“La estructura del Quijote” de Knud Togeby

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Segunda edición de 1991

Hace un tiempo cayó en mis manos el librito La estructura del Quijote del danés Knud Togeby, en traducción de Antonio Rodríguez Almódovar. Se trata de un ensayo originalmente publicado en francés en 1957, que el traductor romanceó por primera vez en 1977 (yo manejo la segunda edición, de 1991) para cubrir un vacío en la crítica cervantina, que había desatendido mayormente el trabajo de Togeby. Lamentablemente, con el giro post-estructuralista de las últimas décadas, este olvido persiste y La estructura del Quijote se ha quedado en ese intersticio en el que caen las investigaciones de enfoque tradicional que no se canonizaron en su momento. La siguiente, entonces, es una nota que pretende llamar la atención sobre un ensayo de mérito que merece ser más leído o al menos conocido por la crítica cervantina en particular y la crítica de la novela en general.

Knud Togeby (1918-1974) fue uno de los fundadores del círculo lingüístico de Copenhague, cuyo máximo exponente es Louis Hjemslev, el lingüista de los otrora famosos Prolegómenos a una teoría del lenguaje (en la clásica traducción de Gredos) que era material de tortura/lectura obligatoria en las facultades de lingüística y literatura todavía hace unos veinte años (quien lo ha vivido lo sabe). La glosemática de Hjemslev constituye uno de los pilares del estructuralismo como método: ceñido a una terminología rigurosa, proponía un análisis de los elementos del enunciado que se centraba en el funcionamiento, en cómo cada unidad se integraba al mecanismo de un todo orgánico. Embebido de este enfoque, Togeby se propuso en su estudio de Don Quijote de la Mancha desvelar la estructura del texto y proponer, basado en su hallazgo, una interpretación de la obra y del autor mismo. Nos hallamos entonces frente a una de las primeras lecturas estructuralistas de Don Quijote como novela moderna, solo equiparable en sus alcances a lo que se propuso, con mayor fortuna crítica, Joaquín Casalduero en su Sentido y forma del Quijote. En efecto, para mediados del siglo XX, el interés en el análisis estrictamente narrativo (de ver el texto como una auténtica máquina de contar) era novedoso, mucho más en el terreno cervantino. Para Don Quijote abundaban, más que ahora, las lecturas filosóficas (muy caras a la Generación del 98) o que exploraban algún tipo de ideología de toda índole (especialmente religiosa o política), como lo había hecho Américo Castro y cuya sombra alargada todavía nos alcanza hoy.

Así, el estudio de Togeby demuestra cuán bien están engarzadas las aventuras del hidalgo manchego, por similitud o contraste, tanto en la primera como en la segunda parte, cada cual con principios compositivos diferentes. Con esto, el investigador danés rompía una lanza por reafirmar el genio consciente de Cervantes, para desterrar la imagen del “ingenio lego” o el escritor espontáneo que carecía de control sobre sus personajes; recuérdese que todavía estaba en el aire la visión unamuniana, tan severa con el autor Cervantes, opacado por sus criaturas en Vida de don Quijote y Sancho. Resultan admirables la intuición y la perspicacia del estudioso que, sin erudición o mayor conocimiento de Siglo de Oro, disecciona el texto y encuentra en él una serie de simetrías que exponen su condición de tejido narrativo y en cuyo diseño los personajes también intervienen. Como lingüista especializado en lenguas románicas, Togeby leía en español (así conoce trabajos como los de Castro y Casalduero), aunque algunos pasajes de su análisis parecen indicar que se apoyaba bastante en la traducción francesa. Estas limitaciones advertidas no le restan valor a sus planteamientos sobre la construcción del texto cervantino, que siguen vigentes y solo serán prolongados por la llorada Ruth El Saffar con su fundamental Distance and Control in Don Quixote (1975) o Stephen Gilman y su The Novel according to Cervantes (1986).

He aquí algunas ideas de Togeby dignas de proseguir y meditar. La trama de la primera parte de Don Quijote abraza, estrictamente, la parodia de los libros de caballerías. Como tal, la narrativa sigue la ruta caótica de Rocinante, la cual refleja la locura de don Quijote; por cierto, en estos tiempos de florecientes animal studies, esta función del caballo debería examinarse más. El ritmo del relato es el de una alternancia de victorias y derrotas. Respecto de la segunda parte, Togeby detecta que esta sigue el molde de la comedia, ya que la mayoría de aventuras (piénsese en el extenso episodio de los duques) se basa en la representación. Salvo excepciones, imperan las aventuras que acaban en victorias para don Quijote, quien ahora es célebre. Mientras la primera parte obedece a una composición circular, la segunda propone una línea recta, el camino del protagonista que lo conduce a la cordura al final de la novela. Para Togeby, esto refleja una de las ideas claves de Cervantes en torno a la existencia humana: cada uno es artífice de su ventura. El destino es resultado del ejercicio de la libertad, uno de los temas, ciertamente, más reconocibles en la obra cervantina; el logro de Togeby ha sido llegar a él por la vía no de las ideas expuestas en discursos de personajes (método tan trillado como efectista) sino del análisis de la narración y los actos de la pareja protagonista. En conclusión, recomiendo, a quien pueda hallar un ejemplar, La estructura del Quijote.

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