“Arte de amor” de Fray Melchor de la Serna

arte-de-amar-fray-melchorEl vallisoletano Fray Melchor de la Serna es conocido entre los especialistas esencialmente como autor del Jardín de Venus, cancionero que los diligentes compiladores de la Poesía erótica del Siglo de Oro tuvieron el acierto de incluir en su antología ya clásica. Este año, Javier Blasco acaba de sacar a luz, por primera vez, la traducción del Arte de amar ovidiano que Fray Melchor debió emprender entre fines de la década de 1570 e inicios de la siguiente. Dicha traducción corrió manuscrita entre los lectores cultos auriseculares y constituye una novedad para el gran público actual.

El caso de Fray Melchor de la Serna, contemporáneo de Fray Luis de León en sus empeños poéticos, nos permite observar de cerca la complejidad del panorama cultural del Siglo de Oro, más allá de falsas dicotomías y la leyenda negra que quiere ver la época de Felipe II como un periodo completamente tenebroso. La escritura de cariz erótico se desarrolla en paralelo a su práctica religiosa y no parece entrar en contradicción, siempre y cuando se preserve el decoro que los espacios y los medios de circulación exigen. El prestigio intelectual de Fray Melchor y el de Fray Luis  convivían en la misma comunidad universitaria. Probablemente se conocían y hasta departían. Fray Melchor tenía fama de buen predicador y esto no excluía dedicarse, en sus ratos de ocio, a la traducción de versos licenciosos. Quizás su inclinación humana obedecía a su pasado como hombre laico: tras haber sido abogado, abrazó la vida religiosa hacia 1568 y se fue a Salamanca para dedicarse a la enseñanza del latín. De manera que en vida y póstumamente, fray Melchor es bien conocido, sobre todo bajo el mote de El Vicentino, y su nombre era santo y seña de poesía erótica de calidad en manuscritos que están esparcidos entre España e Italia. Su producción, naturalmente, no vería en su época la luz a través de las prensas, ya que no hubiera pasado la aprobación real para su difusión pública. No debió ser este un problema o motivo alguno de frustración para un escritor del Siglo de Oro. Olvidamos a menudo que esta era la pretensión de los intelectuales de otra época, cuando el gusto democrático estaba muy lejano: el contar con la aprobación de un puñado de entendidos, una élite (como aquella a la que apelaba Góngora con su poesía) y no de una masa lectora, un vulgo que era aquel con el que se asociaba la literatura de entretenimiento más convencional. En el caso de Fray Melchor se sabe, por testimonio, que quienes le elogiaban como predicador también podían admirar y deleitarse con sus poemas eróticos.

El Arte de amar está dividido en tres libros o partes: en el primero se ocupa de dar consejos a los hombres para seducir a las mujeres; el segundo recomienda formas de conservar el amor; en tanto el tercero se dirige a las damas y cómo ellas pueden seducir y rendir a sus galanes. Sin discriminar demasiado entre hombres y mujeres, los consejos inciden en comprender el amor como un juego de conquista. Quien seduce debe elogiar, llenar de regalos y, cuando ya posee a la persona amada, dejarse ganar por ella, hacerle sentir que está a sus pies. Por su parte, la dama debe saber llamar la atención del galán, nunca perder la buena imagen frente a él. Ambos, los amantes y los amados, deben saber cómo provocar al otro, impedirle bajar la guardia, jugar con los celos y el deseo para que el amor no se apague. El amor exige actuar, esmerarse, construirse y decorarse. Por eso es un arte: para alcanzarlo no bastan la espontaneidad o los buenos sentimientos. Con todo lo dicho, queda claro que esta poesía corre subterránea, a contrapelo de la poesía canonizada por el impreso, la de raíz petraquista y neoplatónica que habían gestado Garcilaso y Boscán, y vuelta clásica por Fernando de Herrera y El Brocense.

La traducción de Fray Melchor es diáfana, reflejo de la lengua literaria del siglo XVI. Con sus octavas reales, la única dificultad para el lector moderno serían las constantes referencias mitológicas, que quedan mayormente cubiertas por las notas explicativas del editor. No obstante, Fray Melchor las simplifica, porque su traducción es mucho menos literal que comprensiva, como lo explica su diligente editor moderno. Javier Blasco se ocupa también de enmendar el texto base con lecturas de otros códices. Para el lector especializado y curioso, queda el minucioso aparato de variantes. Se trata del primer volumen de la nueva editorial Agilice Digital, en su colección “Letras Áureas”, dirigida por Alejandro García Reidy. Creo que esta es una magnífica manera de empezar y espero nuevas entregas.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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