“Fortunata y Jacinta” de Benito Pérez Galdós, I: Fortunata

9788437627342Hace un tiempo, escuché a Andrés Trapiello decir que “Fortunata y Jacinta no es superior al Quijote, pero tampoco es inferior”. Sin contexto, tal como la rescaté, al vuelo, la afirmación parece una boutade, pero se presta a un comentario que recupere de los fondos de nuestra biblioteca un proyecto novelístico tan ambicioso, quizás el mayor de Pérez Galdós tras los Episodios nacionales. En efecto, Fortuna y Jacinta es una novela total, dentro de su poética realista, en la medida en que recrea un mundo que de tan vivo nos parece, pese a la distancia cronológica, autónomo: la sociedad madrileña con sus diversas clases sociales, de los nuevos ricos que se han ennoblecido a los que malviven de los oficios más bajos; una época, la de la segunda mitad del siglo XIX, con su debate político, en torno a la república o la decadente monarquía; y unos espacios que van desde aquella tienda en la que creció Barbarita hasta los cafés donde divaga Juan Pablo Rubín o esos cuartos donde se criaron Fortunata y los de su ralea. La novela, dividida en cuatro partes, que en ediciones modernas suelen distribuirse en dos tomos, posee decenas de personajes y es el fresco de una época, en la senda de novelas decimonónicas como Los miserables o La educación sentimental.

El universo de Galdós es complejo y su mirada no deja de auscultar cada tipo social con sus manías, sus virtudes (si las tuviere) y su papel en esa comedia humana que es Fortunata y Jacinta. Subtitulada Dos historias de casadas, la novela sigue las vidas cruzadas de dos mujeres que no tendrían mucho en común, salvo el mismo hombre: Juanito Santa Cruz, El Delfín, joven calavera, niño rico consentido de sus padres, un caballerito ocioso, perdonavidas y triunfador. Frente a él, la bondadosa Jacinta, obediente, discreta y dispuesta a comprender y subsanar pecados ajenos, como el que supone la existencia del niño huérfano que rescata creyendo que es el fruto de los amores de Juanito con aquella muchacha descarriada. A veces Jacinta provoca en el lector la mirada conmovida que se le da a los partícipes de la desdicha de otros sin merecerlo: pobre Jacinta, tan noble, tan buena, tan dulce… En otras ocasiones, Jacinta se muestra decidida y hasta fuerte. Se necesita mucho carácter, en realidad, para guardar esas maneras suaves y magistralmente ingenuas cuando se sufre por dentro. Me refiero a aquello que es para Jacinta la tragedia de su vida: el no poder darle un hijo al sinvergüenza del Delfín. Y allí está la pobre y también la indómita Jacinta, con su buen corazón y alma dispuesta a servir a los demás y ser, ante todo, una señora, tal como la educaron.

Ignoro si Galdós tenía noticia del Satiricón de Petronio, pero me resulta tentador que supiera al menos de la existencia de aquella remota Fortunata, la esposa del liberto Trimalción. El significado de “afortunada”, que ya es connotativo, alcanzaría mayores reverberaciones. La Fortunata de la novela de Galdós es iletrada, una completa ignorante, pero de una intuición guiada por impulsos elementales (el amor, el hambre, el dolor, etc.) que le han permitido sobrevivir en un mundo hostil. Y ha aprendido de esas lecciones del mundo áspero: sabe manipular, mentir, traicionar y hasta guardar silencio y disimular según convenga. Vista desde fuera sería una persona vil, pero cuando se ingresa en su mundo de miseria, de explotación económica y donde todos quieren sacar ventaja de tu debilidad (física o emocional), se pueden entender sus inquietudes y sus afanes de animal lastimado tan dispuesto a acercarse por comida como a atacar si uno da un paso en falso. No imagino a nadie diciendo pobre Fortunata, aunque sí exclamando Fortunata, qué mujer, por su atractivo físico, proverbialmente irresistible entre los personajes masculinos, pero también por su aparente irracionalismo, su absurda pasión y sus cálculos para obtener de los hombres aquello que necesita. La fortuna de la afortunada Fortunata es caprichosa y tenaz: la lleva de las manos de Juanito, el amor de su vida, a las de un proxeneta y otros tantos amantes sin alma, hasta arribar a las del apocado Maximiliano Rubín, quien carga con todas las taras que lo hacen un amante desastroso. Este pobre hombre, con espíritu de Jean Valjean, se proponía levantar a la deshonrada Fortunata, su Fantine particular, y darle una nueva vida. Pobre Maxi, diríase, cuando se leen sus esfuerzos, inútiles, para ganarse el amor de Fortunata:

Hallábase dispuesto, él que ya era bueno, a ser santo, y hacía estudio de lo que a su mujer le era grato en el orden del sentimiento para realizarlo como pudiera. Gustaba ella de dar limosna a cuantos pobres encontrarse; pues él daría más, mucho más. Ella solía admirar los casos de abnegación; pues él se buscaría una coyuntura de ser heroico. A ella le agradaba el trabajo; pues él se mataría a trabajar. De este modo devastaba el infeliz su alma, arrancando todo lo bueno, noble y hermoso para ofrecérselo a la ingrata, como quien tala un jardín para ofrecer en un solo ramo todas las flores posibles.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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