El secreto silencio y la memoria

9788432217661En 1997, Antonio Muñoz Molina publicó El dueño del secreto, en una tirada no venal de la FNAC. Yo lo leí tres años después, cuando el libro cayó en mis manos por azar; el mismo azar que me hizo perderlo más tarde, en Carolina del Norte. Recientemente, lo he vuelto a leer. Volver a un libro después de muchos años involucra reencontrarnos con una amistad antigua: solo en algunos casos, la relación se mantendrá con igual entusiasmo, en otros (los menos, intuyo) el texto nos interroga y fascina mucho más (pasa con ciertos poemas, cuya perfección no deja de impresionarnos), y también puede ocurrir que el desaliento nos embarga y preferimos alejarnos (incluso antes de leer, casi por el temor atávico de la desilusión frente al viejo mito). Con El dueño del secreto me ha ocurrido lo primero: volver a leerlo ha supuesto reencontrarme con una voz que viene lenta desde el olvido, cuya lección tenía clara, con la diferencia de que ahora su esencia me gusta más y me permite reflexionar como no lo había hecho antes. Será mi propia experiencia de lector, el paso de los años y de las páginas (tanto las leídas como las escritas) y la consolidación de ciertas convicciones que uno abraza mientras acumula viajes, países y rostros.

Mis primeras lecturas de El dueño del secreto identificaban méritos en su estilo, el tratamiento de ciertos temas y hasta el humor basado en la ironía, que me recordaba un poco a la picaresca estudiantil, de lejos la más inofensiva. Esta última vez me ha llamado mucho más la atención, hasta eclipsar los otros méritos, el perfil de su protagonista. Me refiero al joven provinciano, tímido, lleno de complejos, que, ya en su madurez nostálgica, se refugia en el silencio, en guardar un único secreto, el de haber sido un conspirador, casi un héroe o la ilusión de haberlo sido, en su memoria de joven aspirante a revolucionario contra una dictadura cavernaria:

En el trabajo, en mi casa, tratan con indulgencia mis distracciones, se burlan de mi mala memoria, de que nunca me acuerdo de dónde acabo de dejar algo. No pueden saber que es en otra buena memoria disimulada tras la que ellos conocen, como en un doble fondo, donde está guardado mi secreto, las pocas cosas de entonces de las que no quiero ni puedo olvidarme, la alegría de estar recién llegado a Madrid, la euforia de beber vino blanco helado y comer langosta después de un día entero en ayunas, la ingravidez de una bajada en taxi por la calle de Alcalá, muy tarde, a las dos o las tres de la madrugada, cuando casi no había tráfico y aún estaba iluminada la fuente de Cibeles. (El dueño del secreto)

En estos tiempos de contar, ansiosamente, con torpeza y sin mucho arte, tu verdad y luego mi verdad, muy pocos valoran ya el poder del silencio, de guardar un secreto y protegerlo como un tesoro que nadie más puede gozar. La satisfacción de poseer un conocimiento, una experiencia, que nadie más posee y te arranca una sonrisa o hasta una lágrima cuando nadie nos ve. O mejor: hacerlo junto a alguien que, ignorante, te preguntará ¿por qué ríes? ¿por qué lloras? Y esa emoción de ser como un erizo y abrazarte a ti mismo, protector, seguro y único, no tiene precio. El vulgo siempre ha preferido la idea de vivir para contar, la cual tiene algún mérito cuando lo que se cuenta es extraordinario, pero resulta absurda cuando solo se trata de contar solo por dejar constancia. Para los antiguos un testimonio era importante si lo que se contaba era aleccionador: el héroe narraba sus hazañas, aunque las maquillara y guardara silencio sobre algunas. Por eso, el soldado nunca cuenta todo. El silencio del narrador es una cuestión de honor. El Inca Garcilaso, capitán de Felipe II y testigo de algunas atrocidades que eran cotidianas en una guerra, jamás contará a su lector lo que vio en las Alpujarras. El mariscal Cáceres, en un aniversario más de la batalla de Tarapacá, está dispuesto a contar el arrojo del inolvidable Zepita o la valentía de Mariano Santos. Sin embargo, cuando le preguntan por el desastre de San Francisco dice, agitando la cabeza: “No, eso es muy doloroso. Prefiero no contarlo”.

En su magnífica Floresta de lírica española, José Manuel Blecua incluye un hermoso poema de Juan de Jáuregui (el mismo del Antídoto contra Góngora), llamado “Afecto amoroso comunicado al silencio”. Reconozco que el texto, en su conjunto, no deja de ser convencional, ya que tan solo alude a la idea petrarquista de que el amor no debe expresarse, en la senda del fin’amor. Con todo, me gustaría extraer los siguientes versos y emplearlos para ilustrar la idea del poder del secreto, en la senda de lo que he expuesto aquí. El temor le dice al amante:

No has sido poco osado
solo en haberla amado:
no te abalances a mayor empresa;
basta que sepan tu amorosa historia
el secreto silencio y tu memoria.

Quedémonos con el secreto íntimo, seguro, y abriguémoslo con el calor de nuestro corazón para que viva muchos años, seguro y al amparo de la memoria. Sabemos que esta puede ser frágil, por lo que deberemos echar mano de un arte, una técnica que nos permita preservar el recuerdo vivo, con ahínco, para que no nos ocurra lo que le ocurría al Borges de El Aleph: nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz. El silencio es el primer paso para la preservación del secreto más gozoso: el del amor, la juventud y las inmensas ganas de vivir. Si lo cuentas, hazlo solo a quien realmente amas.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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