El estudio del Siglo de Oro en los Estados Unidos durante el siglo XXI, 2

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The Handless Maiden de M. E. Perry (2005)

En 2004, en un congreso sobre teatro del Siglo de Oro, un profesor de una universidad norteamericana eminente iniciaba su comunicación sobre la comedia El gran príncipe de Fez con un comentario sobre la invasión a Irak, la cual había ocurrido un año antes. A propósito de esta guerra, cuyo origen se encuentra en los ataques del 11 de setiembre de 2001, el investigador llamaba a reconsiderar el papel del Islam en la Europa del siglo XVII. En ese tiempo, cuando yo aún era un estudiante de doctorado, la conexión que ofrecía entre la coyuntura cultural contemporánea y el tema de su trabajo me resultaba curiosa, pero no era consciente de que era una nueva línea crítica que, con el paso de los años, se ha consolidado: de un tiempo a esta parte, el estudio de los moriscos y los musulmanes en el Siglo de Oro ha desplazado al “otro” de décadas anteriores, a saber: el judío o converso (en el auge de los estudios de Américo Castro, en los años 60, producto del impacto del holocausto judío en la segunda guerra mundial) y el indígena americano (en los años 80, en el contexto del descubrimiento del testimonio como género en América Latina, de la mano de Rigoberta Menchú y su libro autobiográfico).

La identificación de temas (conversos, indígenas y ahora moriscos) y perspectivas (el estudio de la “otredad”, del “sujeto subalterno”, etc.) con coyunturas culturales es una tendencia que debemos seguir de cerca para entender la evolución de los estudios auriseculares. Lo ilustro con dos ejemplos. Como especialista en novela picaresca, puedo reconocer que el auge de los estudios del género se encuentra en los años 60 y 70, cuando se puso de moda el estudio de la marginalidad y la delincuencia, a la sombra de la cultura hippie, Mayo del 68, así como la reivindicación de la cultura popular a través de los libros de Mikhail Bahktin y los que Michel Foucault dedicó a la cárcel y los sanatorios. Igualmente, quien estudie la obra de María de Zayas sabrá bien que la ola de estudios sobre su obra creció en los años 80, cuando el feminismo ya estaba asentado en la academia y finalmente fue incorporado, sin complejos, a los estudios hispánicos. Dicho esto, resulta comprensible que, en tiempos del Estado Islámico, el mundo “post 11 de septiembre” y la “primavera árabe”, nuestros estudios hayan encontrado un nuevo atractivo para los estudiantes si se abordan temas sobre moriscos o el mundo musulmán en el periodo a estudiar.

En torno al contacto entre el mundo cristiano y el Islam el estudio más importante es Cervantes in Algiers (2002) de María Antonia Garcés, un trabajo que conjuga la mirada hacia el musulmán con la aproximación psicoanalítica, por la cual se explora el cautiverio de Cervantes como trauma. Sobre los moriscos, destaca el libro The Handless Maiden: Moriscos and the Politics of Religion in Early Modern Spain (2005) de Mary Elizabeth Perry. El marcado interés en el Islam se percibe en tesis doctorales y artículos. La proliferación de un tendencia tiene ventajas e inconvenientes. La ventaja principal es que los estudios se vuelven más penetrantes y exhaustivos, se revisan viejas ideas y se abren senderos nuevos. Así, me atrevo a decir que estamos viviendo un momento de renovación con el “asunto musulmán”, equivalente al que produjeron los libros de Américo Castro en torno al drama judío converso. El inconveniente, consecuencia de la exhaustividad, es que se busca el objeto de estudio obsesivamente hasta debajo de las piedras y los apasionamientos pueden producir tergiversaciones. Recordemos el caso de Américo Castro: su discípulo Stephen Gilman hizo toda una lectura (que se volvió canónica) sobre La Celestina basada en el origen converso de Fernando de Rojas. Su interpretación se ha matizado adecuadamente en las últimas décadas y se pondera mucho mejor que antes el factor judío de Rojas y si su impacto es más o menos verosímil dentro de su escritura.

