“El arte de pensar” de Rolf Dobelli

81p982nESJL.jpgLas falacias son argumentos aparentemente válidos que no lo son. Todos estudiamos en la escuela las más populares, incluso con su nombre latino: ad populum, ad hominem, etc. En El arte de pensar, Rolf Dobelli presenta una colección de razonamientos ilógicos, marcados por un sesgo (bias) que suenan tan persuasivos que suelen guiar decisiones trascendentes de la vida o la profesión. Pensado para gente de negocios, El arte de pensar es un manual para tomar decisiones personales objetivas y lo más racionales posibles (sobre inversiones, contratos, riesgos, etc.), desprendiéndose del sesgo que rodea prácticamente todos los medios de comunicación, la conversación común y hasta algunos trabajos científicos de difusión general. Uno de los tantos ejemplos elocuentes de Dobelli, quien se apoya mucho en las probabilidades matemáticas, es el de los monos inversionistas: en un universo de monos que invierten irracionalmente, es posible que un porcentaje de ellos, sin más mérito que el azar, obtenga las mayores ganancias. Entonces un investigador podría estudiar a esos monos exitosos y estudiar su “estilo”, su “sistema” o su “personalidad” para descubrir el secreto de su éxito. Quizás descubriría que esos monos comían un plátano antes de invertir o que tenían menos de tres años. Sería fácil entonces escribir un estudio que postulara que estas características de los monos financistas son, precisamente, lo que los hace exitosos. El problema es que el investigador no ha cotejado las características del resto de los monos que, por no haber ganado, no llamaron su atención: probablemente encontraría muchas semejanzas, demasiadas. Dobelli llama a este razonamiento ilógico “el sesgo del resultado”: “Nuestra tendencia a valorar decisiones [las de los monos, en este caso, totalmente erráticas] en virtud del resultado y no en función del proceso de tomar las decisiones”.

De forma que hay que examinar el proceso, el razonamiento o la cadena de causa-consecuencia real y no los eventos que lo rodean, ya que estos pueden presentarse sin motivo alguno. Por ello, Dobelli apunta también al “sesgo del relato”, que es en realidad muy frecuente en la interacción social. Estamos inclinados, por naturaleza, a vincular actos y encontrar una cadena de “sentido”, pese a que no haya evidencia mayor que apoye nuestra idea:

¿Cuál de las siguientes historias recordaría usted mejor? A) “El rey se murió y después la reina se murió”. B) “El rey se murió y después la reina se murió de pena”. Si usted funciona como la mayoría de la gente, retendrá mejor la segunda historia. En ella las dos muertes no se suceden sin más, sino que están enlazadas emocionalmente entre sí. La historia A es un relato de los hechos. La historia B le da “sentido” […] Así, desfiguramos la realidad, y eso merma la calidad de nuestras decisiones. Para contrarrestarlo, desmonte las historias. Pregúntese: ¿qué quiere ocultar el relato? Y para practicar, intente ver su propia biografía por una vez deslavazada. Se sorprenderá.

Dobelli es consciente de que este método rígido es inviable en el día a día, pues incluso admite dejarse llevar por pensamientos sesgados, emociones e impulsos ilógicos a menudo. Su libro aboga por ser lo más racionales que se pueda en los asuntos realmente graves de la vida (como las finanzas o la gestión de empresas). Leer El arte de pensar me suscitó una reflexión en torno a la forma en que se suele interpretar textos. Creo que su lectura puede hacernos más conscientes de los prejuicios que a menudo pululan en nuestra forma de leer. Aquí apunto algunos.

La obsesión autobiográfica es muy frecuente en la crítica literaria. Dobelli la llamaría “el error fundamental de atribución”, el cual “indica la tendencia a sobreestimar sistemáticamente la influencia de personas y subestimar los factores externos y situacionales cuando se trata de explicar algo”. Así, por ejemplo, ¿cuántos estudios tienen como punto de partida un interés de Cervantes (cierto, veraz) en solicitar un puesto en América para postular poco menos que una obsesión por la materia americana hasta el grado de sostener enrevesadas lecturas de casi cualquier texto cervantino para encontrar el eco americanista? Nadie recuerda que Mateo Alemán también tenía interés en venir al Nuevo Mundo, logró hacerlo y hasta escribió obras aquí. ¿Dónde está el magno estudio Mateo Alemán y América? Sesgo autobiográfico y fetichismo autorial en estado puro.

El consenso crítico. “La prueba social (a veces denominada imprecisamente como gregarismo) dice: me comporto correctamente si me comporto como los demás. Dicho de otro modo: cuantas más personas encuentran correcta una idea, más correcta es esa idea, lo que por supuesto es absurdo […] Si cincuenta millones de personas afirman una tontería, no se hará realidad por eso”. Huelgan los ejemplos y no ahondaré en ello. ¿Recordamos aquella época en que Mateo Alemán era “contrarreformista”, “tridentino” y “ortodoxo”, en tanto Cervantes, por contraste, era “erasmista” y “heterodoxo”?

Leer con los datos actuales. “El prejuicio de la retrospectiva es, en realidad, uno de los errores de lógica más persistentes. Se puede denominar acertadamente como el ‘fenómeno del ya lo sabía yo’: en retrospectiva todo parece derivarse de una necesidad razonable”. Abundan los estudios que postulan antecedentes y leen a posteriori. Piénsese en muchos poemas de Antonio Machado (como La tierra de Alvargonzález), compuestos mucho antes de la Guerra Civil, que son interpretados a partir del conflicto y su desdichada muerte en la frontera francesa, que lo ha vuelto mártir republicano, como Federico García Lorca, sin haberlo pretendido.

Por último, retomemos el ejemplo de los monos exitosos: coger como punto de partida para una interpretación un hecho aislado de uno de los monos (el que elegimos por haber alcanzado el resultado) y desatender que podemos encontrar un sinnúmero de contraejemplos es lo que guía, a veces, algunos análisis en los que se habla de “autor converso” o “autor inmigrante” o “autor burgués” y se aprovechaba su condición social o racial para explicar su escritura, sin reparar en la construcción del texto, en sus influencias verificables o material estrictamente pertinente. En otras palabras, como le gustaba decir a Ricardo Piglia: Paul Valéry es burgués, pero no todos los burgueses son Valéry.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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