“Diarios: 1984-1989” de Sándor Márai

DOBLE MIRADA-Rustica 135x215-FotolitoSi bien Sándor Márai publicó sus diarios en seis volúmenes, únicamente el último, de carácter póstumo, ha sido traducido al español. Podríamos llamarlo una obra de senectute, ya que refleja las preocupaciones y sentimientos de un Márai anciano. Compuestos entre sus 83 y 88 años, estos diarios son lo más cercano a un testamento literario, sumamente amargo, a causa del ambiente de muerte y el deterioro físico que embargan a Márai hasta conducirlo al suicidio en febrero de 1989.

Una convicción surca todo lo que registra Márai en estos años: ya no vale la pena vivir. En 1984, Lola, su esposa, pierde la vista de un ojo y empieza entonces la peregrinación médica de la pareja. Lola será internada y fallecerá, tras prolongada agonía, en un hospital en enero de 1986. Su muerte abate gravemente a Márai, pues ella había sido su compañera por más de sesenta años. En los momentos más duros, cuando está desahuciada y se sabe que no saldrá del hospital, Márai ya menciona su interés en suicidarse. Por entonces, confía en que su hijo adoptivo, János, se hará cargo de todos los pendientes. Sin embargo, János también morirá, súbitamente, al año siguiente, en 1987, a los cuarenta y seis años. Tras estas muertes, se sucederán otras, como las de los hermanos de Marái en Hungría y otros amigos y conocidos de generación.

Así, la soledad que experimenta el escritor es abrumadora. Claramente, los tres últimos años de su vida fueron de honda depresión, que provocaba en él un aislamiento casi total. Con glaucoma en un ojo, también estaba quedándose ciego, por lo que leer era una actividad cada vez más reducida. Llega el punto en el que solo puede leer por quince minutos, pues luego empieza a ver borroso. Su cuerpo está cada vez más débil y solo sale al exterior para dar una vuelta alrededor de la casa, por breves minutos y ayudado de un bastón; es tanto su miedo a caerse, ser hospitalizado y no poder acabar él mismo con su vida. En esta situación precaria y desoladora, Márai ha perdido todo entusiasmo por escribir. Su lectora primera era Lola; sin ella ni János, “ya no quiero escribir ni vivir, solo irme en paz. Sería un gran regalo no despertarme más” (23 de abril de 1987).

Junto a esta amargura de la vida que se apaga dolorosamente, contamos con algunas reflexiones en torno a lecturas muy sueltas, fragmentarias, sobre todo de revistas y de poesía. En La mujer justa, Márai había dicho que la lengua era la patria: él se mantuvo siempre fiel al húngaro y, pese a ser políglota, se daba el placer de leer todo lo que podía en su lengua nativa (inclusive autores extranjeros, como le ocurre con J. L. Borges). Lo que ocurre con Hungría le sigue preocupando; se mantiene informado a través de las revistas y llega a recibir noticias de un intento de recuperar su obra y figura para las nuevas generaciones que no lo conocen. Márai recibe estas novedades con sospecha y se niega a volver pese a todos los reconocimientos que le aseguran recibiría. Su tesón por cultivar el húngaro como lengua literaria lo dignifica, aunque tal vez fue una de las dificultades para la proyección de su obra. Al final de su vida, Márai recuerda la sensación de derrota en torno a su periodo neoyorkino, estéril, y parece apuntar lejanamente a ello: “Quince años en una ciudad donde no pude conectar con nada. Fracaso total, fracaso humano, fracaso literario. No se publicó en inglés ni una línea mía; parásitos, chusma por todos lados” (28 de agosto de 1987).

En estos diarios también encontramos expuesta la postura política de Márai, la misma que puede extraerse de sus novelas: toma distancia tanto del fascismo como del comunismo, dado que los dos le resultan igual de repugnantes y ha atestiguado las vilezas de ambas tendencias durante la Segunda Guerra Mundial y la larga Guerra Fría que vive en el exilio. El nazismo lo tocó personalmente, ya que Lola era judía y el suegro de Márai murió en un campo de concentración. Asimismo, el escritor atestigua cómo el comunismo en su país había consistido en una camarilla que decía representar a las grandes mayorías, de espaldas a ella y sin representarla.

