A propósito de “El lugar de la Mancha y la génesis del Quijote”

1437491290En el último volumen de la revista Cervantes (vol. 36, núm. 1), encontré un artículo titulado “El lugar de la Mancha y la génesis del Quijote: ¿choque, o confluencia de letras y ciencias sociales?” (pp. 123-155). Su lectura me ha suscitado varias discrepancias, motivadas por un escepticismo de filólogo que trabaja con textos de los siglos XVI y XVII.

La mayor dificultad que encuentro en el trabajo no es tanto su razonamiento, ya que este resulta difícil de refutar si se acepta su punto de partida. Precisamente, el cuestionamiento que haría a este tipo de trabajo (porque no es singular en su método o propósitos) no es tanto su rigor científico, que lo posee, sino la teoría literaria que lo sustenta y robustece. Para empezar, los autores se empeñan en encontrar la voluntad de Cervantes no solo de ocultar el lugar de la Mancha, sino de proponerlo como enigma. Lo primero bien puede ser, aunque no deja de ser, como los mismos autores lo admiten, parte de un juego irónico: para que los pueblos de la Mancha disputen, se prefiere guardar silencio sobre el lugar de donde era el protagonista. Dudo mucho que los intelectuales o historiadores locales de inicios del siglo XVII de la vida real lo hubieran hecho ni mucho menos creído, por lo que es una buena chanza, tanto como la del manuscrito arábigo en el Alcaná de Toledo y la fama de Dulcinea como saladora de puercos. Esta obsesión provinciana de realmente disputar solo surge cuando el libro se convierte en mito (mucho tiempo después de la época de Cervantes) y el protagonista deja de ser un ente literario para convertirse en símbolo o emblema de algo que poco o nada tiene que ver con el texto original. En esa justa han corrido la mayor fortuna Argamasilla del Alba y El Toboso (donde el turista puede visitar la casa “original” de Dulcinea).

Como lo difícil de demostrar es lo segundo (el enigma propuesto por Cervantes), los autores se basan en algunas recurrencias (como la aparición de ciertos topónimos y otros elementos) para establecer que existe una gran precisión en la geografía aludida, la cual avalaría la idea de que existía un “modelo vivo” (como diría Rodríguez Marín), es decir un personaje que, vuelto leyenda local, habría sido homenajeado secretamente por Cervantes. El dejar el misterio abierto, para que un grupo multidisciplinar de científicos a inicios del siglo XXI lo descubriera, habría sido una de las mayores glorias cervantinas, que salpica de paso al pueblo que el alcalaíno quiso disfrazar para desafiar el intelecto de sus lectores bien educados de inicios del XVII: Villanueva de los Infantes. La idea suena tan atractiva como fantasiosa y evoca las tramas de Dan Brown. Una buena pregunta sería si esta maniobra que llevaría a cabo Cervantes es una práctica común o siquiera verificable en el usus escribendi del Siglo de Oro, de acuerdo con los mecanismos que tan agudamente ha analizado el equipo. La respuesta sería seguramente negativa. Se nos dirá entonces que Cervantes es un genio y un adelantado a su tiempo. Pero esa discusión es propia de la recepción y la crítica del libro antes que de su confección propiamente dicha.

La teoría literaria que subyace a este afán de identificar el lugar de la Mancha es romántica: “Si llegamos a conocer el linaje de don Quijote [es decir, de donde es realmente], podemos evitar no darnos cuenta de ciertos aspectos de su personalidad y forma de vida que nuestras propias circunstancias impiden percibir. El saber por análisis geográfico que Cervantes imaginaba a su protagonista viajando desde y hasta Villanueva de los Infantes nos da la fascinante posibilidad de cotejar la vida allí con lo que tenemos reelaborado en la novela” (p. 133). Esta cita revela que los autores pretenden valorar la literatura en función de su cabal correspondencia con una realidad específica. Aplicando el esencialismo, se consideraría que saber cuál es el pueblo de don Quijote nos permite conocer mejor su personalidad. ¿Valdría la pena hacer lo mismo con el segoviano Pablos del Buscón o el sevillano Guzmán de Alfarache, criaturas literarias contemporáneas del hidalgo Quijano? ¿Qué beneficio conlleva conocer la identidad sevillana de Guzmán (la calle o el barrio en que vivió) para conocer más a profundidad sus rasgos personales?

La única forma de admitir este postulado del estudio es asumir que Cervantes es un escritor realista, un contemporáneo y colega de empeños de Gustave Flaubert o Benito Pérez Galdós, y lo cierto es que no lo es. La representación de la realidad que lleva a cabo Cervantes dista mucho de ser un reflejo de la realidad con el rigor de los maestros referidos. Se sabe que para narrar la escena de una carrera de caballos a la que asiste el protagonista de La educación sentimental, Flaubert investigó en hemerotecas para que hasta los nombres de los caballos que corrieron esa tarde fueran fehacientes; algo similar hizo Vargas Llosa al viajar a Brasil para reconocer los escenarios de La guerra del fin del mundo; Pérez Galdós visitó los bajos fondos de Madrid para componer su Misericordia. Pero Cervantes nunca viajó a Noruega para sentirse autorizado a escribir Los trabajos de Persiles y Sigismunda, no solo porque el viaje hubiera sido complicadísimo, sino más que nada porque la poética de la novela de su época no le exigia ese tipo de mímesis. Este asunto lo expuso con solvencia Felix Martinez Bonati en su El Quijote y la poética de la novela y es lo que explica por qué es posible que se reúnan tantos personajes por mero producto del azar en la venta de Palomeque el Zurdo.

