“Patria” de Fernando Aramburu

9788490663196.jpgEl año pasado, Fernando Aramburu consagró su carrera literaria, iniciada a mediados de la década de 1990, con la publicación de Patria, novela que ha merecido el Premio de la Crítica, así como el Premio Francisco Umbral. Lo cierto es que Aramburu ya era un narrador de trayectoria notable (contaba ya con ocho novelas publicadas), pero Patria apareció en el momento indicado: tras el cese de la actividad armada de ETA en 2011 y poco tiempo antes de hacerse oficial el desarme de la banda terrorista, una historia como la que cuenta esta novela, con sus múltiples aristas, era oportuna para una sociedad que experimenta un clima de incipiente postconflicto.

Patria es una novela que recrea el impacto de ETA en la sociedad vasca, representada por dos familias de origen rural, a lo largo de décadas (desde los años setenta hasta la declaración del fin de la violencia). El hilo conductor son dos mujeres, Bittori y Miren, amigas desde jóvenes, cuyas vidas corren en paralelo, pero empiezan a bifurcarse hasta ir en direcciones opuestas a causa del conflicto armado: el hijo de Miren es un nacionalista cuyo extremismo lo lleva a incorporarse a ETA, en tanto el esposo de Bittori, empresario de éxito, será extorsionado por la banda y finalmente asesinado por no pagar el cupo revolucionario. Si bien este es el nudo principal de la trama (¿cuán involucrado estaba el hijo de Miren en ese asesinato?), existen otras líneas narrativas asociadas, ora por el impacto de la muerte del padre, ora por el desarrollo natural de los personajes (en especial los hijos de Bittori y Miren, cuyo crecimiento y maduración vemos muy de cerca).

Patria es una novela de gran envergadura, no solo en tema, sino en extensión: supera las seiscientas páginas. No obstante, la narración es ágil, pues se encuentra segmentada en capítulos breves (más de un centenar) que condensan episodios cruciales en el recorrido de los personajes, que también son varios y hasta se prestan a ser estudiados en pareja: Bittori y Miren, las amigas separadas por el conflicto (una viuda, la otra con el dolor del hijo preso); el Txato y Joxian (el asesinado y su mejor amigo, esposo de Miren, que se alejó de la víctima por miedo y por no chocar con su propio hijo extremista); Arantxa y Nerea (la primera, hija de Miren y postrada en una silla de ruedas por un ictus, y la segunda, hija de Bittori e igualmente afectada por la muerte de su padre); Joxe Mari (el terrorista que acaba en la cárcel) y Xabier (el correcto hijo de Bittori, quien también posee una vida ensombrecida por la soledad y un secreto alcoholismo). Aislado, aparece Gorka, el hijo menor de Miren, un muchacho que cultiva la lengua vasca y está orgulloso de su cultura, pero rechaza la violencia terrorista, y carga con la dificultad de que su homosexualismo sea aceptado por el entorno.

El estilo narrativo coopera para que lector se empape del discurrir vital de los siete personajes, se conmueva ante sus desafíos y penurias, así como que comprenda cómo los afecta el terrorismo desde ambas orillas: la de la familia del preso terrorista (Miren con Joxe Mari) y la de la familia de la víctima (El Txato). Al final, queda un retrato completo de las dos familias, con los siete personajes bien delineados y sin desmedro de ninguno. Aramburu tiene otro mérito asociado a esta esmerada recreación narrativa: un manejo magistral del tiempo. La novela se abre con el viaje de Nerea a Londres para reconciliarse con su esposo (un drama estrictamente personal) y el regreso de Bittori al pueblo que abandonó tras el asesinato de su marido (el viejo drama familiar que tiene proyección más amplia). Esos dos primeros capítulos nos presentan la dinámica de Patria: un ida y vuelta constante que no abraza un orden cronológico estricto, sino que nos va ofreciendo viñetas del pasado y el presente de los miembros de ambas familias (la añeja amistad del Txato y Joxian, la soledad de la cárcel de Joxe Mari, el alcoholismo secreto de Xabier, los diálogos de Bittori con la tumba del Txato, los años universitarios de Nerea en Zaragoza, etc.). Durante la lectura, se presenta al lector un mosaico cuyas piezas van encajando hasta dejarle, al final, una pintura completa y emblemática de lo que ha significado ETA para las gentes del País Vasco. La intensificación que promueve la brevedad de cada capítulo de Patria, va de la mano con diálogos fluidos, un uso sumamente eficaz del discurso indirecto libre (que nos recuerda los logros narrativos del Boom) y algunos rasgos de oralidad que singularizan la narración: las frases típicas que se entrecortan, para darle vivacidad al discurso, y el empleo de dobletes verbales y adjetivales que recrean, por ratos, una redacción periodística.

A esta sazón, la preceptiva narrativa de Patria podría encontrarse expuesta en su capítulo 109 (“Si a la brasa le da el viento”), el cual se presta a leerse en la senda de las interpretaciones merecidas por el capítulo 47 de la primera parte de Don Quijote de la Mancha. En el marco de una mesa sobre la violencia de ETA, un escritor vasco, cuyo nombre no se revela, presenta su novela en términos que parecen referirse a un libro como Patria: “Procuré evitar los dos peligros que considero más graves en este tipo de literatura: los tonos patéticos, sentimentales, por un lado; por otro, la tentación de detener el relato para tomar de forma explícita postura política. Para eso están, a mi juicio, las entrevistas, los artículos de periódico y los foros como este”. (Patria, p. 553). A estas alturas del texto debería quedar claro para el lector que las estrategias narrativas de Patria, algunas de ellas advertidas más arriba, se remiten a producir ese efecto de distancia y objetividad del narrador, que prefiere mostrarnos las diversas miradas, a menudo contrapuestas, del conflicto.

Tal es uno de los mayores logros de Patria: explorar cómo la violencia terrorista hace aflorar lo peor de cada uno, de inocentes y culpables, “buenos” y “malos”: la envidia, la intolerancia, la ira o la ceguera. Sin ser una novela de tesis, Patria sí presenta, como alternativa de personaje, la búsqueda del perdón, aunque eso no implique necesariamente una reconciliación por ahora: la última escena de la novela es reveladora al respecto. Solo así siente la viuda Bittori que puede descansar; mientras Joxe Mari, vencido por los años de encierro y la derrota paulatina de la banda, se conforma también con un alivio similar: “Parecía tranquilo, pero la suya era la tranquilidad del árbol caído. Su soledad deliberada, la de un hombre cada día más cansado” (p. 624). En una época de cinismo, de posverdad y del monopolio del testimonio para recrear la memoria de conflictos armados, la asepsia narrativa de Patria, a través del uso de múltiples voces y la mezcolanza del dolor de las familias (de verdugos y víctimas) la convierte en una novela sobresaliente y de lectura altamente recomendable.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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