Fortunata y Jacinta, II: Jacinta

9788437627359Llegados al ecuador de Fortunata y Jacinta, descubrimos que Jacinta es un personaje acabado y que pasa, aparentemente, a un segundo plano. Ya sabemos de su vocación de santa y mártir, por tener que cargar la cruz que supone su matrimonio con el sinvergüenza del Delfín y su familia política: “Porque la peor de sus mortificaciones era tener que desempeñar el papel de mujer venturosa y verse obligada a contribuir con sus risitas a la felicidad de D. Baldomero y doña Bárbara, tragándose en silencio su amargura”. Pues bien, las partes tercera y cuarta de la novela de Pérez Galdós destinan muchas más páginas a Fortunata, pero la esposa de Juanito Santa Cruz (¿habrá un juego irónico de palabras allí?) es personaje omnipresente, en los pensamientos y acciones de la primera. De hecho, admiramos el aprendizaje de Fortunata, el cual constituye su peregrinación personal, accidentada, dubitativa, dolorosa, hacia el status angelical de Jacinta.

En dicho proceso de aprendizaje, Fortunata cuenta con un mentor, aquel hombre práctico que es el viejo Evaristo Feijoo. Se trata de un maestro que es primero amigo, luego amante otoñal y finalmente un padre para ella. Considerado alter ego de Galdós, las opiniones de Feijoo suelen trascender cualquier moralidad, a la vez que toman distancia del statu quo con un escepticismo que bebe de la inagotable fuente de Baltasar Gracián. Así, cuando Feijoo resume su máxima de vida ante Fortunata (“No descomponerse; ese es mi tema”), no hace más que recoger la lección del aragonés en su Oráculo manual:

Nunca descomponerse. Gran asunto de la cordura nunca desbaratarse. Son las pasiones los humores del ánimo, y cualquier exceso en ellas causa indisposición de cordura; y si el mal saliere de la boca, peligrará la reputación. Sea, pues, tan señor [señora, diría Feijoo] de sí, y tan grande, que ni en lo más próspero, ni en lo más adverso pueda alguno censurarle perturbado, sí admirarle superior.

Con esta máxima como ideal de vida, Fortunata toma decisiones, pelea consigo misma, enfrenta a Juanito, mantiene a raya a Maxi y su familia política (encabezada por doña Lupe), aunque también se vea sucumbir por ataques de ira a causa de los celos enfermizos. Ardida de desamor, por el abandono del Delfín, Fortunata quiere ser Jacinta, por envidia, por admiración, porque ella posee lo que la inconstante y poco honrada mujer más desea. Así se gesta “la pícara idea”: la de darle un vástago a Juanito, precisamente aquello que la angelical Jacinta no podía alcanzar.

A continuación, el narrador nos cuenta cómo Jacinta empieza a aproximarse a Fortunata. Por un lado, a la esposa de Juanito le aparece un pretendiente, Manuel Moreno-Isla, el anglófilo, diletante y desgraciado, que nunca logra alcanzarla, pero sueña con tener una aventura con ella y hasta robársela al infame marido: “Vaya que este mundo es una cosa divertida. Yo desgraciado; ella desgraciada, porque su marido es un ciego y desconoce la joya que posee. De estas dos desgracias podríamos hacer una felicidad, si el mundo no fuera lo que es, esclavitud de esclavitudes y todo esclavitud…”. Por el otro, Juanito ha vuelto a las andadas y se rumorea que ahora anda de amores con una tercera mujer, la aparentemente indemne Aurora. Entonces los sentimientos de Fortunata hacia Jacinta se vuelven conflictivos. A ratos siente que empiezan a parecerse y que ambas quedan hermanadas por las nuevas infidelidades del Delfín, otras veces quisiera simplemente matarla, como intenta proponérselo al delirante Maxi. Al final, la identificación cada vez más intensa con la angelical Jacinta lleva a Fortunata a una muerte en la que intenta hacer las paces con el mundo y ser como su gran modelo y rival. Lo cierto es que Fortunata ha sido, en vida, un ángel exterminador. Las palabras de Ballester, su último admirador, podrían aplicarse a Jacinta (con disparates incluidos), muestra de que sus figuras se yuxtaponen al final, sin rozarse: “Era un ángel… digo, debía serlo, podría serlo; dispense usted, señora, no sé lo que me digo; porque me ha llegado al alma esta desgracia. No la esperaba… Ha sido un descuido. Ella misma, con los disparates que hacía… porque era de estos ángeles que hacen muchos disparates… ¿me entiende usted?… ¡Pobre mujer… tan hermosa y tan buena!…”. Si Fortunata ha sido, en la realidad, la cara inversa de Jacinta (por sus orígenes, sus malos pasos, sus chascos y afrentas), sin embargo las figuras de ambas convergen al final. Recuérdese que el último acto de Fortunata, además de ser un acto de amor hacia su hijo, fruto de su relación ilícita con Juanito, también es un tributo devoto hacia Jacinta, quien lo admitirá como aquel hijo que tanto deseaba. Los opuestos acaban por juntarse y esto se ve hasta en la estructura de la novela, llena de simetrías a lo largo de sus centenares de páginas.

Una observación más. Fortunata y Jacinta es en esencia aquellas dos historias de casadas, pero alrededor de ellas gravitan muchos personajes igualmente inolvidables que habrían merecido sus propias novelas, debido a las trayectorias y conflictos que encarnan. Se me antojan tres, de momento: Guillermina, la hacendosa rata eclesiástica, con sus proyectos de beneficencia y su energía, que la hacen tan ridícula como conmovedora, por idealista y utópica; Maxi, el desafortunado esposo de Fortunata, quien pasa por ser un enamorado, un loco, un filósofo de la lógica más racional, un aspirante a asesino, un cobarde, hasta acabar por ser un iluminado, casi santo que renuncia al mundo (“No encerrarán entre murallas mi pensamiento. Resido en las estrellas”); o Manuel Moreno-Isla, el donjuán añejo que, cuando decide que debe sentar cabeza y arriesgarlo todo por una mujer, muere de forma súbita, absurda como su complejo de desgraciado. La vitalidad de sus personajes, el vigor de su pluma y su humor sutil hacen de Pérez Galdós un aplicado seguidor de ese estilo que solemos identificar como cervantino.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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