando la vida era dura, distinta y, desde la nostalgia, feliz. Hoy tengo una vida muelle, en comparación, y lo que quise con muchas ganas lo alcancé, al tiempo que me desengañé de otras empresas para las que era menos ducho o me faltó motivación. Como me ocurre con Julio Picasso, la figura de María Gracia se yergue colorida en un pasado de color gris en el que el fracaso era una temida tentación. Quiero creer que su presencia y sus palabras fueron cruciales para seguir, no perder el ánimo ante las dificultades y confiar en que el trabajo duro tendría sentido: el servicio a los demás, la colaboración generosa y la amistad sincera.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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