Solo creyendo que Cervantes es un escritor realista decimonónico que aplica la observación científica a la realidad y la plasma siguiendo ese criterio se puede creer que sea válido “determinar con precisión casi matemática a que velocidad media (V) debieron andar las caballerías Rocinante-Rucio…” (p. 137). Los autores se apoyan en este punto en una tesis doctoral de 1976 presentada en una Facultad de Veterinaria. Más allá de la anécdota, no sé cómo contribuye hacer esa medición para el mejor conocimiento de Cervantes y su obra literaria, llena, como admiten los autores del artículo, de descuidos y olvidos. Resulta ingenuo, por eso, razonar que el “pueblo” debió ser Villanueva de los Infantes porque, entre otras razones, en un pueblo grande podía existir un cura que demostrara un conocimiento literario tan profundo como lo ofrece Pero Pérez en el capítulo del escrutinio de los libros. El problema de este razonamiento es que, en capítulos previos, el narrador había declarado que el cura era “hombre docto, graduado en Sigüenza”. La explicación es, sencillamente, que la pulla es convincente para burlarse de su juicio literario en ese capitulo inicial de la novela, pero luego queda de lado cuando se trata de juzgar los libros de la biblioteca de don Quijote: esos comentarios de lector aficionado a las bellas letras reflejan el conocimiento de Cervantes y sus propias opiniones probablemente e incluyen la fina ironía de evaluar su propio trabajo (La Galatea “propone algo y no concluye nada”). La contradicción quebraría el pacto ficcional realista, pero era irrelevante en el Siglo de Oro. Es un hecho tan irrelevante como el siguiente: la segunda parte, publicada en 1615, afirma que don Quijote hizo su segunda salida poco menos de un año después de la primera (digamos cerca del verano de 1606). Sin embargo, las cartas que intercambian Teresa Panza y la duquesa están fechadas en 1614, en días en los que seguramente Cervantes estaba escribiendo aquellos capítulos. Se trataría de una escandalosa incoherencia en un autor moderno, pero un ripio para un narrador aurisecular. Lo mismo puede afirmarse con el criterio del “punto de vista” que Quevedo o Mateo Alemán rompen a veces, por descuido, en los relatos supuestamente autobiográficos de sus pícaros. Lo mismo ocurre cuando Lázaro de Tormes menciona a Tulio y cita adagios latinos en su prólogo, un conocimiento que negaría su condición de huérfano que ha estudiado solo en la “universidad de la vida”. Si todo este panorama de inexactitudes y descuidos es moneda corriente en la época (porque no interesaban mayormente), ¿cómo creer que Cervantes haya reflejado fielmente las distancias recorridas por las monturas de los protagonistas? Absurdo.

El artículo acaba con la referencia al histórico Juan de León, oriundo de Villanueva de los Infantes, supuesto loco, bandolero, que vagabundeaba por el Campo de Montiel y de quien Cervantes pudo escuchar hablar en 1581. El dato es interesante, curioso y útil, pero de ningún modo imprescindible para la valoración de la novela de Cervantes. Incluso admitiendo que haya una influencia de este “modelo vivo”, ¿a qué plantear una estructura tan alambicada en la geografía de la novela solo para ocultar el supuesto enigma para los lectores manchegos de la época, si realmente Juan de León era tan conocido? En otras palabras, digamos que Juan de León es una leyenda en el campo de Montiel, entonces todos los interesados reconocerían el personaje. ¿Por qué ocultarlo dejando todas esas supuestas pistas? No tiene mucho sentido, considerando la difusión del Quijote y su éxito, que nada tiene que ver con la determinación del lugar de la Mancha. El valor literario del libro, en pleno siglo XVI y más adelante obedece a razones mucho más sólidas y trascendentes que la ubicación de un dato suelto como aquel.

La conclusión del artículo manifiesta que este aspira a plantear una nueva lectura de Don Quijote a través de la contribución del auténtico lugar de la Mancha. Los autores afirman que saber que se trata de Villanueva de los Infantes ayudará a “comprender y explicar mejor el comportamiento personal de don Quijote y Sancho” (p. 152), entre otros beneficios (como revelar la estructura geográfica escondida de la novela). El siguiente paso, me imagino, sería hacer un estudio etnográfico (o interdisciplinario, de preferencia) de los hidalgos y los villanos de Villanueva de los Infantes para analizar con mayor profundidad las actitudes de la pareja protagónica, es decir asumir que fueron sujetos de carne y hueso. Discrepo de este sendero crítico. Lo particular de los personajes literarios, precisamente, es que los podemos conocer mejor que a las personas reales. Una nueva lectura de don Quijote consistiría en descubrir un tema nuevo (un tema literario, no una anécdota), una técnica desatendida o una dimensión cultural que estaba sumergida (si lo de dejar enigmas fuera una práctica usual en el Siglo de Oro, vaya y pase, pero no es el caso). Incluso admitiendo que el lugar de la Mancha fuera efectivamente Villanueva de los Infantes, se trata de un hecho ajeno al fenómeno literario que es Don Quijote como novela, aunque sí sea pertinente y primordial para campañas turísticas y orgullo identitario. Visto así, sería en todo caso un episodio de la recepción de Don Quijote alrededor de su cuarto aniversario o una nota a pie de pagina en una próxima edición del texto auspiciada por una diputación u otro gobierno local manchego.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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