Mitos y lugares comunes sobre el Inca Garcilaso de la Vega

18065726060En una carpeta de proyectos solo esbozados o iniciados y nunca concluidos, como aquella colección de arranques de relatos que Ribeyro llamaba Pedestal sin estatua, se encuentra un libro que podría llamarse Mitos y lugares comunes sobre el Inca Garcilaso de la Vega, producto de la lectura, fría y sin apasionamientos, de mucha bibliografía garcilasista que repite ciertas ideas que no encuentran asidero en lo que podríamos llamar la evidencia textual, cultural o histórica alrededor de la figura del ilustre historiador cuzqueño. Podría componerse un volumen en el que, sistemáticamente, se desmontaran muchas construcciones críticas basadas en prejuicios extemporáneos, obsesiones teóricas y nacionalistas. Sin embargo, como decía Borges, es un desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros. Aquí solo comentaré tres ideas cuestionables que se repiten hasta el hartazgo y que han pasado, lamentablemente, a integrar cualquier documental o texto de difusión bien intencionado sobre el Inca Garcilaso de la Vega y su obra.

Uno. La escritura de Garcilaso refleja la marginación racial del mestizo. También admite la siguiente variante: el estilo/objetivo/interés de lo que escribe Garcilaso se explica por su condición del marginado por su raza. En realidad, entre los siglos XVI y XVII la percepción de la fisonomía y, en general, el color de piel, no se parecía mucho al que podemos tener después del siglo XVIII y los afanes racionalistas, de raigambre ilustrada, de segmentar y clasificar rasgos particulares y matices específicos. Costaría creerlo, pero hay testimonios en crónicas y otros documentos en los que se declara no haber grandes diferencias entre españoles e indígenas americanos. Fuera de esos extremos (que son excepcionales), no hay en la época una mirada que auscultara obsesivamente los rasgos físicos raciales que hiciera al mestizo un sujeto discriminado por su aspecto. De hecho, un término como raza en el Siglo de Oro solo se aplicaba a judíos y musulmanes y no se refería tanto a su apariencia física como a su práctica religiosa. Evidentemente, el mestizaje racial era un fenómeno común en los territorios colonizados y hubo una legislación que excluía al fruto de españoles e indígenas en ellos; aunque siempre existieran también excepciones debidas al status social del mestizo en cuestión. Lo interesante de Garcilaso es que, viviendo en España, no tenemos testimonio alguno de su marginación por motivo de ser mestizo. En todo caso, sufrió el trato diferenciado que se tributaba al hijo natural o al segundón, pero eso no pasaba por el rechazo a sus rasgos físicos o su mezcla racial. No obstante, especialmente en Perú, un país obsesionado con las fisonomías (la nariz, en particular), es lugar común achacar a Garcilaso una condición de víctima de la discriminación racial en su época, lo cual no consta en ninguna parte ni se condice con lo que sabemos de su contexto.

Dos. De esta ignorancia se desprende otro razonamiento que ha motivado páginas de resentimiento, frustración y hasta delirio entre autores peruanos contemporáneos. Imaginando que la España del XVI está tan obsesionada con el color de piel como el Perú contemporáneo y sin conocer la realidad de los moriscos de la época, han tendido a pensar que estos eran de piel oscura y que, por ende, Garcilaso debió sentir algún tipo de empatía por ellos. Mucho más si (arrebatos interculturales comprensibles ahora, pero inexistentes hace cuatro siglos) Garcilaso, como hijo de una india conquistada, debía sentirse cercano al drama de los moriscos, otro grupo oprimido supuestamente de piel oscura. Lo cierto es que los moriscos españoles no eran físicamente muy distintos de los españoles de la época (hay testimonios al respecto), aunque sí vistieran y tuvieran prácticas muy diferentes. Garcilaso se identificaba como cristiano y como tal era intolerante en materia religiosa, en la medida en que creía firmemente que la única fe verdadera era la católica. Por eso, rechaza al morisco y en cambio tiene empatía por los gentiles (como sus antepasados incas) que aún no conocen a Dios. Un levantamiento por motivos religiosos, donde se cuestionaba este principio fundamental (el rechazo a la fe verdadera, teniendo acceso a ella), merecía la indignación de toda alma bienpensante de entonces. Así, uno lee las páginas exaltadas de Pablo Macera (quien no dudaba en llamar a Garcilaso con palabras muy ofensivas) o las vueltas y revueltas a la psique de Garcilaso que elaboró Max Hernández en torno a estos asuntos raciales (me refiero al desaforado Memoria del bien perdido) y no dan ganas sino de reír por no llorar.

Tres. Una idea errada más, también motivada por el afán de encontrarle un carácter transgresor o maudit a los textos primorosos de Garcilaso: Los Comentarios reales y/o La Florida del Inca no tuvieron segunda edición porque el texto era peligroso/desafiante/provocador/peligroso. Se trata de un fantástico wishful thinking que sirve para rematar una típica lectura deconstructiva que revela el lado más transgresor del Inca. Lo cierto es que no hay evidencia alguna de su peligrosidad, sino todo lo contrario: las referencias que se tienen, a través de citas y menciones al autor y su obra, indican que Garcilaso se canonizó rápidamente, como la máxima autoridad en torno a la historia peruana, entre tirios y troyanos, o sea entre españoles y americanos, a lo largo del siglo XVII. El hecho de que no haya segundas ediciones inmediatas (aunque por allí se cuenta una segunda edición de La Florida del Inca de 1617) podría obedecer a una causa mucho más razonable para su época: se trataba de libros eruditos, muy especializados. ¿Quiénes leen los textos históricos de Garcilaso? Otros historiadores, funcionarios virreinales y religiosos con curiosidad intelectual. La idea, infundada, de la segunda edición que no se produce porque el texto es “fuerte” o “desafiante” va de la mano de la tan mentada prohibición de su lectura en América tras la rebelión de Túpac Amaru II, en 1781. Pero eso ocurre más de siglo de medio después de la publicación de los Comentarios de Garcilaso, tiempo durante el cual estos gozaron de una reputación muy alta, tanto en territorio hispano como fuera de él. Es más, la tan mentada prohibición de 1781 no tenía alcance en la península, por lo cual el texto siguió circulando, entre expertos, curiosos y eruditos, a lo largo del XIX.

Finalmente, hay quienes asumen que todo espíritu crítico y educado del Siglo de Oro, solo por serlo, debe ser antiinquisitorial, solidario con las minorías y tolerante y si no lo demuestra en público es porque lo oculta, es un hipócrita por necesidad. Crítico ha habido que se esforzó en decir que Garcilaso no dijo lo que dijo sobre la censura de su traducción de León Hebreo y que entre líneas dice todo lo contrario. La militancia ingenua a veces desconoce las convenciones culturales de otras épocas, las cuales pueden resultarnos chocantes. El Inca Garcilaso era amigo de inquisidores y hasta poseía libros prohibidos en su biblioteca. Lope de Vega, de conocidos amores ilícitos, era familiar del Santo Oficio. Fray Melchor de la Serna, uno de los mejores creadores de poesía erótica del Siglo de Oro, fino traductor de Ovidio, era reputado predicador. Fray Luis de León, con todo lo progre que puede parecer en la actualidad, por sus problemas con la Inquisición, su origen converso y su hebraísmo bíblico, no tenía empacho en afirmar en La perfecta casada que las mujeres no eran aptas para el ejercicio intelectual.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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