No por nada nacido en 1900, Marái era un hombre con una formación tan tradicional para su época que ya sonaría a caduca; se adhiere a un liberalismo de raíz decimonónica y tiene fe en la clase media moderna, firme creencia de aquel siglo de la burguesía:

Una revista hecha en Gyor publica un largo estudio sobre un escritor húngaro, un tal S. M., “último representante del mundo burgués ya desaparecido”, prácticamente desconocido para la joven generación húngara, etc. El escrito expone los diversos momentos de mi vida, como si el autor –yo- todavía creyera que la burguesía representa el progreso e impulsa el desarrollo, etc. Tratándose de una pregunta, la respuesta solo puede ser un sí: la forma y el estilo de vida burgueses, tanto hoy como en todos los tiempos desde la Edad Media, son el catalizador que impulsa el progreso y el desarrollo de las masas. (29 de febrero de 1984)

Por ello, entre otras cosas, su obra es un canto de cisne de esa clase media culta dinámica cuyo vigor no alcanzó a desplazar a la rancia aristocracia ni a elevar al campesino. La imposición del comunismo en Hungría no hizo más que poner la lápida sobre ese mundo del que Márai vio los últimos destellos. En estos diarios, el escritor no deja de recordar esos acontecimientos capitales del siglo que le tocó vivir, o quizás sobrevivir: su memoria rescata instantes, fogonazos de personas y lugares que representan la destrucción de su arcadia social, proveniente del imperio austro-húngaro que él llegó a conocer. Márai evoca las masacres en Budapest que llevan a cabo los fascistas húngaros colaboradores de los nazis, la noticia de la bomba atómica, las crisis políticas del periodo de entreguerras y la involución de la sociedad húngara con el régimen importado de Moscú. Márai era consciente de haber visto muchos cambios muy rápidamente. Al fin y al cabo, había sido un niño que vio los primeros automóviles y ahora es un anciano que usa por primera vez un cajero automático.

Con todo, entre las ruinas de su derrota física, psicológica y literaria, abandonado ya todo proyecto de escritura, a Márai le llega un alivio: el “teléfono rojo”, aquellos sueños con Lola que lo visitan cada noche, entre las tres y las cuatro. La voz de su esposa fallecida que le otorga palabras, oraciones, párrafos enteros que a él le hacen pensar en la creación literaria como un dictado, como la actividad de un médium:

En mis sueños otra vez el “teléfono rojo”. Corren las letras en el espejo del sueño, como el texto en la pantalla de un ordenador o un televisor. ¿Se enviarán de este modo los mensajes entre Moscú y Washington en los momentos críticos? En los sueños aparecen textos largos, datos, nombres que nunca habría imaginado, frases bien construidas, coherentes, gramaticalmente correctas, acontecimientos antiguos y más nombres y datos. ¿Dónde estaban? ¿En qué memory bank? Es incomprensible. Acaso el hecho de escribir sea un proceso de evocación de algo que ocurrió una vez. (7 de marzo de 1986)

Esta comunicación en sueños con la mujer de su vida es su última ilusión, recluido en un cuerpo ruinoso y sin estímulo creativo alguno. No solo piensa que el origen de la escritura (de todo lo que ha escrito tal vez) provenga de ese tipo de evocación onírica, sino que llega a pensar que si lograra reproducir todo como si se lo dictara el “teléfono rojo” podría escribir una última novela, aquella que titula Roger:

Por la noche, mientras leo, tengo la sensación de que el Roger me habla. Se me ocurre tomar nota de ello: ya que no puedo “escribirlo”, tal vez lo escriba como si se lo dictase a alguien. Ese “alguien” ha hablado varias veces en mi vida. No tiene nombre ni cara. Es la otra “literatura” (27 de agosto de 1987)

La otra literatura, auténtica y eterna, sería la lectura del más allá, la de los muertos, los que ya no están con nosotros. Perdidos todos sus parientes, aquel “círculo mágico” como lo llamaba él, Márai siente que recién descubre el origen misterioso, sobrenatural, de la creación literaria. Morirá seis meses más tarde.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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