Tal como en la época más intensa del castrismo en nuestros estudios, ocurre a veces que algunos de los postulados principales de la perspectiva abrazada se simplifican o, ya de plano, conducen a estudios desaforados. En el castrismo como método, la simplificación más grave de sus seguidores consistió en asumir que todo espíritu crítico del Siglo de Oro debía tener origen converso (empezando por Cervantes): hay abundante bibliografía inspirada en Castro que no hace más que rastrear una presunta condición conversa del autor y apoyarse en ese supuesto para interpretar un texto. ¿Cómo se ve este fenómeno en la adopción del tema morisco o musulmán, en boga en la actualidad? Básicamente, se identifica a un personaje morisco o musulmán en la trama de la novela o comedia y se estudia cómo este es excluido mediante estereotipos negativos. Una vez que se reúnen todos los pasajes y se analizan con esta perspectiva se concluye que España estaba definiendo su identidad basada en la religión católica y que por ende los textos reflejan ese rechazo al “otro” que supone una amenaza a la homogeneidad nacional. Si el personaje musulmán, en cambio, es celebrado y se le otorga el protagonismo de héroe, se observa que esto obedece a que se le está retratando con virtudes europeas u occidentales y que por ello se le está despojando de atributos de “otro”, para asimilarlo y mostrarlo como ejemplo perfecto de aculturación cultural y religiosa, fenómeno que confirma la idea de la uniformización, basada en la intolerancia, que busca forjar la identidad española.

Actualmente, se puede leer trabajos que, en su estructura y horizontes de análisis, son así de mecánicos. No encontraría problema a ello si no fuera porque en su mecanicismo tienden a omitir matices de los textos o ignorarlos. Identificar, por ejemplo, un procedimiento de exclusión cultural programático basado en la presencia de estereotipos negativos no resulta del todo convincente, si reconocemos que en realidad todos los personajes de la literatura del Siglo de Oro están basados en estereotipos tanto positivos como negativos. Son figuras antes que personajes en el sentido moderno. Ocurre que nuestro análisis (y esto lo sostuvo Paul Julian Smith ya a fines de los años ochenta sobre la crítica de la novela picaresca) tiende a leer cualquier narrativa, sin discriminar la época en que fue producida, como si se tratase de una novela realista decimonónica. En verdad, un narrador o narradora del Siglo de Oro no es Gustave Flaubert o Emilia Pardo Bazán.

De forma que, a veces, una perspectiva forjada alrededor de un interés contemporáneo tiene sus dificultades cuando se transfiere a un contexto cultural y cronológicamente diferente. Para ello, la filología se vuelve una herramienta de apoyo imprescindible. La filología como forma de análisis ha sido cuestionada hasta el punto de plantearse como caduca y conservadora, un producto decimonónico y nacionalista obsesionado por “fijar” el texto, cuando este debería ser –según el paradigma postmoderno- maleable, diverso y polifónico. La observación filológica en torno a la falla del empleo de la teoría para un texto específico no pretende descartar las perspectivas recientes. Son necesarias para refrescar nuestra área de estudio, promover lo interdisciplinario y para poder decir algo relativamente nuevo sobre textos que, como muchos del Siglo de Oro, han sido leídos muchas veces. Sin embargo, el énfasis teórico debe armonizarse con un uso adecuado de la filología para la comprensión literal del texto como primer paso para su análisis.

Felizmente, la filología está recuperando terreno fuera del ámbito del hispanismo y esta influencia exterior también podría asimilarse a nuestra reflexión. En 2014, apareció el interesantísimo estudio Philology: the Forgotten Origin of Modern Humanities de James Turner. Este libro es un ejercicio de arqueología cultural para revalorizar nuestra vieja disciplina de humanistas que “limpian” textos y averiguan su significado apelando a conocimientos lingüísticos y acopio de textos paralelos. La lección de Turner para disciplinas mucho más “modernas” y aparentemente más “útiles”, como las ciencias políticas o la antropología, es que todas encuentran su origen y buena parte de su método de análisis en la filología. En “tiempos recios”, como decía Santa Teresa de Jesús, en que la academia debe enfrentar asuntos urgentes, como la discriminación y la intolerancia, necesitamos recordar que como filólogos (todos aquí lo somos en el aula, incluso sin pretenderlo) nuestra disciplina estuvo siempre involucrada en el debate cultural, como ahora con el “asunto musulmán”, y nunca se quedó enclaustrada en ninguna torre de marfil.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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